“Las arañas siguen siendo mis animales preferidos. Son, entre todos los insectos, los más inteligentes, junto con las chinches”, Joseph Roth, Las ciudades blancas

Hace casi cien años —no sin dificultades y costeada la publicación con el dinero del propio autor— apareció en Viena un libro por lo menos provocador. Sin embargo, hay que comprender que existe una diferencia entre libros escandalosos y aquellos que, pese a ello, han logrado abrirse un espacio en la literatura. Se trata de El buscador de almas, de George Groddeck.

La trama de esta novela es aparentemente sencilla: un día August Müller —un despreocupado burgués entrado en años— se da cuenta de que la casa que habita junto a su hermana y sobrina está infestada de chinches; a partir de la picadura de uno de estos insectos, y un posterior delirio febril —que incluye como forma de paroxismo mental el deseo de aniquilación de todas las chinches de la tierra— el señor Müller descubre un sentido para la vida sintiéndose obligado a salir de su casa y buscar la manera de transmitir sus nuevos ideales al mundo.

A partir de este momento, se hace llamar Thomas Weltlein, y no pierde el tiempo en ir de aquí para allá en convencer a la humanidad de cuán equivocada está con respecto de aquello en lo que cree: su religión, la política, las relaciones sociales, no existe tema tabú para Thomas Weltlein, quien no deja de interferir en la vida social berlinesa de principios de siglo XX con su enigmática forma de ver el mundo: “¿Cómo sería si yo supiera algo más? Algo que, aparte de mí, nadie supiera”, algo así, como por ejemplo, un “método infalible para acabar con las chinches: mata cada chinche que encuentres, y cuando hayas matado la última, no quedará ninguna”. Su hermana triste, su primo, el doctor Lachmann, intentarán hacer que vuelva a la cordura, acentuando aún más el vuelo de pájaro del señor Weltlein por toda clase de lugares públicos. Su transformación completa incluirá —por ejemplo— el quedarse prácticamente desnudo, sin dinero ni posesiones y ser confundido con “Karl de los viñedos”, un célebre bandido de la época que llevaba entre sus bolsillos una hoja de parra.

Ha sido difícil no comparar ciertos aspectos de esta novela con El Quijote o no verla como una narración pantagruélica. Incluso gente como Alfred Polgar lo ha insinuado. La historia de Thomas Weltlein es, en efecto, la historia del hombre en busca de un nuevo mundo, quizá la de aquél que deja la seguridad de su casa para ir por ahí repartiendo “justicia”. Por otro lado su aspecto más quijotesco acaso tiene que ver con que ciertos personajes “conspiran” contra Weltlein pero en realidad fijan sus ideales (todo mundo le sigue la corriente, mas no lo engañan, incluso quienes se oponen a sus opiniones colaboran para su transformación, como si todos formaran parte de un mismo sueño colectivo impulsado por el señor Weltlein). Uno puede pensar que evocar a Cervantes o Rabelais resulta una exageración, pero en cierta medida Thomas Weltlein es un hombre plenamente exagerado, está cortado a la medida de la sociedad de su época es glotón, impertinente, fisgón señalador de los sentimientos más bajos en torno a las personas más aparentemente nobles.

Se alude también constantemente al sesgo sexual de la novela. (“El protagonista […]se mete en los asuntos más descabellados y en las aventuras más insólitas, embebido de la sagrada certeza de que los hombres llevan su psiquis entre las piernas y sus genitales en cada parte del cuerpo”, dice Alfred Polgar). Sin embargo, la relación de Weltlein con respecto a lo sexual me parece una de tantas que pueden encontrarse en el libro. Sus asociaciones no dejan de brotar como de un manantial. En El buscador de almas, se les llama contaminaciones y su efecto recorre todo el libro, de manera que el personaje no deja de apuntar cientos de inusuales relaciones de sentido: “[…]una infección síquica transforma el cuerpo, mientras que un contagio físico cambia por completo la psique”. Recojo aquí otro ejemplo: “Se puede inferir que el gran bigote de Nietzsche se deriva de su voluntad de poder, que la melena erizada de Ibsen es un síntoma de esa ambigüedad entre la mentira vital y la verdad de la vida”, o “cuando el cerebro piensa, también lo hacen las puntas del bigote, al igual que las uñas y las mucosas intestinales”.

Georg Groddeck, intentó hablar de sí mismo sin miramientos y, sobre todo, defender una teoría psicoanalítica sin importar las propuestas de los pensadores de su tiempo. Basó sus ideas en torno al inconsciente, pero uno que se desmarca de la cosmovisión de Freud para hacerse acaso más monstruosa e incontrolable. Alguna vez el padre del psicoanálisis lo invitó a dar una conferencia ante un nutrido público de prestigiosos doctores. Groddeck no pudo menos que arrojar al suelo su manuscrito y ponerse a hablar acerca de su infancia. Pensaba que había una conexión indiscutible entre los padecimientos como el cáncer o el glaucoma y nuestro estado anímico.

Su El libro del Ello (Taurus, 1981) se ha hecho también un tanto célebre gracias a ciertos personajes de la cultura —Alejandro Jodorowsky, por ejemplo, lo tiene como precursor indiscutible de la psicomagia. Patrick Troll envía a una amiga una carta para explicarle, brevemente, el funcionamiento de su propia psique. Al referirse al ello recuerda a Groddeck: “Realmente es una tarea muy difícil[…]. Se pulsa una cuerda cualquiera y, en lugar de sonar un solo tono, se oyen muchos a la vez, se mezclan, se pierden, dan origen a otros nuevos, siempre más nuevos, hasta que acaba por emerger una mezcla de bramido y griterío que absorbe el balbuceo de las palabras”.

Al igual que el Ulises de Joyce, El amante de Lady Chatterley de D. H. Lawrence o más recientemente la Última salida para Brooklyn de Hubert Selby Jr., a El buscador de almas de Georg Groddeck (Bad Kösen, Alemania, 1866–Knonau, Suiza, 1934) fue censurado. La Sociedad Psicoanalítica Suiza (de la cual Freud fue director) quiso pasar el libro por la guillotina y destruir hasta el último volumen circulando. Quiero pensar que esta novela se ha probado en el tiempo (ahora aparece en español casi un centenario después de su primera edición) y que, el conflicto que produjo en la sociedad de su época no es hoy salvo una anécdota más. Por otro lado, y como lo ha señalado su traductor a nuestro idioma, José Aníbal Campos: “El buscador de almas es un magnífico ejemplo de literatura menor (de novela técnicamente mal construida)”. Lo mismo puede decirse de El libro del Ello. Sin embargo, estas obras irrumpen en la mente del lector casi como un hacha y echan por tierra, la hoy extendida costumbre, de que los libros son inofensivos.