Copérnico demostró que el hombre no era el centro del universo; Darwin lo despojó de sus alas y Freud le quitó la idea de libertad de elección con su determinismo psíquico. También podíamos agregar a Marx con la enajenación del hombre por el trabajo. Los últimos dos influyeron de distintas formas en la historia del arte. Las teorías de Marx explotaron en la sociedad por la ideología política y económica. Y dentro de este contexto, los artistas reaccionaron con y contra los gobiernos. Su estética se basaba en el marxismo y les interesaba más la trascendencia de la obra, buscan un arte revolucionario, un arte que educara al vulgo. Pero la ideología se ha ido diluyendo conforme cayeron los gobiernos. Aún hoy en la sociología del arte se teoriza desde el marxismo, pero la mayoría de los artistas abandonaron la doctrina. Freud aportó conceptos con sus estudios sobre el inconsciente y en especifico sobre los sueños. El psicoanálisis no causó una explosión sino una implosión, un impacto que no fue social sino personal. El psicoanálisis es un eslabón que después de haber sido aceptado, fue olvidado, pero sigue ahí. Freud influyó en la historia del arte moderno, abordó el tren y conforme avanzó el tiempo los artistas iban subiendo y bajando sin prestarle atención. El polizonte se camufló y llegó, sin ser artista, a convertirse en uno de los más influyentes para el arte moderno. ¿Hasta dónde ha llegado la estela del psicoanálisis? Se definió el centro, pero nunca la periferia.

Al inicio Freud y su psicoanálisis fueron rechazados por los médicos y por la sociedad en general. Sin embargo, sus ideas fueron bien recibidas entre intelectuales y artistas. Ellos se encargaron de legitimarlas y divulgarlas. Era algo parecido al LSD de Hoffman: sólo era probado por científicos, artistas e intelectuales.

El psicoanálisis era atacado por carecer de un método científico que lo legitimara. Freud argumentaba que el psicoanálisis se comprobaba en el momento que se demostraba. Sus términos ya han sido explicados muchas veces y la mayoría se basan en una triada: consciente, subconsciente (o preconciente) e inconsciente. Pero si sus teorías no son comprobables, si aún se pueden discutir, a pesar de ser aceptadas, entonces no se habla de un descubrimiento, como lo señalan las enciclopedias, sino de un invento: Freud inventó el inconsciente.

Freud no creó movimientos porque no era artista, influyó en artistas que crearon movimientos. Los artistas lo utilizaron, más que para teorizar, para justificar sus métodos de trabajo. Encontraron lo que la mayoría buscaba, romper cadenas: libertad. Freud reforzó la idea de el Yo es otro, del poeta Rimbaud. Y con sus teorías trascendió ismos. Ingresó a la evolución del arte a través de procesos internos, aunque él sabía que al principio todo lo que provenía del inconsciente iba a ser rechazado. No saben que les hemos traído la peste, dicen que le dijo a Jung al ver a cientos de personas esperándolos en el muelle en Estados Unidos.

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Jean-Francois Lyotard menciona: “Sigmund Freud demostró que la energía creadora actúa como un transformador de energía libidinal, a través de los diferentes niveles del proceso de sublimación”. Y por eso Lyotard definió la pintura como la libido enchufada en el color.

Y a quien debemos mencionar por coincidir en época y aceptar las teorías de Freud es a los surrealistas y dadaístas. El primer Manifiesto surrealista combinó la teoría freudiana y ahí Breton rindió un homenaje a Freud: “Gracias a él la imaginación acaso esté a punto de reconquistar sus derechos”. Y también escribió en el Diccionario Surrealista: “Viva Freud, el gran sabio vienés”.

El surrealismo buscaba expresar el interior sin obstáculos, el sueño y los restos diurnos de Freud los inspiraron para buscar la unión del sueño y vigilia. “Surrealismo es automatismo psíquico puro, por cuyo medio se intenta expresar, verbalmente, por escrito o de cualquier otro modo, el funcionamiento real del pensamiento. Es un dictado del pensamiento, sin la intervención reguladora de la razón, ajeno a toda preocupación estética o moral.” Y André Bretón, en su novela Nadja, comienza una historia realizada con automatismo psíquico, es una digresión en la mente del autor que desemboca en el personaje principal de la historia; se trata de una mujer que terminó en el manicomio. Entonces la escribe de manera consciente y de la misma manera le da un final. Otra técnica que debemos recalcar es la de Max Ernst, el frottage, que era calcar un objeto, colocarlo bajo una hoja y frotar el lápiz sobre el objeto hasta descubrir uno nuevo. Entonces se veía nacer el dibujo. Por ello la obra de Marx Ernst se caracteriza por la combinación casual de elementos distintos y descontextualizados, con lo que también se buscaba escapar al determinismo psíquico. Con la misma intención Magritte utilizaba el azar objetivo, y para ello tenía una pintura fotográfica que, al agregarle otro objetos, dejaba una ilusión amarga. Otro caso es el de Joan Miró, que fue surrealista desde el primer manifiesto, y Breton decía de él que se quedó en un estadio infantil, término freudiano, y por ello vivía en una condición surrealista.

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Breton también abrió una galería surrealista en París llamada Gradiva, en 1937, y Marcel Duchamp le construyó la puerta, que era en forma de una silueta abrazada para que sólo entraran las parejas. Ahí expusieron la mayoría de surrealistas y el nombre se hizo como un homenaje a la novela Gradiva de W. Jensen, que Freud se dedicó a analizar, y mostró cómo los procesos psíquicos ocurren tanto en el personaje como en los sueños del personaje. Gradiva es el personaje femenino que aparece en el sueño del protagonista y que vivió en la ciudad de Pompeya. La ciudad siempre fue una metáfora que Freud usó muchas veces para explicar el descubrimiento del inconsciente.

Pero el personaje de Gradiva también fue usado por Salvador Dalí, en cuadros como Guillermo Tel y Gradiva, Gradiva descubre las obras antropomorfas,Gradiva, estudio para el hombre invisible. Al parecer Dalí leyó la obra de Freud completa cuando lo tradujeron al español en 1920, pero quien le recomendó la lectura fue Luis Buñuel, que leyó a Freud cuando estudiaba junto a Dalí y García Lorca. De ahí la obsesión de Dalí para interpretar las cosas de manera psicoanalítica. Fue precisamente Luis Buñuel y Dalí quienes filmaron la película Un perro andaluz, al parecer el título hace referencia a García Lorca, y se inspiraron en un sueño de cada uno. El de Dalí se trataba de hormigas. La película era un especie de delirio que no llevaba una secuencia lineal. Se ha tomado como la primera película surrealista. Otro filme en el que participó Dalí fue en la cinta de Alfred Hitchcock, Recuerda o Cuéntame tu vida. Ahí realizó la escena onírica en la que el personaje narra su sueño para poder interpretarlo. Los sueños son imágenes que se comunican. Y visto desde la semiótica, Eco explica que fuera de contexto los signos icónicos no son signos verdaderamente, pero sí significan. La película es una obra maestra, es una de las primeras en abordar el psicoanálisis y, hay que decirlo, le ayudó en su popularidad.

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Sería Gradiva un pensamiento latente en Dalí, así como las hormigas, que no sólo inspiraron la película de Un perro andaluz, sino que también aparecen en el cuadro más famoso de Dalí, La persistencia de la memoria. Era tanta la admiración del artista por Freud que le pidió a Stefan Sweig que se lo presentara. Y la reunión ocurrió en Inglaterra, de dónde Dalí dijo que se conocieron dos genios, pero no hubo chispa. Además, de aquel encuentro surgió un pequeño dibujo hecho a lápiz del médico vienés.

El automatismo es diferente en el dadaísmo que en el surrealismo, en el primero es asociación libre, determinismo psíquico; en el segundo es la no racionalización y más acción, actuar sin pensar, como el dictado automático. Para ello se pueden tomar de ejemplo los poemas fónicos de Hugo Ball, en los que se vacían las argumentos y se ocupa el ritmo. Otro de los experimentos literarios de los dadaístas era recortar palabras de un periódico, guardarlas en un gorro y, después de revolverlas, ordenarlas según las fueran sacando para obtener el poema. Pero los ismos se terminan, y el dadaísmo no podía ser predecible o repetirse, como toda la experimentación, por lo que se terminó rápido. El dadaísmo murió de dadaísmo.

En cuanto al psicoanálisis, los estudios continuaron con Jung, pero alejados de las principales teorías, y algunos conceptos bien podrían desembocar en la metafísica. Por su parte, Lacan continuó con el psicoanálisis y, a pesar de todo, uso las bases de Freud. Ustedes sean lacanianos si quieren, yo soy freudiano, dicen que dijo.

La asociación libre, trasladada a la música, desembocó en la improvisación en el Jazz. Pero no nos ocuparemos de la música. Sí de la literatura, nada más de los argentinos se puede mencionar a Julio Cortázar y su Rayuela, por la estructura de la novela que, como todos sabemos, es fragmentada y se puede leer de forma consciente o inconsciente; esto es, siguiendo un orden, o al azar. Otro que podríamos mencionar del Boom latinoamericano sería Borges y sus simbolismos en el sueño. No es raro que se haya interesado en ellos siendo que, conforme avanzó su edad, se fue quedando ciego. Y entre los argentinos también aparece Ricardo Piglia, que expresó: “El psicoanálisis nos convoca a todos como sujetos trágicos; nos dice que hay un lugar en el que todos somos sujetos extraordinarios, tenemos deseos extraordinarios, luchamos contra tensiones y dramas profundísimos, y esto es muy atractivo”. Por su parte, Manuel Puig decía que el inconsciente tiene la estructura de un folletín. Y el psicoanálisis lo pone como centro de la experiencia de construcción a la subjetividad. En América Latina los argentinos son los más adeptos al psicoanálisis, quizá porque no tiene tantos problemas en mirar hacia el pasado y desde ahí construir, cosa que jamás pasaría con Estados Unidos, por ejemplo.

De las mujeres hay que mencionar a Virginia Wolf, que en sus novelas manejaba los tiempos y los cambios de plano a su antojo. Pero el mejor ejemplo lo podemos tener en James Joyce, que conocía la obra completa de Freud y percibió que había diferentes modos de narrar, que en la construcción de una narración el sistema de relaciones no debe obedecer a una lógica lineal, y aquí se ubica el monólogo interior. Pocos saben que Lucía, la hija de Joyce, murió psicótica en una clínica suiza. Joyce nunca quiso admitir que su hija estaba enferma y trataba de impulsarla a realizar actividades diversas, como escribir. Pero conforme la enfermedad avanzó se vio obligado a llevarla con Jung. Joyce le enseñó los textos de su hija y le dijo que escribían juntos y ella escribía lo mismo que él. Y Jung le contestó: “pero ahí donde usted nada, ella se ahoga”. Esa es la diferencia fundamental entre el artista y el enfermo mental. Muchos creen que los enfermos mentales pueden crear arte, y casi nunca es así.

Aunque el Art brut tuvo buenos resultado. Entre los artistas que impulsaron el movimiento estaba Jean Dubufet, a quien menciono por sus cuadros, que parecen piezas de rompecabezas con movimientos, como El rey del corazón. Dubufet se inspiró en los garabatos que realizó con un bolígrafo mientras hablaba por teléfono. Ésta también sería una técnica de automatismo para burlar o esquivar a la consciencia, y arrojó buenos resultados. Algo parecido se puede observar en la película El discurso del rey, donde el protagonista, que tartamudea, lee un texto con audífonos sin poder escuchar su voz ni prestar atención a lo que dice y, sin darse cuenta, logra hablar sin tartamudear por primera vez en su vida. Al distraer o engañar a la conciencia se logra crear desde el inconsciente, o mostrar las huellas mnémicas. Así, el automatismo sustituyó a la sublimación artística. Otro caso que es inevitable mencionar es el de Pollock. Al parecer, su pareja, la pintora Lee Krasner, tenía mucho interés por el psicoanálisis y no sólo se lo contagió a Pollock, sino que con el tiempo usaba fragmentos de antiguos lienzos de su pareja para reutilizarlos en sus cuadros. En cuanto a Pollock, usaba el automatismo, superponía capas de colores, golpes breves y salpicaduras repentinas, su técnica no estaba sujeta a la razón, creó la llamada action painting; sin duda gracias a la influencia Siqueiros, su asociación libre y sus accidentes controlados. Así, el automatismo desembocó en el abstracto. Vasili Kandinsky aseguraba que la intuición debe ser el único juez, guía y armonizador de toda integración de formas puramente abstractas.

Y avanzando más en la historia del arte para rastrear a Freud encontramos a Francis Bacon, que decía que la pintura es una mezcla de consciencia e inconsciencia, de temor y de placer, más que nada de ambivalencias. No por nada Thomas Mann, uno de los grandes amigos de Freud, decía que “el psicoanálisis puede contagiarse con mucha facilidad al yo mismo, a todo un yo de las masas, en virtud de una enfermedad moral producida por la adoración de lo inconsciente” que, según se dice, sería la única que favorecería a la vida, por la glorificación sistemática de lo primitivo e irracional.

De la filosofía podemos mencionar al existencialismo. Sartre incluso reescribió el psicoanálisis para responder los problemas no resueltos de Freud. Con no muy buenos resultados. Pero si algo demostró el psicoanálisis de Freud es que las cosas no tienen que ocurrir en la realidad para quedar en la psique de una persona. El maestro Pessoa lo precisa mejor en su Autopsicografía: “El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que hasta finge que es dolor / el dolor que en verdad siente. / Y, en el dolor que han leído, / a leer sus lectores vienen, / no los dos que él ha tenido, / sino sólo el que no tienen”.

Al parecer, Freud decantó en el inconsciente colectivo de las personas, lo que aseguró su permanencia. Y no se unió a ningún ismo porque siempre quiso mantener separado el arte de la ciencia. No estaba de acuerdo con los vanguardistas. En la pintura clásica él buscaba el inconsciente y en el surrealismo el consciente. Pero entre más superficial se volvió el arte más fueron enterrando a Freud, como el arte pop, o los posmodernos. A los contemporáneos quizá no les toca el viento ni las mareas del movimiento, pero quizá aún les llega como pequeñas olas de una playa en donde algunas artistas se mojan los pies.

Freud y el inconsciente fueron de los factores que más influyeron en el arte moderno. La historia del arte nos ha introducido en su edificio y nos cuenta quien construyó el lugar. Su arquitectura nos conduce con su semiótica y los visitantes bajamos o subimos escaleras, abrimos puertas, miramos los ismos en las ventanas y, al parecer, con el fin del arte, se terminó de construir el edifico. Ahora se está en espera, quizá, de emigrar.

Claro que el psicoanálisis tiene sus limitantes a la hora de juzgar una obra desde un sentido estético. Pero Freud mostró el camino a un nuevo continente por habitar. Como decía Grombrich: “Los cambios de estilo no sólo tienen que ver con la habilidad, en eso también se incluye la manera de ver el mundo. Y la interpretación de los signos une la iconología y el psicoanálisis”. Eco define que el pintor, para inventar una nueva función del signo, debe proponer un nuevo modo de codificar, proponer una nueva correlación y, para esto, debe basarse en una motivación, en un estímulo. Los artistas modernos encontraron el estímulo en el psicoanálisis.

Umberto Eco, por cierto, estructura de forma extraordinaria su libro El péndulo de Foucault, como si utilizara piezas de Jenga va elevando la torre, su historia, y de pronto nos quita la base. Deja la historia sobre cosas falsas, flotando, como una base invisible, como el título de uno de sus libros: La estructura ausente. Al final construyó para sostenerse en el aire. Trasladando la metáfora, los artistas contemporáneos se olvidaron de cuestionarse qué sostiene su edificio, su desconocimiento o indiferencia, volvió a una de sus piezas más importantes, la del psicoanálisis, invisible.