El miedo es un sentimiento básico y primario que tiene como objetivo la supervivencia y la protección; la angustia es uno de los muchos sentimientos que proviene de la familia del miedo, es un síntoma que nos índica que algo no está bien en algún aspecto de nuestra vida. La angustia fisiológica proviene de cambios químicos ocasionados por la pérdida de la homeóstasis. Su intensidad y duración dependerán del tipo de desequilibrio químico que se tenga, siendo su antídoto el tiempo y la atención médica; la existencial, por su parte, proviene de la autotraición, de no estar haciendo lo que se desea, de la autoexigencia, las altas expectativas, de la sensación de no desarrollar el potencial, y eso nos invita a revisar nuestro estilo de vida: ¿por qué estoy donde no quiero estar?, ¿por qué estoy haciendo lo que no quiero hacer?, ¿por qué estoy pretendiendo ser lo que no soy? Y los cuestionamientos nos permiten revisar qué cambios hacen falta. Lo que funcionó en una etapa de nuestra vida es posible que hoy ya no, y entonces aparece la angustia, pues el entorno, las circunstancias y los intereses han cambiado, y tener angustia existencial nos puede llevar a un proceso de cuestionamientos que nos permitan ir dándonos cuenta de las necesidades que debemos cubrir y que no son las mismas que las de ayer. Este sentimiento llega en cualquier momento de nuestra vida o también puede darse al tomar una decisión importante: son expectativas entre lo que quiero y lo que se espera de mí.

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La angustia existencial no nos quita el control de nuestra vida, sin embargo, puede volverse crónica sino se atiende tomando decisiones, modificando lo que es necesario, ya que al ir posponiendo este aviso, llega la angustia disfuncional. Con ella se puede perder el control de nuestra vida y no es posible sostenerla por mucho tiempo, ya que es una resistencia fisiológica que nos genera mucha incomodidad, es intensa y persistente y resulta proveniente de fantasías catastróficas. Evidentemente, de no atender la angustia existencial, al ir aplazando la elección, damos paso a que de manera natural el nivel de angustia crezca, ya que los avisos recurrentes que comenzaron sutilmente no fueron atendidos y los focos de alerta se encienden, de tal manera que nos volvemos disfuncionales en el día a día. La angustia es sana ya que nos permite conocernos a nosotros mismos, y ayudarla a que circule nos evita el estancamiento y la incomodidad; para ello hay que echar mano de lo que sí podemos hacer para cubrir y satisfacer las necesidades propias del momento. La autoexigencia tiene que ver con violentarnos, pedirnos algo de lo que no somos capaces debido a nuestros introyectos, y eso nos coloca en una situación de angustia, sin embargo, nuestro organismo no nos pide algo que no podamos hacer. La autoexigencia tiene que ver con empujarnos a una situación de abuso con uno mismo. Eso no significa que no podamos desarrollar ciertas habilidades, pero la idea de lograr algo que está fuera de nuestro alcance, como el cambio climático, por poner un ejemplo, o esperar que las acciones de otros sean de determinada manera, nos lleva a un estado de múltiples sensaciones y sentimientos que provocan angustia disfuncional. Si bien es cierto que determinadas situaciones nos impulsan a tomar acción por algo que observamos dañino e indignante, resulta casi imposible modificar lo externo, o al menos de la forma en que quisiéramos. Y esta sensación ya está presente cuando hablamos de una angustia a nivel de neurosis.

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Volvamos al autoconocimiento y a las acciones que, por pequeñas que sean, cada persona tiene la capacidad de realizar, así atiende y logra sentir la propia satisfacción de las acciones hechas; pero cuando se evade esta responsabilidad, es común trasladar el problema hacia fuera, entrando en una dinámica de incomodidad, enojo, frustración e impotencia, llegando a tocar la angustia crónica. Al presentar este padecimiento, se debe tomar conciencia del aquí y el ahora, además de la aceptación, la revisión del estilo de vida, el contacto con la expresión de sentimientos y, por supuesto, la toma de decisiones que nos permitirá darle un giro a la patología. En nuestro cuerpo se encuentran las necesidades organísmicas y son auténticas, nadie me dice que necesito determinada cosa; es decir, viene de mi experiencia. Pero las falsas e introyectadas no vienen de mi experiencia, sino de la de otros, son las necesidades de otros, que se espera se vean resueltas en mí, ocasionando la angustia. La importancia de identificar una necesidad organísmica es posible haciendo un mapa del proceso emocional; es decir, identificar la sensación en el cuerpo, revisar la emoción que surge, localizar el sentimiento y permitirnos sentirlo para entonces tener la claridad de la necesidad presente, la real, y finalmente, realizar la acción necesaria para satisfacerla. Éste es un proceso clave para atender de dónde proviene la angustia, es un trabajo necesario para hacer contacto con la realidad propia y traer del inconsciente al nivel consciente los introyectos, que si bien ayudan para el aprendizaje, muchas veces imposibilitan el desarrollo personal. Para saber eso habría que realizar un proceso de identificación de las necesidades organísmicas, psicológicas fundamentales, psicológicas secundarias y las de trascendencia, todas estas naturales del ser humano, únicas, propias y válidas, teniendo la posibilidad de encontrar los satisfactores en forma de actividades, personas, retiro, protección, vitalización, defensa, tiempo, vínculos, servicio, trabajo, cosas, etc, siendo los medios que faciliten la satisfacción de la necesidad presente. Poder distinguir el tipo de necesidad personal nos permitirá encontrar el satisfactor, y éste siempre está ahí. Como se comentó anteriormente, el organismo nunca nos pide algo que no le podamos dar, de otra manera se trata de necesidades falsas e introyectadas. Cabe mencionar que no podemos encajonar la angustia meramente con temas psicológicos, muchas veces la edad, la menopausia, adolescencia, el postparto y eventos naturales en nuestro cuerpo de orden endocrinólogo activan también la angustia y la mayoría de las veces requiere ser atendida con un tratamiento médico. La angustia puede ser amiga y trabajar a nuestro favor, escucharla es una posibilidad de cambio para el mejoramiento de nuestra vida y el desarrollo personal, nadie está exento de sentirla en diferentes etapas de la vida, nos acompaña todo el tiempo como brújula que nos indica el camino del bienestar personal.