¿Qué sería del mundo como lo concebimos sin la retórica de Sócrates, los diálogos de Jesucristo, la paradoja de Kant o los relatos propiamente “varoniles” de las conquistas de Alejandro Magno y Julio César? La historia ha sido inscrita desde diferentes perspectivas, todas con un común ser hablante: el hombre, su discurso y su lengua –o lenguaje–. Sin embargo, las posibilidades e imposibilidades de nuestra existencia dan voz a lo que durante mucho tiempo ha sido un grito mudo, y más que mudo, censurado, silenciado y disminuido en su volumen, pero no en su potencia. Se trata de otra historia, un cumulo de decir/es históricos donde las mujeres presentan la dimensión de lo que implica el posicionarse como mujer entre los seres hablantes.

Lacan en el seminario de 1973, titulado Aún, declara que “a ella, la mujer, se la mal-dice, se la alma-dice. Lo más famoso que de las mujeres ha guardado la historia es, propiamente hablando, lo más infame que pueda decirse”. Siendo esta frase el parteaguas de la problematización en la escritura acerca de la vida desde diferentes ópticas y prácticas discursivas donde la mujer –alejándonos de la propuesta del psicoanalista francés– no existe.

Recorriendo los pasajes escritos a través de los tiempos –tanto lógicos, como místicos y cronológicos–, en primera instancia puntuamos el momento de la creación divina. Dios hizo al hombre a su semejanza, dio vida a Adán desde un supuesto de introspección, posicionándolo como “todo poderoso” –no más que él– y, por lo tanto, corrupto, a tal grado de dejarse convencer de probar el fruto prohibido. Si bien la situación era muy diferente para Eva –puesto que no era más que la extensión carnal de un sujeto, teniendo como propósito “ser” para otro–, es a ella a quien le es revelado uno de los engranes que movieron a Foucault “la voluntad de saber”. ¿Será acaso que Satán notó algo en Eva?, ¿algo que el mismo dios cegado por su arrogancia machista decidió condenar? Y es que si desterró de los cielos al príncipe de las tinieblas, y posteriormente a su primogénita por promover el interés por saber, por indagar donde debía reinar el silencio y la resignación, no es de extrañar que condenara a la(s) mujer(es) con las incomodidades del embarazo y el sufrimiento del parto, sino también con la atracción desmedida y la obediencia sin sentido hacia “su hombre”. Y es que gracias a esa cultura heredada de una disputa divina, años más tarde se tejió un lazo entre el macho cabrío y el grupo de mujeres maldecidas, acusadoras y devoradoras de saber/es, y eso fue llamado brujería –de igual forma, perseguida y castigada ferozmente–.

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Años más tarde, en un mundo en el que lo femenino era poco más que un depósito de semen, sangre, sudor y saliva, ante la necesidad de un sustituto simbólico de la madre –¿Complejo de Edipo? –apareció la prostitución, no sin antes convertirse en un modo de hablar. Según Morales (2011), “la idealización de una puta es directamente proporcional a su degradación. La santa madre es como la puta cachonda: no se puede tener. Una no pertenece a nadie por inmaculada, la otra por ser de todos. El dispositivo fálico de la prostitución genera la ilusión en los hombres de poder comprar y poseer… algo de las mujeres. Sin embargo, la prostitución es también un síntoma de la ley que muestra que es necesario otro modo de pensar la historia. Ya que el psicoanálisis señala que, para pensar la historia se hace necesario relacionar estructuralmente cuatro elementos lógicos: el poder, el saber, la dimensión del sujeto y los modos de producción del goce.” La prostituta genera un retorno a aquella disposición polimorfa de lo infantil, donde los conceptos de vergüenza, asco y la moral no intervienen en la creación de su fantasía; una fantasía en la que es todo menos prostituta y, de esta forma, pueda barrar a aquel sujeto que se atreve a menospreciarla.

En los años 70´s parece ser que, a través de las propuestas de Freud, Lacan se atrevió a proponer que a la mujer no se le puede universalizar porque “no existe” en su totalidad, y es que si bien las historias de Lilith, de Afrodita, Maragaretha Zelle, Sor Juana, las muertas de Juárez, las mujeres transgénero y todas aquellas activistas que luchan por la igualdad y equidad de género recitan constantes mantras a partir de lo femenino, necesitan –y merecen– ser individualizadas, puesto que a diferencia de la masculinidad –anudamiento entre lo fálico y la castración– el ser mujer posee cierta similitud con la relatividad de la verdad, ya que es bien sabido que “no existe” toda la verdad del mundo; por algo ni el mismo Freud pudo responder la incógnita ¿Qué quiere una mujer? Tal vez, en esta ocasión y a través de estas letras, pueda ser escuchada, por que tal vez como en análisis, a partir de lo femenino se puede encontrar la cura de una sociedad en donde la mujer no existe.