A no pocos economistas sorprendió el anuncio en 2002 de que el premio Nobel de economía sería otorgado a Daniel Kahneman, psicólogo americano nacido en Tel Aviv en 1954. Más sorprendente es que la condecoración fuera otorgada por la crítica de Kahneman sobre algunos de los axiomas fundamentales de la microeconomía, arrancando de golpe el falso velo de la “racionalidad económica” que a tantos mitos teóricos ha permitido sobrevivir a pesar de la evidencia en su contra.

¿En qué punto convergen la economía y la psicología? En el individuo, claro está, en el ser humano cuyas relaciones sociales incumben a la primera, y cuya subjetividad es objeto de estudio de la segunda. No obstante, esto que puede a primera vista ser obvio se vuelve complejo cuando profundizamos el asunto. Las aportaciones de Kahneman se pueden agrupar en dos grandes cuerpos teóricos: la teoría de la elección y la teoría del bienestar subjetivo. Ambas hunden sus raíces hasta el siglo cuarto antes de Cristo en la filosofía de Epicuro, aunque su formulación económica es mucho más reciente y tiene como piedra angular a Jeremy Bentham y el utilitarismo.

En la obra del filósofo de Samos –de dónde toma prestadas variadas máximas Seneca para sus epístolas– quedó plasmada la doctrina de la búsqueda del placer: el hedonismo. Entendida como aponia (ausencia de dolor) y ataraxia (ausencia de perturbación), la búsqueda del placer debería, según Epicuro, ser guiada por la moderación y el autoconocimiento, alimentada por la buena compañía y tenida como fin último de la vida.

Más de un milenio transcurrió antes de que las ideas de Epicuro vertieran su influjo sobre la política, siendo Jeremy Bentham el encargado de formular en su Introducción a los principios de moral y legislación la máxima según la cual los actos humanos, y más aún los políticos, deberían juzgarse a partir de su utilidad, es decir, del placer o dolor que provoquen sobre las personas. De aquí surge el principio de la máxima felicidad que impele a los gobernantes a buscar con sus acciones la máxima felicidad, para el mayor número, el mayor tiempo posible.

Si bien el paso de la política a la economía parecía automático –de hecho, economía y política eran inseparables en el siglo XIX en Inglaterra–, fueron sobre todo los vínculos filiales los que llevaron el utilitarismo a la economía. John Stuart Mill, hijo de James Mill, cercano amigo y colaborador de Bentham, fue el encargado de incorporar los principios utilitaristas a la ciencia económica, y con ello surge el enfoque psicológico de la economía. Las generaciones de economistas posteriores a Mill se encargaron de descifrar las consecuencias que dicha adopción tendrían para la ciencia, desde una teoría del valor basada en el placer subjetivo, hasta una refutación completa de la economía social del tipo marxista (el marcado antagonismo entre la economía psicologista de Mill y el tratamiento sociológico de Marx, ha sido ya estudiado con gran atención por Karl Popper en La Sociedad Abierta y sus Enemigos, decantándose el filósofo positivista por la sociología de Marx). De tales décadas, llenas de personajes e ideas, un individuo sobresale para entender la relación de la psicología y la economía, Francis Edgeworth. Dejando de lado su pasión por las matemáticas, de Edgeworth nos queda una de las preguntas más críticas para el utilitarismo económico: ¿es posible medir la utilidad? Edgeworth propone para tales fines la construcción de un hedonímetro, el cual, evidentemente, nunca logró construir.

Menos devotos a la medición de lo subjetivo, las generaciones posteriores de economistas cambiaron la medición cardinal del placer por la menos interesante, pero más domeñable, idea de la utilidad ordinal, para lo cual requirieron de una serie de axiomas que se conjuntan en el famoso ensayo de Lionel Robbins Sobre la Naturaleza y Significado de la Ciencia Económica. De dicho ensayo surge la idea del ser humano racional: el homo-economicus capaz de elegir aquello que maximiza su utilidad, de consumir aquello que prefiere. En pocos años el economista americano Paul Samuelson terminó el círculo místico-lógico dotando a su golem con un último axioma de razón: si el hombre es racional, el acto de consumo revela su preferencia, ergo, el consumo es un reflejo de su felicidad.

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Ésta es la tradición de imputación que rigió las aulas de economía de Occidente, y es esta misma ortodoxia la que la psicología positiva de Kahneman y sus colaboradores buscan superar. El primer contacto de Daniel Kahneman con la economía, para entonces catedrático de la Universidad Hebrea de Jerusalén, provocó en él un gran asombro al descubrir el insalvable abismo entre la compleja concepción psicológica del ser humano y el simplismo racionalista de la economía para la cual el hombre era un sujeto racional, envidioso y con gustos dados de una vez y para siempre. Consideró que ambas disciplinas simplemente estudiaban a seres diferentes.
Pero no era el objeto sino el método de estudio el que diferenciaba a ambas ciencias, y lejos de enclaustrase en la especialización, Kahneman emprendió la tarea de regresar su compleja irracionalidad al ser humano. A la infalibilidad del homo-economicus Kahneman contrapone la complejidad de la conciencia dual del individuo: un doble aparato cognitivo que piensa a veces rápido y a veces despacio (Kahneman, 2011), que es al mismo tiempo experiencia y memoria. Ante el deductivismo individualista de la escuela austriaca propone el empirismo –no sorprende que el gran teórico del neo-empirismo, Nicholas Taleb, considere el trabajo de Kahneman a la altura de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith y La Interpretacion de los Sueños de Sigmund Freud. El lugar de los axiomas de racionalidad es tomado por la Psicología Hedónica, el estudio de lo que hace placenteras o desagradables a las experiencias vitales y la irracionalidad electiva que nace de la conciencia dual que confunde la experiencia con el recuerdo, llevando al individuo a errores sistemáticos a la hora de elegir. La experiencia del placer y el dolor es una cosa, sugiere Kahneman, pero el ser humano no decide con base en esta experiencia, sino atendiendo a su recuerdo, y ésta es la causa de que prefiera una memoria mal vivida –una fotografía de la Mona Lisa por ejemplo– a una experiencia intensa de belleza –el goce de la contemplación estática de los trazos de Vermeer.

Partiendo de la psicofísica del psicólogo y místico Gustav Fechner (1801-1887), según la cual variaciones en la cantidad de una magnitud física puede producir cambios en la intensidad o cualidad de una experiencia subjetiva, Kahneman construye su propio hedonímetro. No caben ya los supuestos sobre las causas del dolor y el placer, sino que será a partir de su medición que se descubrirán las causas. Su hedonímero funciona mediante la evaluación constante de los afectos negativos y positivos experimentados durante cualquier experiencia vital –el dolor de una colonoscopía, la alegría de estar con un ser querido, el miedo a perder una apuesta, etc.– en escalas cardinales que permiten saber, tal como Bentham soñaba, la intensidad, duración y hasta la calidad de una experiencia (Kahneman et al., 1999).

A través de este método se abre la puerta para la crítica de las deducciones que suponían que el dinero podría comprar la felicidad. Pero, ¿no puede? La respuesta de Kahneman et al. (2006) es que sí puede, pero no eternamente. La medición positiva de los estados afectivos sugiere que aunque los afectos negativos son más comunes en situaciones de pobreza, el goce de afectos positivos no aumenta una vez alcanzado cierto nivel de vida; el cual, dicho sea de paso, depende de la configuración social que rodea al individuo. En el fondo, la subjetividad es indisoluble de las condiciones objetivas y Marx y Mill se vuelven a encontrar.

Más de dos milenios pasaron entre las enseñanzas filosóficas de Epicuro de Samos y el empirismo positivista de Kahneman. Una tenue línea de pensamiento une a tan distantes concepciones del hombre y su felicidad. Dos mil años de historia humana bastaron para que la psicología confirmara que Epicuro tenía razón.

Pero también se han abierto nuevas líneas de pensamiento y crítica, la psicología positivista no se salva de las dudas metodológicas, mientras que las evidencias objetivas no pueden prescindir del ingenio teórico para trascender el mero hecho empírico. La evidencia se ha vuelto fundamental para la ciencia moderna y es muy valiosa, es cierto, pero ni el hombre ni su felicidad son reductibles a la evidencia. El intento de la economía, y ahora de la psicología, por definir la felicidad es sólo el último de una serie en la que el totalitarismo político y la religión han hecho su parte, reduciéndola al amor hacia el Estado o el comportamiento moral y su recompensa divina. Desde una perspectiva menos espiritual, Kahneman hace bien en reconocer la complejidad humana y tratar de abarcarla con su dualismo cognitivo, pero tanto el hombre como su felicidad se niegan a ser reducidos a una subjetividad, que aun cuando acepta la irracionalidad humano, no termina por abarcar su plenitud. Plenitud y felicidad van de la mano y difícilmente la ciencia fragmentaria podrá abarcarla. Cuidemos pues, de los usos políticos de esta nueva herramienta, que como todas, abre los caminos tanto para una mejor sociedad como para la más intransigente de las retóricas políticas.