Eran las 23:49 horas del día nueve de septiembre de 2017 en el Istmo de Oaxaca cuando abrí los ojos por el movimiento de mi cama. De un salto me paré y estuve en medio del cuarto, mirando cómo las cosas caían, lo único que pensaba era si se iba a detener o si el piso se abriría.

Mientras me vestía y salía, ignoraba que algunas familias ya vivían una pesadilla bajo los escombros y que algunas personas morían. No había luz, sólo por la luna podía ver el polvo blanco y el perro echado, aferrado al piso. Caminaba a un lugar seguro y esperaba encontrarme a personas en llanto o fuera de sí, como en aquellas películas donde se desata el caos, pero no, lo que vi fue gente desconcertada, incrédula, como en etapa de negación. La noche fue muy larga, la luna se mostraba de diferentes colores y las alertas de réplica y tsunami en Salina cruz no fueron muy alentadoras.

Los días siguientes la gente entró en caos: delincuencia, saqueos, hacinamiento y balaceras, en parte por las afectaciones emocionales y psicológicas que ya se hacían evidentes, como el miedo que llevaba a la desesperación; la irritabilidad y la angustia que aumentaban la violencia; y las crisis nerviosas, el stress y la incertidumbre. Por ello convocaron a profesionales de la psicología que estaban trabajando en la zona para solidarizarse con la causa. Para esto nos unimos a psicólogos que llegaron de la PGR de la Ciudad de México y fuimos al albergue en el Instituto Tecnológico del Istmo. La primera impresión fue que había muy poca gente (200 aproximadamente) ocupando un espacio que daba para más (1000 aproximadamente), pero al preguntar dónde estaban las demás personas, nos contestaron que aún en su casa, cuidando los últimos patrimonios que les quedaban.

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Algunas historias que recuerdo: Un chofer de un mototaxi de 50 años me dijo que se habían tenido que llevar a su mamá fuera de Juchitán porque se aferraba a los pedazos que habían quedado de su casa, y la defendía con rabia cada que una máquina se acercaba a terminar de demolerla.

Jugando con un niño de pronto él paró el juego y me contó que una teja había caído sobre su pie la noche del sismo. Me mostró la herida y ya estaba cicatrizando, no le había dicho a sus padres porque ellos estaban tristes por su tía muerta.

Un señor se acercó a nosotros y nos comentó que estaban demoliendo la casa donde nació y creció con sus abuelos. Aceptó que lo acompañáramos a despedirse de su hogar y lloró frente a él, como se le llora a un ser querido.

Era un panorama en que los adultos del albergue hacían catarsis entre ellos o permanecían ensimismados; unos más hablaban por teléfono o se informaban por las redes sociales; los niños y niñas estaban literalmente desatendidos: pegados a las piernas de las mamás, chupandose los dedos o las manos sucias y otros más recostados en las colchonetas.

Fue ahí cuando rompimos el hielo. Primero con los menores, nos acercamos a conocerles a través de distintas actividades lúdicas (memoramas, dibujos para colorear y bloques para armar). El rostro de los niños cambió de asustados a interesados, era increible cómo los menores pudieron proyectar a tráves de símbolos su experiencia y su sentir más profundo. Recorrimos varios albergues (Ixtaltepec, Ixtepec, San Dionisio, etc) y, a través de la escucha, cuentos y la terapia de juego, pudimos resignificar en varias semanas sus vivencias ante el sismo. Esto ayudó a que no se sintieran tan inseguros, y las primeras señales de que nuestro esfuerzo funcionaba era que dejaron de presentar enuresis, de temblar y también pudieron conciliar el sueño. Considero que los logros influyeron en que la atención fue inmediata, los profesionales, las A.C y voluntarios no descansaron ni un día y sobre todo lo hicieron con verdadero respeto y amor hacia la causa.

Por desgracia, en cuestión de recuperación no pasaba lo mismo con los adultos. En esos momentos no tenían tiempo para su salud emocional y por supuesto “no estaban locos” para aceptar la ayuda psicológica que llegaba a sus comunidades, incluso hasta sus casas. En algunos lugares sí se dieron la oportunidad de recibirla y se trabajaron cuestiones de duelo y afrontamiento, de contención emocional, de intervención en crisis y de relajación. Al día veíamos más de 170 personas, aparte de la atención individual, para darnos abasto, por el número de personas, también tuvimos que intervenir con técnicas grupales para resaltar la solidaridad, el trabajo en equipo, fomentarles la esperanza y, sobre todo, hacerlos partícipes en la reconstrucción de sus comunidades.

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El trabajo que realizamos en el Istmo fue devolverle a los menores la atención de sus padres. Todos los adultos corrían por la despensa, estaban preocupados por no tener un techo, por ingeniarsela en los albergues, por conseguir más lonas para las lluvias y después para los vientos, o por conseguir armas porque los Migus (hombres que se convierten en monos de acuerdo a la creencia en Juchitán) se podían robar a los recién nacidos, y por eso los menores estaba solos emocionalmente. Ellos tenían dudas de qué iba a pasar, por qué ocurrió un temblor tan fuerte o si se iba a repetir; tenían dudas de la muerte y por supuesto tenían duelos, miedos, pero sobre todo tenían ansias de que al menos alguno de sus familiares volteara a abrazarlos para hacerlos sentir seguros.

Soy psicóloga y con mucho cariño escribo en memoria de Valentina, quien murió de un infarto posterior al terremoto, y en agradecimiento a las comunidades y casas que nos abrieron las puertas y valoraron el trabajo que como profesionales realizamos.

Para finalizar el texto quiero aclarar que el polvo blanco era de los hoteles, casas, negocios e incluso del municipio colapsado. Todavía hay mucho que contar de cada día de la tragedia, pero por el momento es suficiente. Aún hay recuerdos que me oprimen el pecho.