“ …resurrecciones del mundo perdido de su pasado y son caminos secretos para llegar a otro lugar, desconocido para nosotros.” Octavio Paz, sobre la obra de Martín Ramírez.

Lewis Carroll afirmaba: “Aquí, todos estamos locos”. En realidad, deberíamos cuestionarnos y reflexionar acerca del tema. ¿Será verdad que sólo a unos cuantos el estado de perturbación y excitación mental los rebasa con dimensiones intolerables?, o ¿Es el entorno en donde se forma lo intrínseco y desde el cual se determina que una persona habite la zona del delirio? En 1920, Hans Prinzhorn, historiador de arte, hizo un análisis sobre la delgada línea intermedia que existe entre el arte y la psiquiatría, ya que las dos germinan desde la psique. Más tarde se convirtió en psiquiatra, comenzó a recolectar obras de arte de distintas instituciones mentales dentro de Europa. Llegó en ese entonces a la conclusión de que la creatividad de estos pacientes provenía de la misma fuente de la cual se alimenta cualquier otra expresión artística y, de manera irracional, tenía roce con verdades profundas; éstas, a su vez, revelan desde la inconciencia alguna trascendencia. A través de la historia se ha hablado acerca de la “insania mental”, porque el arte solía ir asociado a la idea de la locura, dando como resultado el encasillamiento en donde se encontraban pintores, escritores, músicos o fotógrafos… En la segunda mitad del siglo XX, Jean Dubuffet acuñó el término Artbrut para referirse específicamente a las manifestaciones artísticas desarrolladas por pacientes de los hospitales psiquiátricos, ajenos a la formación académica de las artes. Paul Klee, Picasso, André Breton y más tarde Dalí, Miró, Kandinsky, Antoni Tàpies o Max Ernst, entre otros, fueron sorprendidos por el repertorio de las revelaciones artísticas de enfermos mentales reunida por Prinzhorn. Era un arte libre, espontáneo, franco, al que ellos también aspiraban. El doctor Walter Morgenthaler sostenía: “alguien con una enfermedad mental severa puede convertirse en un artista, además, contribuir con su obra al desarrollo del arte al tiempo que a él mismo le sirva como liberación de sus emociones”. Él, junto con Hans, habituados con este tipo de pacientes, estudiaba el Arte extremo y su impacto con la vanguardia surrealista en el comienzo del siglo XX. Entre la colección de obras de Prinzhorn, se encuentra el trabajo de Martín Ramírez, uno de los pacientes del Dr. Pasto. Martín, quien nació en 1895 en los Altos de Jalisco, México, está considerado en la lista de los diez grandes artistas del Arte marginal o Artbrut. En 1925 partió de su población, alejándose de su esposa y cuatro hijos para irse a los Estados Unidos, con la esperanza de conseguir una mejor vida. Para su desgracia, al año siguiente se desata en México la Guerra Cristera, impidiéndole que regresar, pues de inmediato hubiera sido reclutado en alguno de los bandos. En ese tiempo trabajó primero en ferrocarriles, después en las minas del Norte de California. No obstante, el destino siguió presentándole otros infortunios. Llegó la Crisis del 29 en EE.U.U. y, a causa de este acontecimiento, quedó desempleado; para entonces ya manifestaba su estado depresivo. Y no se sabe con exactitud como subsistió esos años.

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En 1931, teniendo 46 años de edad, Martín fue llevado a un hospital psiquiátrico en California. Fue encontrado vagando por las calles en un estado agresivo y peligroso, diagnosticado en sus inicios como maniaco-depresivo crónico; en una segunda evaluación médica, se dictamina como esquizofrénico incurable. Escapó en tres oportunidades del lugar; la última vez regresó por voluntad propia. El doctor Tarmo Pasto, investigador especialista en artistas con trastornos mentales, cuestionó su dictamen y sugirió que Ramírez no era enfermo mental. De hecho, se convirtió en un coleccionista de sus obras. La aversión de Ramírez por las miradas de los internos y personal del hospital lo mantenía escondido, haciendo sus trazos debajo de las mesas, ausente de la comunicación verbal;, pues él nunca aprendió a hablar en inglés.

Durante 32 años estuvo recluido en dos manicomios. Ya en el segundo hospital tuvo la oportunidad de asistir a un taller de cerámica del programa de terapia ocupacional. A partir de ese momento comenzó a tener contacto con otros pacientes artísticos. Aunque el doctor Pasto le facilitaba materiales, a Martín le eran insuficientes, quería gran variedad de papeles y diferentes herramientas para la realización de sus creaciones. Razón por la cual en las noches escudriñaba los botes de basura para recolectar todo tipo de papel, lo aglutinaba con goma elaborada por él mismo: utilizaba ingredientes como avena, papa o pan, mezclados con saliva, sus trazos eran ejecutados con carboncillo, grafito o cabezas de cerillos usados.

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De su producción artística durante el transcurso de su vida se estima la creación de más de 600 grabados, alrededor de 450 dibujos y collages, que tenía por costumbre guardar bajo su cama. Algunos medían entre tres y cuatro metros. Gracias al doctor Pasto, el trabajo de Martín Ramírez fue introducido al mundo del arte, obteniendo su primera exposición individual en 1951. Después de tres años fue considerado como un virtuoso de la talla de Picasso, Chagall y Matisse. En 1971, por primera vez en la capital mexicana, fue presentada parte de su obra en una exposición colectiva de Arte y Psicopatología, la cual se organizó de manera simultánea al V Congreso Mundial de Psiquiatría. La expresión artística, sea de cualquier línea, se origina en la psique y siempre comunica algo. La manifestación a través de las artes es un modo de construir una “guarida” personal; y, si hablamos del significado de “guarida”, nos remitimos al asilo, amparo o cobijo. Carl Jung pensaba que mediante la manifestación creativa el paciente puede llegar a la autocomprensión y su transformación como individuo, porque es incapaz de revelar verbalmente las inquietudes que lo asaltan. Con el paso del tiempo se ha confirmado una teoría: padecer una enfermedad mental no aumenta la posibilidad de convertirse en artista. Sin embargo, se ha evidenciado el progreso emocional de los pacientes a través de la expresión artística, alcanzando un equilibrio interno cada vez que se alteran (homeostasis psicológica). El arte resulta ser una vía para transformar hábitos, apatía y, por momentos, un escape del delirio; así, se pasa de lo abyecto a lo sublime.

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Lesley Labastida R. desarrolla talleres de arte y creación literaria y también imparte cursos de Didáctica para la Lengua Escrita y Comprensión Lectora. Ponente en temas relacionados con la educación, desarrollo humano y las artes. Tiene la publicación de un libro de narrativa y artículos en diferentes revistas culturales.

Samuel Rojas E., artista plástico del movimiento abstracto informalista. Elabora pasta celulosa con fibras naturales, enfocado al arte. Fue director del taller Arte-Papel Oaxaca del IAGO y diseñador de portada e interiores de la revista “VUELTA” de Octavio Paz (1983-1989). Becario con trayectoria del FONCA.