«Sí, me alegra que sigas siendo el mismo. Si te hubieran mudado de sitio, pintado de nuevo, clavado al borde de otro camino, no tendría nada fijo para orientarme. Me eres indispensable; yo cambio. Queda convenido que tú permaneces inmutable y que yo mido mis cambios en comparación contigo» Jean-Paul Sartre

La pregunta existencial Socrática por excelencia ¿Qué es el hombre?, revela más del hombre en sí que la posible respuesta, ya que “preguntarse por el hombre es preguntarnos por el otro y lo otro; por el encuentro, por los supuestos del encuentro” (Salmerón, 1959). Esta capacidad hasta este momento de percibir al otro, preguntarse por el otro e incluso intentar comprender su medio interno subyace en un mecanismo funcional neurológico común llamado simulación corporeizada, propuesto por Gallese (2011), quien analiza la activación de neuronas en espejo premotoras frontales y de corteza parietal posterior, lo cual sucede cuando se ejecuta una acción y cuando se observa a otro sujeto ejecutar la misma acción. Esto no sólo abarca situaciones concretas como tomar una cuchara, se ha comprobado que existe activación incluso cuando las acciones son meramente percibidas por el observador, relacionándolas con un sonido (por medio de neuronas espejo audiovisuales) o con alguna conducta previamente aprendida u observada, lo cual permite al sujeto predecir o intuir las acciones y el mundo interno de los otros a partir de sus propias experiencias mentales internas. Aquí un ejemplo:

Siete de la mañana y Andrés García se dirige al trabajo. Por el tráfico concluye que lo mejor será viajar en metrobus. En la parada observa la interminable fila para recargar el saldo de una tarjeta electrónica que controla el peaje. “Por favor”, menciona una señorita apurada que le ofrece una moneda de 10 pesos. Evidentemente desea verse beneficiada de su tarjeta y, Andrés, sin problemas, paga por los dos. Una vez sentado en el vagón observa a una anciana claudicante agregarse a la multitud. Dos o tres miradas soslayantes le recuerdan que está socialmente obligado a dejarle el lugar. Qué molestia, piensa, sin embargo, sede su asiento mientras imagina que algún día él será ese viejo interactuando con un mar de juventud molesta y ansiosa por llegar a ningún lado.

Así, Andrés García percibe las miradas de las mujeres en el metrobus como inquirentes de ejecutar una conducta socialmente requerida e incluso se puede decir que las mujeres en el metrobus activan sus neuronas en espejo. Al ceder Andrés García su asiento percibe la necesidad social como acatada por sus propias mente, calmando la ansiedad de lo esperado. Este estrato neuronal sirve como mediador de la capacidad para compartir el significado de las acciones, las intenciones, sentimientos y emociones con otras personas, lo que da fundamento a la identificación con la sociedad, con la comunidad, con la familia, en resumen: con el otro.

Eso nos lleva a dos constructos: El primero, la empatía, ya vislumbrada por Max Scheler (2005) como la “genuina unificación afectiva”, la identificación plena de un yo propio con un yo ajeno que podría ser tanto voluntaria como inconsciente. El segundo y más importante para este ensayo es la intersubjetividad, que incluye las actuaciones necesarias para armonizar el mundo mental subjetivo de una persona dentro del de otra; o sea, el entendimiento de la existencia de estados similares en otros y la interacción con ellos (Bowly, 1959).

Siendo la intersubjetividad inherente en toda relación psíquica, no es de extrañarse que también afecte el quehacer psicoterapéutico y psiquiátrico. De hecho, considerar a los sujetos constructos de una intersubjetividad común coloca al psiquiatra más que en cualquier momento en una posición de ser humano real, en dónde más allá de la mera transferencia y contratransferencia descritas por Freud, existe una construcción de la realidad de manera colectiva (paciente-psiquiatra), que se debe tomar en cuenta desde el punto de vista neurobiológico de las interpretaciones, de las motivaciones, de la manera de actuar, del lenguaje verbal y de cualquier interacción que exista con el paciente y que tenga que ver no sólo con la contratransferencia, sino más allá de ella, abarcando la empatía y la actividad de las neuronas en un espejo, tanto del psiquiatra como del paciente.


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Kirshner (2012) plantea, a diferencia del “terapeuta ideal” de Freud, que más que ser un observador, objetivo neutral, el terapeuta se convierte en otro real con su propia subjetividad; una subjetividad que influye en la percepción del paciente y en lo que piensa, siente y hace en el marco de la situación analítica. Cabe resaltar la importancia de la segunda parte de este enunciado, ya que la percepción que el paciente se genere del psiquiatra (originada en los mecanismos neuronales en espejo), independientemente de la transferencia, origina una verdadera interacción entre estas dos personas, lo que Menaker describió como “Relación Real” (Menaker, 1990), ya que realmente se comparten realidades y puntos de vista diferentes que interactúan entre sí.

¿Hasta dónde entonces nos está permitido a los psiquiatras (no digamos imposibilitado) mantener una posición neutral ante el paciente? ¿No es acaso el no intervenir con nuestro punto de vista, desde nuestra realidad, negarle el derecho a construir un punto de vista intersubjetivo con el suyo? ¿No nos convierte la subjetividad en camarada o consejero más que en psicoanalistas o psicoterapeutas?

Hablar de la intersubjetividad en el proceso psicoterapéutico que ejerce el psiquiatra entrenado plantea en algún punto la duda sobre la autorrevelación que se pueda hacer de su propia subjetividad. Davidove (1982) opina que la autorrevelación del terapeuta sería un tipo de intimidad que no está sujeta a ninguna moralidad deontológica o principio inamovible, sino que debería ser aceptada o rechazada de acuerdo a cada caso específico. Sobre este punto existen opiniones encontradas, Irvin Yalom propone que durante la terapia de grupo se debería usar la autorrevelación y las armas que brinda una subjetividad compartida como la empatía, para hacer entender al grupo las propias capacidades del psicoterapeuta, para la resolución de sus propios conflictos (acaso haciendo uso de neuronas en espejo y entender las capacidades del analista aplicándolas en la vida interna del paciente). Sin embargo, Yalom especifica que en someras ocasiones en que la autorrevelación fue empleada, muchas veces se cayó en el mismo mecanismo de espejo, de visualizar al psicoterapeuta como un humano más, que tiene sus problemas y conflictos para dar una resolución, devaluando el quehacer terapéutico al plano farmacológico.

Claudio Pizarro (2005) realizó una revisión de diversos estudios con este talante y menciona que, a pesar de que no se puede concluir taxativamente a favor ni en contra de la autorrevelación del terapeuta, hay líneas de pensamiento bien definidas que no apoyan el hecho de que el terapeuta comparta contenidos emocionales significativos de su pasado. Observó que las intervenciones correctas ayudarían mínimamente al vínculo terapéutico y que no se debe perder de vista que el terapeuta no está en posición igualitaria con el paciente (algo necesario para una verdadera relación de intimidad psicológica), pues ambos participan en forma diferente en la relación. Otra de sus conclusiónes es que la ausencia de intervenciones de autorrevelación parece no afectar el vínculo terapéutico, y parece difícil determinar un posible valor agregado en un proceso terapéutico regular.

Esto se podría explicar ya que la verdadera empatía surge del intercambio inconsciente de las subjetividades del terapeuta y del paciente, siendo éstas inherentes a cualquier relación humana y no modificables positiva o negativamente, ya que activan de igual manera los mismos caminos neuronales.

Tantillo (2004) opina que no es tanto el ofrecer o no un contenido íntimo por parte del terapeuta, sino el significado de abrirse a una comunicación más auténtica en este encuentro de dos personas que podría acompañar a una autorrevelación. Claro está que la autorrevelación no es la única forma ni la más efectiva de lograr esto.

Así entonces, la utilización de la intersubjetividad debería concentrarse en mantener la empatía, entendida como la percepción adelantada y el total entendimiento del otro dentro del propio constructo mental del terapeuta, utilizando armas como la autorrevelación sólo si es estrictamente necesario para enfatizar o crear en el otro una activación neuronal en espejo que le permita construir su subjetividad para resolver sus propios conflictos desde la realidad del terapeuta; si se logra realizar esto se mantendrá una relación real con el paciente que permitirá utilizar la transferencia y contratransferencia (tan utilizadas como único y último método) solamente como meras herramientas en una construcción intersubjetiva de dos realidades en donde la subjetividad del terapeuta, entendida por él mismo pero no exteriorizada totalmente, ayude a la construcción de la subjetividad del paciente, tomando los mejores elementos que el terapeuta permita mostrar.

Habrá que hacer un análisis a profundidad sobre el cambio que produce la intersubjetividad del paciente dentro del mundo interno del terapeuta a largo plazo. Acaso esto nos haría tener mayor cuidado en escoger a cualquier amigo, o a una pareja.