Hace unos días una madre se acercó preocupada preguntándome si podía evaluar a su hijo de seis años. La escuela a la que asistía el niño le solicitaba de manera urgente un diagnóstico de TDAH a su hijo, pues se presentaba inquieto en clases y retrasaba a sus compañeros ya que jugar parecía su prioridad. Al mirar al niño inmediatamente supe que no presentaba ninguna “anormalidad”. No hace falta un Wisc para mirar si cumple o no con los síntomas de dicho trastorno. Los profesores muchas veces perciben los diagnósticos de “moda” como la depresión, autismo y TDAH como un “remedio” para categorizar al niño que no obedece, que prefiere la soledad o que le parece aburrida la actividad. Pareciera que estas características son vistas en negativo en relación con lo que las instituciones deciden sobre qué es bueno y malo.

En relación con lo anterior, es importante problematizar que la formación del psicólogo educativo no sea sólo a nivel de consultorio; además de eso, es imprescindible contar con experiencia dentro de espacios áulicos y educativos para abordar a los niños, ya que la mirada reduce al niño “problema” a sólo la aplicación de pruebas, ya sean psicométricas o proyectivas.

El papel del psicólogo educativo generalmente se ha reducido al diagnóstico, se quiera o no, el tema clínico en el espacio escolar sigue siendo vigente, principalmente porque la perspectiva condiciona la estancia, permanencia y la calidad de vida escolar. Hay que considerar si el profesor lleva en la escuela de manera tradicional sus clases o si los contenidos académicos están en concordancia con las habilidades de los niños.
No hay que dejar a un lado los aportes de las pruebas psicométricas para el avance de la psicología como ciencia, sin embargo, no se puede quedar en el sentido evolucionista. Cada niño o niña puede aprender en distintos tiempos, formas y espacios; y sin duda alguna todos, sin excepción, aprenden. La psicología en las escuelas debe trascender; es decir, ir más allá analizando su contexto y subjetividades. ¿Qué pasa con el psicólogo que se queda sin instrumentos para argumentar que cierto niño tiene tal situación o simplemente no la tiene?

La diversidad en el aula marcada por un diagnóstico psicológico deja en evidencia una diferencia que excluye, y no un aporte a la didáctica de los profesores. No basta con decir qué características reúne el niño bajo un referente estandarizado que no considera el contexto histórico y sociocultural. El niño con problemas de aprendizaje en una escuela rural de Oaxaca no es igual que uno de una escuela privada de Monterrey. Evidentemente el campo de acción del psicólogo educativo está centrado en ciertos espacios donde las posibilidades económicas son favorables, la función del psicólogo entonces se reduce a la intervención en un campo específico para resolver problemas individuales de aprendizaje, como si se tratase de mal entendidos en la clase o un problema difícil de resolver, y no apuesta por la transformación social sobre la diversidad. Aún falta mucho para dejar de lado la percepción positivista que el profesionista tiene sobre el progreso.
Los niños que presentan dificultades en su rendimiento escolar están señalados en relación con un discurso de la diversidad, mirada desde la homogeneidad; es decir, son niños que entran en un grupo de iguales-diferentes. Hay que recordar como lo nombra Skliar (2016) que el concepto de inclusión pareciera ser más una forma de ceder el derecho a la educación, una educación centrada en la predicción hacia la vida de los niños.
Vasen (2010) refiere que se trata básicamente de un problema ético, y asume que la propuesta neo-psiquiátrica busca una superación de las ideologías, de una neutralidad positivista ante la cual se nos plantea el desafío de rescatar la dialéctica de lo verdadero y lo no verdadero de los entresijos de un discurso pleno de tecnicismo, psicologismo y moralismo.

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Entonces, ¿cuál es la intención de la escuela cuando solicitan “urgentemente” diagnósticos? Bueno, al parecer el currículo no muestra explícitamente qué hacer para que un niño que sale de la norma aprenda lo que debe aprender para responder a las demandas sociales a las que se va a enfrentar cuando llegue a ser adulto; si cuadramos al niño también cuadramos las posibilidades, y entonces no sabríamos la manera de resolver esos problemas. Si se piensa que el que debe cambiar es el niño y no la perspectiva con la que se mira al problema no se avanzará de manera profunda en los problemas de aprendizaje, la solución se centra entonces en adultizar rápidamente al niño que pedía cuidado, para que de adulto no genere problemas.

Finalmente, la experiencia tanto dentro de las aulas como fuera permite problematizar cuestiones que no quedan claras. Los elementos expuestos han generado una apuesta por cambiar la mirada y la función que tiene el psicólogo educativo dentro de los espacios en los que le es pertinente participar y más allá.