En el presente trabajo se intentará exponer la dinámica de la formación del yo en el niño y los mecanismos que en este proceso participan. Posteriormente, esta información se relacionará con el cuento Lucy y el monstruo de Ricardo Bernal (s. f.) debido a su alto valor psicológico e ilustrativo en estos temas. Dentro del psicoanálisis, diversos pensadores han centrado su atención en la importancia de la relación madre-bebé para la formación del yo y la personalidad del segundo. Así, por ejemplo, desde una metodología experimental, René Spitz (1980, 2012 [1979]) concluyó que la presencia de la madre o un cuidador cercano en ausencia de ésta, es indispensable para la supervivencia física y psicológica del niño, y la ausencia de esta figura puede derivar en la muerte por “depresión anaclítica” del bebé. Desde un marco similar, Margaret Mahler informa sobre el paso necesario de un estado simbiótico natural al de separación-individuación entre bebé y madre para el adecuado desarrollo emocional del primero (Bleichmar & Liberman, 1997).

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Desde un marco de comprensión completamente diferente, Jacques Lacan (2009 [1949]) propone que alrededor de los seis meses, el bebé que encuentra su imagen reflejada en un espejo es capaz de emocionarse. Para Lacan, este momento es determinante, ya que algo le anunciaría al niño que la imagen observada tiene que ver con él. Además, este evento sería precursor de la especularidad vivida por el niño en relaciones futuras, principalmente en relación con la mirada del otro: el yo que hasta esas alturas de la vida se encontraba escindido, se une gracias al reflejo integrado que ofrecería la mirada de la madre. Donald Winnicott (1986, p. 29) retoma con entusiasmo esta idea: “¿Qué es lo que el bebé ve cuando él o ella mira el rostro de la madre? Estoy sugiriendo que, por lo regular, lo que el bebé ve es a sí mismo”. Además, propone que mientras el amor, la empatía, la creatividad y flexibilidad (madre suficientemente buena) promueven el desarrollo del verdadero self, la frialdad y el narcisismo (madre no suficientemente buena) derivan en el surgimiento de un falso self (Winnicott, 2981). La teoría del apego desarrollada por John Bowlby ha entendido que la relación inicial entre el bebé y su madre es determinante para el desarrollo cognitivo del primero, además de que la “confianza básica” surgida de esta relación funcionará como patrón en las relaciones futuras de la persona (Moneta, 2014). Gracias a la atención que este psicoanalista prestó a esta relación inicial, se sabe, actualmente, que la necesidad de protección que experimenta el bebé tiene un carácter biológico de la misma intensidad que la necesidad de comer o la sexualidad (Ainsworth & Bowlby, 1991). Para Melanie Klein existe una dualidad constitucional en el bebé tendiente tanto al amor como al odio. Lo importante para saludable desarrollo del niño sería la integración de ambas tendencias en el objeto total, ya que sólo de este modo los objetos buenos pueden hacer frente a los destructivos (Klein, 2008 [1940]); además es importante para el niño que este conflicto amor-odio quede clarificado (Klein, 2008 [1927]). El punto de vista de esta psicoanalista, a diferencia de los pensadores antes mencionados, acentúa el hecho de que la relación del niño no es directa con la madre real, lo que sucede más bien es que él se relaciona con la madre internalizada, con la imagen de esa figura que él guarda en su mundo interno (Klein, 2008 [1940]). Así, la relación externa con la madre reforzaría las tendencias constructivas y reparatorias en el interior del niño.

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Tras este breve recorrido teórico, se abordará el relato de Ricardo Bernal (s. f.) Lucy y el monstruo, para intentar clarificar algunas ideas antes expuestas. Lucy y el monstruo es un relato que se cuenta en dos cartas: la primera es escrita por Lucy y dirigida al monstruo que habita en su clóset, en ella se despide de él debido a que, según le dijo su padre, el monstruo no existe. Lucy afirma que con esa información ella no tiene por qué temerle más, y que esa noche abrazará fuerte a su osito para aliviarlo del miedo. En la segunda carta el monstruo responde a Lucy que efectivamente existe, y que de hecho existe porque ella lo creó. Le informa también en su carta a Lucy que descubrirla muerta le hizo llorar de tristeza. El monstruo concluye: “necesito la risa de un niño y necesito el miedo de un niño para seguir vivo”, insinuando que irá a buscar a un amigo de Lucy ahora que ella no está. El papel del padre es interesante, ya que sobre él se anuncia la dualidad protectora y amenazante de los objetos internalizados (Klein, 2008 [1927]): “mi papi me dice que no existes” escribe Lucy al inicio; y después, hablándole al monstruo de lo que hará si lo escucha gruñir en la noche, explica: “no quiero gritar como siempre. No quiero que mi papi se despierte y me regañe”. Por el dicho de Lucy, se sabe que el padre que ella ha introyectado cumple una función protectora cuando le afirma que el monstruo no existe, pero al mismo tiempo es amenazante en cuanto que es una figura que robustece su miedo: si Lucy expresa miedo por el monstruo, el padre la regañará, incrementando el miedo de ella. El monstruo sin duda es un elemento importante, parece estar representando, por un lado, por una parte de la madre de Lucy, y por otro, por la función especular materna necesaria para la formación del yo (Lacan, 2009 [1949], Winnicott, 1986) de la niña. Hay que considerar el hecho de que en este relato no existe referencia explícita a la madre, ante lo cual optamos por buscarla sugerida en los personajes. En este sentido, el monstruo representaría a la madre amenazante, persecutoria, que vigila desde la oscuridad y genera intranquilidad en su hija. Asimismo, podría el clóset representar el vientre de la madre de Lucy, un vientre peligroso, que resguarda a un monstruo y sus amigos, que podrían referirse tanto a la capacidad persecutoria antes mencionada, como a la proyección de la propia tendencia agresiva y destructiva (Klein, 2008, [1933]) de Lucy.

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Complementariamente, el osito Bonzo, al que Lucy abraza fuerte en la noche para protegerlo del miedo, podría representar el aspecto protector de la madre internalizada, proyectando su necesidad de ser protegida por la madre (Ainsworth & Bowlby, 1991). El juego identificación-proyección de Lucy y su madre se hace visible desde aquí, así como la dificultad de integrar los aspectos amorosos y hostiles de ésta. Por otro lado, es sabido que cuando Winnicott (1971) habla de los objetos transicionales, propone que en muchos casos juguetes como los peluches representan a la madre que alivia la ansiedad en el niño. La segunda línea de comprensión propuesta es que el monstruo cumpliría la función especular materna que Lucy necesita para la formación del yo. En su carta, el monstruo le escribe a Lucy: “Todas las noches te observé desde el clóset y tú lo sabías”. Lucy, en efecto, se sabía observada y deseada (Lucy escribe al monstruo que sabe de sus ganas de comérsela). Es ésta la función que Lacan (2009 [1949]) explicó para la mirada de la madre: devolver al niño una imagen integrada de sí mismo. Lucy entonces necesita al monstruo para confirmar que ella existe. Se puede decir que Lucy necesita al monstruo porque en el panorama no se percibe a una madre presente y dispuesta a participar en la existencia de Lucy. El monstruo es lo que hay, es lo que queda despierto cuando todos duermen y nadie la mira: el monstruo cumple la función materna de confirmarle a Lucy su ser. Lucy intuye inconscientemente que si el monstruo se va ella necesitará de otro-algo-alguien-espejo que le confirme que en ella habita un yo, un ser, y entonces aparece como un recurso emergente su amigo Hugo: “mañana, cuando juegue con Hugo, le voy a decir que te maté y que te dejé enterrado en el jardín, y que nunca más vas a salir de ahí. Él se va a poner tan contento que me va a regalar su yoyo verde”. Lucy le atribuye a Hugo, inconscientemente, la función especular que el monstruo cumplía, ya que Hugo le regalará su yoyo, es decir, le dará un doble yo, una sobrecompensación de su ser, de sí misma, que podría ser, por otro lado, un “falos self”, un sí mismo encubierto (Winnicott, 1981). El padre pretende suprimir al monstruo sin sospechar que con ello se arriesga a anular la posibilidad de que su hija se reconozca en medio del todo; por eso el monstruo tiene razón cuando le escribe a Lucy: “tu papi no sabe lo que dice”. Lucy es definitiva en su carta y decide dejarla donde el monstruo pueda encontrarla por la noche. El monstruo sobrevive a la sentencia del padre y a la acción en consecuencia de Lucy; pero Lucy sabe que “no hay yo sin otro”, como explica el psicoanalista Hugo Lerner (2014), y que sin yo no hay existencia posible. Lucy muere físicamente porque había decidido morir psicológicamente matando a la mirada, al rostro, al otro, al espejo que le anunciaba su propia existencia. Esta historia permite entender que cuando no hay otro dispuesto a mirar con amor y respeto, un sujeto puede prenderse de la primera mirada que encuentre. En estos tiempos de lejanía emocional y filtros que confunden, emerge como un compromiso ético insoslayable el ofrecernos todos como pretexto para que el otro se encuentre, para que sepa quién es, para que forme su yo, porque el yo verdadero nunca es individual, y se fortalece en la medida en que desarrolla la parte bondadosa en el otro. El yo verdadero nunca mira desde el clóset, sino desde dentro de uno mismo.