La psicoterapia infantojuvenil es una rama de la psicología que se encarga de brindar atención y apoyo a niños y adolescentes. En esta ocasión me enfocaré en la población infantil, cuya principal demanda la realizan los progenitores a través del motivo de consulta comúnmente agrupado en dos grandes rubros: los problemas de aprendizaje y las alteraciones conductuales.

Cada corriente psicoterapéutica basa sus intervenciones en fundamentos teóricos. La psicoterapia Gestalt es un enfoque que integra la visión de totalidad; el menor es un ser en desarrollo caracterizado por rasgos individuales e interacciones con el entorno. Las estrategias propuestas abren la posibilidad de expresión a través de diversas vías y un sinfín de materiales, que actúan como mediadores más que como lista de ingredientes para aplicar las técnicas. La Gestalt promueve la vivencia de la experiencia en el momento. El psicoterapeuta Gestalt está totalmente convencido que el funcionamiento personal es producto de un ciclo de experiencia que al satisfacerse de la manera más adecuada establece un aprendizaje de vida interna que aflora las herramientas de afrontamiento.

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Su fundador, Fritz Perls, no tuvo contacto con niños en las sesiones. Más bien, la filosofía Gestalt es retomada y aplicada a los infantes a través de Violeta Oaklander, de quien tuve conocimiento a través de su obra Ventanas a nuestros niños, libro que acaparó mi atención por la gama de posibilidades que plantea para establecer el intercambio y lograr que un niño confíe en ese adulto que le acompaña en situaciones emocionales placenteras como displacenteras. El uso del dibujo como medio proyectivo, los colores, formas, texturas, dibujos y representaciones de personajes creados desde la fantasía y asumidos como una parte real de la vida infantil, aunado a la calidez que Violeta comunica en la manera de plasmar su trabajo de años, fueron más que suficientes para quedarme ahí. Posteriormente llegó a mis manos de casualidad como sucede frecuentemente en la vida el libro Manual de terapia gestáltica infantil, de Loretta Cornejo, me cautivó al hallar lo que buscaba: esa chispa divertida en la que se convierte una sesión cuando se le encuentra la parte amable a las vivencias infantiles. El construir un “espacio”, como la maestra le llama, en el cual el menor transforma y libera la angustia, el miedo, la tristeza, el dolor y una larga lista de sentimientos a través de la creatividad, la risa, la fantasía y la presencia consistente del psicoterapeuta. Es así que el mundo infantil se convirtió en una faceta de trabajo en mi diario vivir como psicóloga.

Lo que quiero compartir de estos años de trabajo es que cada niño se distingue por su temperamento. Se presentan a sesiones aquellos con los que se facilita trabajar por su gran capacidad expresiva, el contacto que logran a través de la apertura y confianza de que su necesidad interna será atendida, que se irán de la terapia con un recurso nuevo y útil para afrontar las diversas circunstancias que los aquejan.

Por otra parte, llegan los que generan preocupación, que mueven mis angustias por sus prolongados silencios, que cortan la comunicación con respuestas verbales y no verbales como la evasión de contacto visual. Los que incitan a asumir actitudes indulgentes y conciliadoras o bien consistentes para mantener un límite en pro de incrementar su capacidad de frustración.

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Otro concepto básico es el estilo de apego que han alcanzado a través de su historia de vida, el cual refleja la vinculación lograda por medio de la representación de los padres, quienes intentan hacer su mejor papel desde diversas direcciones, cumpliendo un rol en ocasiones ansioso o desorganizado, o bien transmitiendo el verdadero significado del sentido de maternidad y paternidad que emerge desde el momento en que se convierten en guías y acompañantes de un ser a quien hay que legarle desde un apellido hasta los momentos propicios para su adecuado desarrollo.

En el trabajo infantil también se prioriza la intención de reubicar el sentido de cuidado que en caso de perderse se transforma en indiferencia, hastío o cansancio. Por tal razón, el autocuidado del psicoterapeuta transmite protección y seguridad durante la sesión, ya que en los momentos de intercambio se retroalimentan y sincronizan los afectos y emociones. Bien vale la pena respirar profundo y entregarse a la experiencia de estos encuentros afortunados porque además de convivir y divertirnos, el entorno psicoterapéutico se convierte en un mundo pequeño, en la representación a escala de lo que el niño vive afuera convirtiendo al terapeuta en lo que necesite: en alguien que le establece un límite, le proporciona un abrazo, le sonríe frecuentemente, le entiende y lo hace sentir que importa porque valora su presencia.