La psicología formal tiene más de un siglo de existencia. Freud dio paso al análisis de los procesos inconscientes y a la descripción de una psicología dinámica más allá de la descripción y tratamiento de los síntomas, como lo hacía la psiquiatría del siglo XIX, sin un conocimiento pleno de las causas. Lo más cercano al tratamiento psicológico antes del nacimiento del psicoanálisis parecían esos tratados de filósofos griegos que se preocupaban por condiciones no materiales ni absolutamente físicas en el devenir humano. En la cultura occidental existe una religión judeo-cristiana dominante que tiene como principios rectores diversas enseñanzas de la biblia, donde se enaltecen principios éticos, morales y dejan entrever las pasiones humanas. En la sociedad del siglo XXI esas condiciones puramente humanas parecen estar alejadas del interés popular e incluso científico.

Se sabe que el positivismo trató de apartar las condiciones subjetivas en el razonamiento humano para darle paso al “orden y progreso”, que impulsó a una sociedad industrial y a las ciencias naturales, dejando un método estricto que a pesar de que propone una objetividad en el tratado de los fenómenos naturales, dando valor a lo observable y cuantificable, fue opacando la riqueza de los fenómenos intrapsíquicos y sociales, desdeñando las hipótesis y observaciones serias (metódicas) que se hacían de estos.

Y así, a pesar de que para la ciencia se pueden someter a juicio los distintos fenómenos y dudar de ellos, crearon una especie de nuevo dogma que impide el paso a formulaciones no observables pero no por eso menos estimables. El científico positivista se aferra a la creencia de “no creo en aquello que para mí no tiene sentido”, siendo su único sentido aquel que le permite la demostración físico-química, dejando a un lado el proceso mental inasible, al cual no se llega sino es por la escucha.

De la misma manera, las disciplinas económico-administrativas han dominado las últimas decenas de años. La sociedad capitalista en la que el mundo se encuentra inmerso (incluyendo aquellos regímenes que se distinguen por el socialismo) ha generado una carrera incansable por los bienes y el poder, influyendo de manera determinante a la población, generándole necesidades a partir de la manipulación de sus deseos más intrínsecamente humanos, creando una realidad que parece demandar trabajo remunerable, satisfacción de deseos sexuales, bienestar a partir de necesidades narcisistas, competitividad, nacionalismo, orgullo racial y poder desmedido y omnipotente que da paso a manifestaciones violentas, sádicas y destructivas.

Todo esto genera en el grueso de la población una serie de desajustes psicológicos que se manifiestan por medio de síntomas psicosomáticos, estrés, depresión, psicopatías, adicciones, desarrollo de enfermedades físicas y hasta muertes “prematuras” por excesos de vida; pensamientos omnipotentes que no abrazan el principio de realidad y la manifestación clara de la pulsión de muerte. Y ¿qué hacen las personas ante este panorama? Regularmente asisten al médico, se toman alguna pastilla, practican alguna actividad recreativa, presentan acting outs, delinquen, se hospitalizan, se emborrachan o mueren en el peor de los casos. Y a pesar de todo no tienen la mínima intención de reflexionar seriamente acerca de lo que sienten, piensan y hacen. Pero, ¿qué es seriamente? Que se ocupen del reconocimiento pleno de su condición sufriente, sin negar que su historia y sus condiciones personales están determinando su vida, y esto sin siquiera psicoanalizarse, sino mínimamente con el hecho de preguntarse acerca de su vida.

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Otros más afortunados asisten al psicólogo esperando soluciones mágicas y desgraciadamente reciben soluciones mágicas. Una mala praxis también puede ocasionar resistencias más severas, racionalizaciones que mantienen los conflictos inconscientes que están afectando al sujeto pero que ahora defienden a “capa y espada” por las nuevas creencias que un practicante de la psicología poco entrenado le ha dispuesto. Muchos más se han desencantado de las psicoterapias por los malos resultados de sus tratamientos y prefieren cualquier otra cosa antes que volver con un psicólogo.

Esto parece generar un serio riesgo para la salud pública, debido a que cada vez más las personas van creyendo que lo que la sociedad de consumo les vende es lo mejor para aliviar sus problemas. Hay una identificación con referentes publicitarios o de la diversas actividades político-económicas que son parte de nuestra vida cotidiana; esto desde el vecino, amigo o compañero de trabajo, hasta personajes del gobierno, del mundo deportivo o artístico.

Es así que las personas encuentran un eco en los otros, en aquellos que viven y evidencian sus deseos más arraigados. Las pulsiones se mantienen contenidas por la represión, y el yo trata de dominar esos impulsos por medio de la introyección, la negación, la proyección y los mecanismos que tenga disponibles para salvaguardar su estabilidad sin montos apremiantes de angustia. Y ¿Quiénes son esos referentes sociales? Aquellos que acallan su vulnerabilidad humana por medio de una adopción del narcisismo como estandarte de su personalidad, aquellos que se han fijado a condiciones orales y demuestran una ilusión omnipotente en su comportamiento. La pulsión de muerte hace presencia por medio del abandono de intenciones evolucionistas y por la consumación del regreso a condiciones psíquicas primitivas donde el placer reina sobre el principio de realidad y trata de alejar todo posible dolor (excitación insatisfactoria) de la cada vez más reducida acción conciente. Las personas “se duermen en sus laureles”, frase que etiqueta a aquellos que no se mueven más una vez que han conseguido algo de reconocimiento o han alcanzado algún “logro”, pero para la nueva sociedad industrial, el logro puede ser sólo una fantasía que deviene de un “producto” imaginario comprado.

Las personas no escuchan, son impresionables, las tendencias voyeristas que se han abierto paso gracias a las redes sociales han instalado una tienda de prejuicios, lamentos, intolerancia, insensibilidad, goce, denostación y emociones diversas que forman una nueva adicción que aleja a los sujetos de interacciones sociales básicas y aún no sabemos el verdadero impacto que puede tener este déficit en generaciones futuras. En este mundo de información, las brechas se están haciendo cada vez más grandes entre lo que uno y otro cree, entre lo que uno y otro acepta, y ahora realmente se está pasando de la sociedad de “clanes”, donde todos los integrantes de un pequeño grupo pueden tener una misma creencia y compartirla con otros clanes con una que otra variación. La amplitud de información recibida por distintos medios parece alienar a los individuos de sus condiciones contextuales, perdiendo algo de su esencia socio-histórica y en muchos casos este vacío le afectará en algún momento de su vida.

Ante este panorama, los psicólogos “humanistas”, y no haciendo referencia al modelo de psicoterapia desarrollado por Rogers, sino a aquellos que se preocupan por el alma y los atributos psicológicos del ser humano, como lo pueden ser los psicoanalistas y otros desarrollos psicológicos, necesitan rescatar desde sus trincheras la creencia de que la palabra es la herramienta fundamental del hombre ante su existencia. No dejar que las neurociencias opaquen a los conocimientos adquiridos en más de cien años por la disciplina psicológica. Las explicaciones causales del funcionamiento cerebral y su implicación en los procesos psicológicos son un gran avance y aportan datos significativos, pero no sobrepasan la riqueza del análisis psíquico, ni de los procesos inconscientes que desde el más generalizado punto de vista se pueden nombrar como memoria, que contiene la historia del sujeto, sus impresiones, pensamientos y afectos.

Desterrar el poco interés de las personas que forman nuestras sociedades por su autoconocimiento es tarea complicadísima, porque éste es un síntoma del conflicto vital del ser humano: “ser o no ser”, en el lenguaje shakesperiano; o sea, se acepta lo que uno es a partir del conocimiento de la historia personal, familiar, social y étnica o se pretende adquirir una nueva cosmovisión de la vida por medio de la represión de lo que faltó. No se es el que se es, sino Otro que adopta lo que no es, viendo y siguiendo al que pretende ser para sentirse alguien.