Solamente a un profano de la disciplina puede sorprender que por segunda ocasión el Premio Nobel de Economía reconozca el mérito de un trabajo que incorpora aspectos de la investigación psicológica a los estudios económicos; más precisamente, a la rama de estos conocida como “economía del comportamiento” (behavioural economics). Consta en el dictamen de la Real Academia Sueca de la Ciencias que el galardón fue otorgado a Richard Thaler (EEUU, 1945) por ayudar a desarrollar “un puente entre el análisis económico y el psicológico en la toma de decisiones individuales".

Al igual que Daniel Kahnemann –primero de este grupo de nobeles económico-psicológicos, laureado en el año 2002–, Thaler propone aplicar una visión psicológica al estudio de las decisiones económicas, en contra del planteamiento común de la llamada economía neoclásica. Por mucho tiempo un gran número de economistas han desarrollado teorías a partir de axiomas, entre los que destaca el supuesto de una racionalidad en la toma de decisiones. El contenido exacto de dichos supuestos no corresponde analizarlo ahora, pero baste decir que en su construcción hay tanto de esoterismo como de ciencia, llegando a suponer la perfecta racionalidad respecto al futuro; es decir, la capacidad de ser profeta. Su uso se debe, más que a su realismo, al hecho de que simplifican gravemente el comportamiento humano para poder expresarlo mediante una ecuación. Porque en efecto, las matemáticas, al contrario de los seres humanos, son racionales –y aún entre sus ramas algunas desafían la lógica–. Tanto Kahnemann como Thaler incorporan el elemento “irracional” al comportamiento humano a fin de crear un modelo de análisis con bases empíricas sólidas, suavizando la rigidez de los axiomas económicos para crear una visión más humana de los consumidores, al menos una más realista.

Un ejemplo rápido. Considere las siguientes situaciones: 1) ¿Cuánto estaría dispuesto a pagar por la cura a una enfermedad cuya probabilidad de contagio es del 0.001%? 2) ¿Cuánto pediría a cambio de someterse a una inyección que podría contagiarlo con la misma enfermedad con una probabilidad del 0.001%? Según la economía racionalista, la respuesta debe ser la misma en ambos caso ya que, estadísticamente, las situaciones son idénticas; según los descubrimientos de Thaler, no lo son. La razón es que los seres humanos –y no las ecuaciones– evalúan sus elecciones con base en criterios que sobrepasan la información estadística. Las pasiones hacen que las respuestas ante diferentes escenarios sean asimétricas, aun cuando conlleven al mismo resultado. El miedo que engendra someterse a una amenaza no es equivalente ni el inverso simétrico a la prudencia emanada de la prevención. La segunda suma suele ser “irracionalmente” muy superior a la primera. El miedo es más caro que la seguridad y esto es algo que los economistas suelen ignorar.

Lejos de representar una novedad, la larga historia de las relaciones entre economía y psicología se puede rastrear con gran precisión hasta el siglo XIX, y un siglo antes si consideramos que por algún tiempo no fue muy claro lo que el término “psicología” significaba, confundiéndose en países como Inglaterra –tan propenso al psicologismo– con la moral. Algunos ejemplos destacados de encuentros entre la economía y la psicología: 1) a finales del siglo XVIII, Adam Smith, padre de la economía moderna, sea lo que fuere que eso signifique, escribió un notable tratado titulado Teoría de los Sentimientos Morales. Ética y psicología se cruzan en esta obra, poco conocida entre los economistas, para construir un sistema de moral basado en la simpatía, a saber, la capacidad –sentido moral– que nos permite experimentar en otros los sentimientos agradables o desagradables de ciertas conductas. 2) Más conocida entre el gremio es la llamada teoría del valor-subjetivo que explica el valor de las mercancías como determinaciones psicológicas de la disposición a pagar de un individuo por cierto bien, basado en el cálculo de la utilidad –psicológica– que le produce, luego el agua puede sin falta racional ser más barata que los diamantes. 3) El famoso economista John Maynard Keynes habló de una propensión psicológica a ahorrar o de los espíritus animales –pasiones y ánimos– que guían las inversiones y, cuando el miedo es grande, engendran crisis. La historia, pues, es larga, y sólo sorprende porque en nuestros días se presenta como un reto al paradigma que por décadas ha orientado la política económica con las desafortunadas consecuencias que atestiguamos cada día de fallidas predicciones económicas y desastrosas intervenciones gubernamentales. En fin, los ejemplos sobran y no siempre han funcionado como sus teóricos quisieran. Lo que importa es que, una y otra vez, los economistas han recurrido a la psicología para salvar los huecos de nuestra ciencia.

HUMBERTO12.jpeg

Que dos disciplinas en apariencia tan disimiles compartan más de un concepto no es menos extraño que para el hablante de la lengua hispana descubrir que se dirige al dios del islam cada vez que pronuncia un tan común “ojalá” –iaw sha’a Allah: si Dios quisiera–; o para el mexicano enterarse de que la Perla de occidente fue bautizada como un río de piedras –wad-al-hidjara-> Guadalajara–. Al final, tanto la ciencia como el lenguaje tienen un centro común: el humano. Palabras como crisis, pánico o depresión son moneda de uso corriente entre economistas y psicólogos. La diferencia suele ser, aunque no siempre, una cuestión de números. Mientras para la economía tales palabras suelen designar fenómenos colectivos, la psicología las emplea a nivel individual. Hecha esta salvedad, su significado es sustancialmente mismo: dificultad, miedo, trastorno, etc. Pero existen también otras formas de conectar ambos niveles del miedo pánico y las depresiones que acarrea. Richard Thaler, por ejemplo, ha analizado las crisis financieras como situaciones en las que la información no se disemina equitativamente a todos los participantes del mercado, lo que produce un estado de ánimo de duda sistémica en el que los elementos psicológicos se imponen sobre los racionales: las ventas y compras de pánico sustituyen a las inversiones planificadas, las euforias barren con los cálculos matemáticos, datos y hombres se comportan de manera errática, etc. Una crisis financiera no es otra cosa que histeria colectiva, una cuya cura no ha dado psicoanálisis alguno y que, al contrario, se repite paulatinamente; permitida por accesos de amnesia. Crisis, depresión, terapia, resiliencia, recaída. Tal puede ser la historia clínica de un neurótico o del capitalismo financiero.

Pero no todo es trauma en esta historia de lenguajes comunes, a no ser, claro está, que seamos acérrimos freudianos –y con perdón de los psicólogos aquí, hago uso de la palabra en un sentido peyorativo, que no es el único ni el mejor sino solamente adecuado a mi perorata–. En contra de, nuevamente, la economía neoclásica que asume que los seres humanos somos egoístas por naturaleza, el trabajo de Thaler plantea la posibilidad de analizar decisiones económicas en las que los individuos deciden considerando a las demás personas, algunas de ellas por lo menos. No sólo el sentido de beneficio personal entra en los cálculos económicos sino que intervienen otras nociones, incluso al nivel de virtudes, como la Justicia. En palabras del jurado del Nobel, con sus investigaciones Thaler demuestra que las personas "también están preparados para privarse de un beneficio material con tal de mantener lo que ellos perciben como una distribución justa. Están preparados para soportar un coste personal si así castigan a otros que violan las reglas básicas de lo que es justo. Y no sólo cuando ellos se ven afectados, también si alguien más ha sido afectado". Justicia y simpatía. Economía clásica y psicología –y moral también– dibujan un retrato más amable, menos freudiano, de la vida en sociedad. Mi ataque al padre del psicoanálisis no es gratuito, acaso sólo está sesgado a las opiniones sociales del psicólogo austriaco. Sobre lo que corresponde sus prácticas terapéuticas nada tengo que decir. En El Malestar de la Cultura, Sigmund Freud interpretó el sentimiento de angustia que invadía occidente a principios del siglo XX como resultado de la represión libidinal que la vida en sociedad infringe sobre el individuo. Como símbolo de perfección y belleza, la Cultura exige del ciudadano una renuncia a su instinto de agresión reprimido bajo un sentimiento de culpa: la culpa de desear el mal –el hombre es el lobo del hombre–. Un subconsciente colectivo permite a los hombres convivir sin matarse y da solidez a la cultura a cambio de una renuncia erótica: el Leviatán psicológico protege al individuo de sí mismo… Menos trágico al respecto, para Thaler –y esto también es verdad para la doctrina moral de Adam Smith o la economía humanista del profesor Kaushik Basu, mi apuesta personal para un próximo Nobel– tal renuncia no se traduce a un trauma psicológico, sino que acaso nos puede salvar de los traumas que las crisis financieras –éstas sí cargadas de una fuerte dosis de egoísmo– causan periódicamente sobre aterrados e ingenuos inversionistas. La justicia, no como renuncia sino como virtud, parece el único camino para curarnos del desquicio de la pobreza y la miseria, pues no hay locura más grande que vivir ignorando que éstas existen y que no se extinguirán con nuevos axiomas. La miseria dentro de la opulencia, desquicio de la modernidad.

Michel Foucault calificó a la sociedad moderna como un sistema de vigilancia y represión en el que la locura es castigada como la desviación más grave de aquello que considera su fundamento; es decir, la racionalidad que con más precisión debe llamarse razón instrumental. Porque en realidad el sistema sólo castiga ciertos tipos de locura, otras, como la locura financiera, las recompensa generosamente, aunque después castigue con dureza a quienes no supieron abandonar a tiempo el barco. ¿Por cuánto tiempo?, ¿cuántas crisis habrá que atravesar, cuántas terapias habrá que administrar antes de encontrar la cura a estas psicopatologías económicas? La psicología tiene aún mucho que enseñar a la economía y acaso ésta pueda enseñarle algo en retribución. Quizá ya lo haya hecho, pero esto toca juzgarlo a sus profesionales. Por mi cuenta agradezco la simpatía y el diálogo científicos los cuales considero el único método –es decir, el método de considerar todos los métodos– posible para acercarnos a la verdad, porque la Verdad, como lo dijo Xavier Villaurrutia: “es una diosa y no debemos buscarla en un lugar, sino en todos”.