Para comenzar a hablar de la infancia es menester referirse a la sexualidad. Aunque más no sea porque pensar respecto de la niñez remite inmediatamente al orden de la filiación. Y la filiación, vinculada indisolublemente al origen, remite a la concepción, que es de orden sexual, de aquellos a quienes nuestra cultura designa como hijos e hijas. Por otra parte, la sexualidad y el origen están en la base de aquello que bajo la incitación de ciertos sentimientos e inquietudes pasa a ser en todos los individuos el primer y grandioso problema de la vida. Esa pregunta referida: “¿de dónde vienen los hijos?”.

En el caso de nacimiento de hermanos o hermanas menores, la pregunta suele adoptar esta forma: “¿de dónde ha venido este hijo molesto?”. Y aun cuando se trate de hijos únicos, de todos modos siempre hay oportunidad para que las niñas y niños se interroguen por la aparición de un rival inoportuno o molesto. Y que esa interrogación conduzca al enigma sobre el origen.

Referirnos a la infancia y la sexualidad implica hacernos una pregunta sobre lo que representa esa vinculación para cada uno de nosotros. Infancia y sexualidad, ¿sabemos exactamente de qué se trata?

Lo que representa la sexualidad y la infancia para cada uno de nosotros es seguramente lo que cada uno de nosotros ha podido ir anudando y desanudando con palabras en el transcurso de la vida. Lo que taxativamente se espera de quien va a ocuparse de una labor clínica con la infancia, sea esta psicoterapéutica, psicoanalítica, psiquiátrica o psicopedagógica, e incluso social o educativa, como la de trabajo social o docencia, es que en algún momento se busque la oportunidad de realizar una consulta analítica.

La confrontación con la complejidad de los problemas de la familia, de la niñez, la pubertad y la juventud requiere que los profesionales hayan hecho ellos mismos un pasaje por esas problemáticas que a todos nos atañen. Las que justamente se refieren a las experiencias familiares, infantiles o puberales. Lo cual está indisolublemente vinculado a poner en juego la palabra y, con ella, poner en evidencia lo que en cada uno de nosotros se aloja como sufrimiento, dolor o agobio. Todo pasaje por la infancia inevitablemente supone atravesar un proceso de alienación y de separación.

Elaborar en la vida adulta, en el marco de un análisis, implica retomar en activo esa dimensión alienante en la que hemos quedado fijados como objetos de la satisfacción parental. Está claro que para quienes nos dedicamos al psicoanálisis ese pasaje es imprescindible y se efectúa en el contexto de un análisis. Ese atravesamiento permitirá, para quienes nos dedicamos a recibir consultas por la infancia, pasar a ser nosotros mismos un objeto o un personaje en el juego que allí se proponga. Ofrecerse en esa disposición puede significar pasar a ser una pelota, una tiza, un cochecito, una muñeca o cualquier otra cosa que posibilite la actividad lúdica. Ubicación objetal, la del terapeuta o analista, mucho más requerida cuando se trata de infancias afectadas gravemente. Esa disposición de quien recibe la consulta puede permitir que el niño o niña quede liberado de un lugar en el cual está siendo retenido como objeto de una problemática parental. Si el lugar de objeto pasa a ser asumido por una cosa o por el profesional mismo, eso permitirá reconstituir un espacio de juego, la posibilidad de un encadenamiento simbólico y, con él, la reubicación del niño como tal. Con relación a la sexualidad, lo que el psicoanálisis introduce como novedad es que la ubicación sexuada para los mortales está ligada a que la ubicación del cuerpo en el mundo se da en una dimensión que no es la animal, sino en la de un alojamiento, una recepción y contexto en el que hay otros semejantes que hablan. El cuerpo es cuerpo en tanto cobra visibilidad con relación a una voz y una mirada que se anudan a un espejo que a su vez se ubica en un mundo de palabra.

Un bebé requiere de una asistencia particular que va más allá de la alimentación, hidratación o resguardo de estímulos peligrosos. Un bebé que fuera atendido desde su nacimiento sólo por máquinas no sobreviviría. Aun cuando en materia de cuidados maternales los custodios fueran mecanismos eficientes, el resultado sería letal para el bebé.

En ese sentido, es menester la presencia de semejantes que alojen a la criatura no sólo en un protocolo de cuidados primordiales, sino en algo más que eso. Y ese algo más atañe a la nominación, a la ubicación de ese bebé en el orden de la palabra. Lo cual significa situarlo en el orden de la filiación. “Ser el hijo o la hija de…” se ubica en la relación que los padres mantienen con el lenguaje y con la sexualidad. Una dimensión que está signada por la castración.

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Por otra parte, el orden de la palabra está vinculado con una voz. Una voz desde la cual no sólo se le habla al bebé, sino que se lo toca, acuna y arrulla. La rítmica que está implícita en esos contactos atañe a la voz. La voz que aun vaciada de sonoridad marca la impronta de un ritmo.

Desde el inicio e incluso antes del nacimiento hay voces que ubican a la criatura humana en el mundo de la palabra. Voces que además sustentan una escena en la que se ubica una mirada. La mirada de los que están a cargo. Ese cuerpo que desde el origen está inscripto en un mundo donde prima la palabra, y en el cual se sustenta una mirada, es un cuerpo marcado. Y en tanto cuerpo marcado no es un cuerpo natural. Hay una dimensión que es aquella que se conoce como estadio del espejo, una instancia más lógica que histórica, introducida por Jacques Lacan en sus desarrollos más tempranos.

Un nenito o una nenita, a partir de los seis meses, es captado por la imagen de tal forma que incluso contraría las posibilidades madurativas que le puede suponer a una criatura de esa edad. Capturado por el espejo, el bebé logra asumir jubilosamente, y de un modo fugaz, su imagen en una suerte de unidad. Casi coincidentemente a esta instancia del espejo se produce un pasaje crucial en lo que atañe a la relación con el lenguaje. Es el referido al tránsito que hacen el niño o la niña pasando de un laleo universal a un laleo en una lengua en particular. En ese paso, el del espejo y el del laleo, los bebés se apropian de una mirada y una voz que está ritmada en la lengua vernácula.

En la lengua transmitida hay una mirada y una voz en falta. Y esto se debe a que quienes sustentan esa escena del espejo, para el caso los papás, ellos mismos están en falta.

¿Por qué están en falta? Porque mantienen una relación con la sexualidad que está signada por la castración. Lo interesante e inquietante es que justamente en ese lugar de la castración es donde queda situado lo que nuestra cultura designa como hijos. Hijo o hija, representa una alteridad. El lugar del hijo se sustenta en la relación que los padres mantienen con su propia castración. Y si bien la filiación está vinculada a nuestros padres, no es menos cierto que como hijos somos un efecto de la falta.