Todos de alguna u otra manera hemos vivido alguna situación dolorosa, como la pérdida, cambio de escuela, de residencia, de estatus, la muerte de un ser querido, un aborto, ya sea espontaneo o inducido, un divorcio, la pérdida de empleo, la pérdida de las facultades físicas, etc. Y otras situaciones que de hecho son agradables, sin embargo, también significan una pérdida que en la mayoría de las ocasiones no se experimentan como tal; por ejemplo, cumplir un año más de vida, el contraer matrimonio, tener un hijo, graduarse de la universidad… Todo aquello que ocasione un cambio en nuestra vida cotidiana, sin embargo, poco nos preparamos para vivirlas. La gran pregunta es: ¿Cómo prepararnos para vivir una pérdida? Si bien es cierto que no podemos adelantarnos a cómo nos vamos sentir, o qué vamos a pensar y hacer ante tal o cual situación, si lo hacemos podernos darnos cuenta que hicimos todo lo contrario a lo que creímos, debimos o tendríamos que haber hecho. Y después viene la lista interminable de frases consoladoras que la mayoría de las personas cree que son adecuadas cuando alguien está pasando por una situación de crisis: “Todo va a pasar…”, “después de la oscuridad llegará la luz…”, “nada es para siempre…”, “tienes que ser fuerte…”. Y la mayoría se siente mal por estar experimentándose totalmente diferente a lo que les dicen que deberían sentir, y como al pasar el tiempo no llega la luz y siguen en sombras, quieren sentirse fuertes, pero terminan llorando solos y a escondidas, para que los demás no los vean. Y se quieren convencer a sí mismos que todo va a estar bien. Por otro parte, algunas personas caen en el abuso de sustancias para poder olvidar; otras más aumentan las horas de sueño, la ingesta de comida o las horas de trabajo para no acordarse de la situación que los tiene en un total descontrol.

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Como la gran mayoría de nosotros lo hemos aprendido de generación en generación, todo va a estar bien y no tenemos que expresar nuestros sentimientos y mucho menos renegar de lo que nos está pasando por más doloroso que sea. Compartiré una pequeña anécdota familiar que creo expresa claramente lo que acabo de mencionar:

Un día en la mañana llegué a despedirme de Sofía, mi sobrina nieta, quien tiene tres años y medio de edad, estuvo junto con sus padres por unos días de vacaciones en la ciudad y ese día viajaban de regreso a su casa. Sofía se acercó a mí y me mostró un raspón que traía en la rodilla; yo le pregunté si le dolía, y ella me contestó: “no pasa nada, no pasa nada”.

Es así como vamos modelando a nuestras siguientes generaciones, en no poner atención cuando algo nos duele, ya sea un dolor físico, mental o emocional, y se busca seguir aparentando que no pasa nada.

En mis casi veinte seis años de terapeuta he acompañado a un cúmulo de personas en situación de crisis, algunas llegan con crisis de angustia, de ansiedad o depresión. Unas van a terapia por voluntad propia y otras son llevadas por sus familiares porque ya no funcionan igual que antes, pero como sea que lleguen, la gran mayoría quieren salir rápido de ese estado emocional. En una ocasión, en consulta una paciente me decía: “no me dejan llorar en casa, me dicen que si sigo llorando no la dejo descansar…”. Había fallecido su mejor amiga, con quien había compartido más de cuarenta años, quien además era esposa de su hermano y con la cual tomaba el café todos los días a las seis de la mañana.

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Una de las propuestas que hago como psicoterapeuta y ser humano que ha pasado por muchas pérdidas, es vivir el aquí y el ahora, como filosofía de vida propuesta por Fritz Perls en psicoterapia gestalt; con esta frase, que muchos la hemos convertido en nuestro diario vivir, no se trata de ser simplista, sino más bien de poder vivir, estar presente en cada instante de tu vida, reconociendo nuestras evasiones y proyecciones, sin critica, sin juicios, si ningún filtro… Gracias a los mecanismos propios de nuestro cuerpo y de nuestra mente, tenemos la posibilidad de irnos acercando a lo que llamamos nuestra realidad interna y externa, que definitivamente no es igual a la de otros, podemos coincidir en algunos puntos de vista, pero no en todos. Y esto marca nuestras diferencias individuales y como cada uno de nosotros vivencie sus propias pérdidas y ganancias de cualquier situación que pueda estar viviendo.

Los que hemos estado al lado de personas en situación de crisis desde el acompañamiento propuesto por el humanismo, sabemos que en un momento doloroso la mejor técnica, método o forma de acompañar al otro es estar con ese ser humano doliente, el preguntarle qué es lo que ocupa o qué es lo que necesita, es mucho más importante que todo aquello que podamos decirle o querer hacerle sentir.

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Hay varios autores como Slaikeu, Bellak, Lourdes Ma. Fernández Marqués, María Magdalena Egozcue Romero, Bill O'Hanlon, Gina Tarditi y Fernando Arrigas, sólo por mencionar a algunos expertos en el área, que nos acercan a poder tener un método adecuado para poder atender a las personas en situación de crisis, sin involucrarnos emocionalmente con ellos. Por supuesto, esto favorece en gran medida que podamos realizar diagnósticos acertados para lograr intervenir de manera adecuada según sea la situación de urgencia o emergencia.

Con respecto de la preparación en la atención que como psicólogos o psicoterapeutas debemos tener con nosotros mismos, es poco lo que se habla de manera clara, pues en la licenciatura, en especialidad o postgrado, dependiendo de la corriente psicológica que se elija, se nos dice cómo atender al otro, pero no cómo atendernos a nosotros. Claro, sólo alguno que otro maestro tachado de gurú, chaman o existencialista nos sugiere cuidar nuestro estado físico, mental, emocional y espiritual, para así poder atender a una persona en situación de crisis. Es decir, haber atendido y trabajado terapéuticamente nuestras crisis para poder acompañar a otro ser humano en las suyas.

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Para poder acompañar al otro, no tenemos que haber experimentado cada una de las pérdidas que están pasando las personas que estamos acompañando, pero sí lo doloroso que es un proceso, de cualquier situación que sea que esté viviendo. El ir reconociendo el dolor, las propias limitaciones, tus fortalezas y tus áreas de oportunidad. Las personas allegadas con las que cuentas como lo es tu familia, tus amigos, tu pareja, tus compañeros de trabajo o escuela... Y cómo a pesar de las adversidades puedes salir con la ganancia de haberlo vivido y salir más capacitado y fortalecido, antes de que el suceso se precipitara.

Por eso cada vez que tengas un momento de conflicto ya sea intrapersonal, interpersonal o cualquier pérdida, pregúntate si vale la pena decir no pasa nada o si te atreves a vivir la experiencia por más dolorosa que ésta sea, permitiendo que te acompañen en un proceso donde sabes que puedes estar al lado de quienes tú decidas y quieras, y ver cómo tú mismo puedes darte cuenta que llegas al final de ese proceso, en donde puedes agradecer lo que has vivido, porque gracias a ésas y muchas más situaciones te has convertido en la persona que eres hoy: un ser humano con todo el potencial para vivir intensamente cada momento.