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Aquella táctica que utiliza nuestro Sherlock Holmes posmoderno en la serie Elementary, transmitida por Netflix, de organizar los datos a manera de panóptica antes de la conclusión, nos posibilitará cruzar la temática aquí comenzada sin tener que trasladarnos de forma minuciosa a la época de los griegos tras textos que nos indiquen el uso inaugural de la palabra psicología, o a indagar por qué hoy día la Real Academia permite el uso de la palabra “sicología”.

Consideremos que, como rastreamos parcelas y ejemplos estructurados en el “espacio metafórico” o topología de “lo negativo”, nuestro comportamiento será el de una Watson conspicua, renovada en su rol, intentando extraer deducciones frescas de las viejas fórmulas. De comportamiento demandante y contumaz al despejar incógnitas que se producen a raíz de la controversia (en la serie señalada, Watson está representado por Lucy Liu, quien integró la feroz triada mujeril del filme Los ángeles de Charly, 2000), por lo que en las líneas siguientes llevaremos la “intuición femenina” como si fuera un tatuaje orgánico/metafísico en nuestra piel y alma/cogniciones.

Alejémonos de lugares comunes y lo fortuito, pero continuemos pensando en esas relaciones o rizomas creciendo al compás ambivalente (ausencia/presencia) de la letra P, diría nuestro Holmes reloaded. Esos vasos comunicantes transitan de lo psicológico (histerismo, lógica de la castración, negación, supresión) a lo maravilloso si seguimos la línea borgiana, o también podríamos darle seguimiento a las teorías marxistas que tratan de las hegemonías, si nos guiamos por las viejas y eficaces propuestas de los Mattelart, Ariel Dorfman o Enrique Guinsberg.

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¿Quién, cuándo o por qué, se comenzó a utilizar la palabra “sicología”? Con la ascensión de la WWW a las escuelas y hogares pareciera que este tipo de controversias se puede resolver tecleando la palabra en alguno de los buscadores electrónicos, veamos.

Si usted teclea “sicología” en el apartado de libros del buscador electrónico google, podrá darse cuenta de que al menos un tercio del total de documentos relacionados que el buscador ofrece emplean de aquella manera la palabra, en vez de psicología. No se soslaya el hecho de que “ninguno” de esos documentos de google ofrece un análisis mínimo o definición de “sicología”, a diferencia de otros libros que tratan sobre tópicos psicológicos en donde lo primero que se deja en claro es la composición etimológica de nuestra palabra.

Textos que usen la palabra “sicología” hay de sobra para darle cuerda a nuestra propuesta, pero no llegaremos a ese nivel de análisis; ahora, si usted indaga a través de google los textos que abordan la controversia, hallará un puñado de artículos sobre el tema, como indicando que otras personas han percibido esta falta o anomalía.

El uso del término “sicología” no es reciente ni de décadas atrás, sino de siglos, aunque si es reciente la anuencia que la RAE ha dado al uso indistinto de los términos quien sabe por qué motivos. Empero, esa manera de usar la palabra “sicología” no habría de implicar, per sé, la justificación de su anuencia en el mundillo “especializado”. Se reinvindica el hecho de que al hacerlo se empobrece el sentido e intencionalidad, disciplinar suponiendo que en realidad se quería decir psicología, de lo contrario el deseo REAL tras lo que se pretende cuando se escribe “sicología” tampoco es de nuestro interés en esta ocasión.

Pasa algo similar en otras parcelas de lo cotidiano imbuidas en las dinámicas sociales. Los espacios de diarios o revistas de circulación planetaria dan cabida a esa incompletud textual, la cual se lee y aparece en detrimento de lo que pudiera ser un excelente reportaje o airada crónica educativa. Ejemplos del tipo son hallados en diarios como el País, en el semanario Proceso. En los espacios de esos medios se lee “sicoanalista”, “sicósis”, “sicólogo”, sin que los autores de los artículos, columnas, crónicas, donde aparecen esas palabras den señales de cautela, o recato, previendo posibles efectos indeseados que una omisión de esta clase conlleva, y cuyos efectos veríamos principalmente en la formación del futuro pedagogo, psicólogo, educadora o comunicólogo.

Como no es la intención quedarnos con la sensación preparatoria que nos induce a pensar que si la palabra es griega (Ψυχολογια ), en consecuencia nuestra ciencia o disciplina proviene de Grecia, sigamos el vaivén de las palabras arrostradas, pues en nuestro caso implican búsqueda, desplazamiento, traslado hipertextual, ir de una a otra biblioteca, lugar o fecha, tras el rastro de tal o cuál nombre. ¿Quién tiene el crédito de haber puesto por primera vez ( siglo XVI) en un escrito la palabra psicología? ¿Otto Casman o Rudolf Göckel?, algunos proponen a Filip Melanchton, mas los estudiosos saben que él no transcribía sus discursos.

De pronto los textos donde se utiliza aquel término nos guían a atmósferas de ausencia y supresión; entonces se coligen los efectos del soslayo a los miles de años que dieron orondez al prefijo del término psicología: “psiqué”.

La medieval palabra, escrita en griego, está legitimada por tradiciones iniciadas hace más de treinta y cinco mil años --el Rig Veda habla de cientos de miles de años--, y fortalecida en este largo periodo a través de nuestro prefijo/significante, tan oceánico y discutido, el cual se supone aportó/absorbió elementos que, en ese largo periodo, se sumaron a la polisemia de una palabra que fue hecha pública apenas seiscientos años atrás. Sabemos que cada pueblo, cada cultura, tiene una acepción particularísima de lo psicológico, por lo que necesitaríamos diez ensayos más para apenas enlistarlos.

En la posmodernidad, donde la súper abundancia de prefijos denota emotividad, multiculturalidad y transdisciplinariedad, ¿por qué se termina escribiendo “sicología” cuando se pretendía decir psicología? ¿Nuestras indagaciones llegarían a buen puerto si seguimos la dirección de la emotividad? Es sabido que la palabra “sico”, el término vuelto prefijo de “Sicología”, es una marca de preservativos y cosmética masculina. Si no es un prefijo de “sicología”, entonces ¿Qué significa “sicología”?

¿Fue válido quitar a voluntad, motu propio, la letra P cuando se escribe sobre cuestiones del alma, estructuras yoicas, conductas o cogniciones? Al citar la vieja fórmula psicológica “en la casa del jabonero...” ya estamos posicionados en la realidad freudiana de Emma Eckstein, la de la histeria. Qué arrebato hace desaparecer la letra P.

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En los libros o textos donde se emplea el término “sicología” no se justifica la omisión de la letra P. ¿Tal acción no es un clásico síntoma estereotipado? Pareciera que los textos donde se lee “sicótico” o “sicólogo” intentan ocultar, vía la NEGACIÓN, eso que llamamos alma, soplo, nous, mente, albedrío, cognición, subjetividad. ¿Tendrá relación que algunos de esos textos que ofrece google tengan algún origen religioso?

Por su “naturaleza” el término “sicología” levanta todo tipo de dudas, esto puede resultar porque su ámbito o topología está conformada de elementos/estructuras cuya situación está en una esfera que ya de sí genera diversidad de conjeturas: “lo negativo”.

Tomamos la categoría negativa porque los términos en cuestión devinieron ausencia, falta, estorbo de una letra, la P de psicología. En el idioma español no se trata de un problema ortográfico sino de la anulación deliberada, consciente, de la supresión de la letra que da sentido al prefijo.

En el libro “lo negativo” Guy Rosolato (Amorrortu, 1991) nos adentra en el tema: “Negativo. Este término general lleva una marca, un signo (-)… indica… una falta, un estorbo, un retardo, una interrupción, una importancia menor...” Lo que dejó de existir y no lo fantasioso e inexistente, es el tema que hemos abordado ya: ¿psicología o sicología?

El asombroso poema Ajedrez de Jorge Luis Borges nos ofrece un ejemplo de ausencia/anulación premeditada, quizá necesaria, pero a diferencia de nuestra letra P, en su ejercicio literario Borges se aleja de la negación --que sí vemos en “sicología”--, llenando de alegorías la ausencia que nos ofrece.

Veamos, recordarán que el poema consta de dos sonetos. En el primer soneto el caballo es nombrado ligeramente, sin embargo, en el segundo soneto el argentino vuelve a enlistar las piezas del juego y aunque confirmamos toda la fuerza, un desborde de fantasía/realidad borgiana, a la vez somos testigos de una ausencia.

La pieza del ajedrez que no vuelve a mencionar Borges se torna de capital importancia para el juego o arte borgiano de las palabras. Al ponerla en fuga, al desaparecer esa pieza del ajedrez, el argentino la perpetua, valla dilema. ¿Alguien sabe con seguridad por qué no vuelve a mencionar la pieza? Quizá porque la pieza en el segundo soneto se ha movido, ha saltado, está en fuga.

Podemos proponer, a la manera sherlockiana, sobre estas omisiones con bastante cuerda, o rebuscar en las feroces teorías marxistas e ir tras los Mattelart, Dorfman o Guinsber para especular acerca de hegemonías editoriales que pretenden restarle fuerza a la psicología/psiquiatría, en tanto la omisión de la letra P obedecería a intereses del “conductismo”, donde nada tienen que hacer las implicaciones de la psiqué.

La palabra psicología en otros idiomas como el inglés (psychology), francés o alemán (psychologie) no genera tal controversia. Si algún francés, inglés o alemán escribiera “sicología”, de pronto se encontraría con un problema ortográfico y gramatical, por lo que en idiomas distintos del español es posible que no exista nuestra diatriba.

¿Algunos ejemplos hoy manejados pueden ser abordados, no sólo tamizados, siguiendo alguna línea que ofrece la “lógica de la castración”, de la negación y supresión? La respuesta es positiva, sí.

Ejemplos de las posibilidades teóricas que esas figuras psicoanalíticas ofrecen podemos encontrarlas en postulados de infinidad de filósofos y psicoanalistas como Enrique Guinsberg, Georges Bataille, Jaques Lacan, Helí de Morales, Slavoj Zizek o Peter Slöeterdijk, por lo que no sería descabellado ampliar, posteriormente, este ensayo.