Mil novecientos setenta y cinco no sólo fue un año de agenda política para las mujeres. La dinámica mundial estaba preparada para que ellas atravesaran su fantasía; en todo caso las mujeres sabían que al otro lado del gentío congregado ante ellas ya no les esperaba la hoguera o lapidación, sino el empoderamiento. El trayecto de esa labor emancipatoria, revolucionaria, no ha sido un camino de rosas y es que el proceso es inexorable. “Ellas están aquí, ellas se han metido en nuestras cabezas”, diría el filósofo alemán de las esferas.

Por etimología la histeria corresponde a la mujer, en lo cotidiano se sabe que los síntomas histéricos no son particulares de ellas, pero es esta parcela de la psiqué —lo femenino— la que está comprometida cuando hablamos de la histeria.

Ahora bien, en el caso de la histeria, el rol que juegan los libros resulta alentador. Ni la hoguera, lobotomías o fármacos psiquiátricos lograron anular, borrar, callar a la histérica, sin embargo un libro sí lo hizo, el DSM IV. En sus más de 800 páginas trata de todo menos de la histeria, como sí lo hicieron los DSM anteriores.

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La histeria, con sus miles de años de registro, fue derogada de la didáctica y de la clínica psiquiátrica. Las clasificaciones o formas clínicas que se publicaron en su lugar resultan tan performáticas como el término que desplazaron. La intentona abolicionista se proponía excluir el concepto y con ello su clínica por obsoleto e insuficiente, y porque no resolvía nada, como si se tratara de códigos civiles —según los psiquiátras norteamericanos, en años no se averiguaba la génesis de las dolencias y/o sus motivaciones—; empero, faltaba más, la psicología norteamericana no es el mundillo PSI.

Una golondrina no hace verano, lo que el DSM IV y la caterva psiquiátrica pretendía en realidad no escinde, en todo caso amalgama la identidad/formación psicoanalítica de los filósofos actuales que siguen utilizando el concepto/síntoma de cualidades hipersígnicas al adentrarse en sus tratados: “La brecha en que me veo a mí mismo y el punto desde el que estoy siendo observado para parecerme amable es crucial para entender la histeria.” (Zlavoj Zizek); “Tengo nostalgia del Universo, tengo el mal de todos los países, exclama P…, víctima de una soledad múltiple.” (Paul Virilo); “El sentido real de devenir sujeto sólo puede entenderse desde el rearme y autodeshinibición del actor; en cierto modo, pues: por histerización.” (Peter Slöeterdijk); “…la lógica de la demanda histérica es estoy pidiendo esto de ti, pero lo que realmente te estoy pidiendo es que refutes mi demanda porque no es esto.” (Zizek); “Tres mariposas negras iluminadas por la oscuridad de la luz del saber occidental. Nos referimos a la prostituta, a la bruja y a la histérica” (Morales, Elí).

Se colige que, en tanto la histeria no debe su existencia a clasificaciones didácticas o psiquiátricas, ni tampoco es propia de procesos socioeconómicos/sociopolíticos, como mal comprende Zizek, para el gremio psicoanalítico la postura psiquiátrica, al forcluir el concepto/síntoma, no pasa de ser precisamente: una histerización ejemplar.

Lacán en su mítico viaje a Freud (todo viaje es un retorno), cual Orfeo, termina por emerger —regresar— con una histeria en brazos que, aunque histeria, tiene otras características, por lo que ya no puede ser tratada como la histeria prefreudiana.

¿Reconoce usted alguna de las siguientes situaciones?

Hablemos de escarceos y ¿Amo-r? Hay un pasaje en El libro de la risa y el olvido, de Milán Kundera, donde ya entrados en romances, un joven es llevado a casa de otra de las protagonistas. Al llegar es desnudado, situación más esperada por cualquiera, pero ¡oh!, sorpresa, es puesto frente a un reloj… con intenciones castrantes, se verá después. ¿Por qué?, ¿para qué?, dejemos que Zizek despeje las incógnitas: “…está básicamente jugando a un juego de provocación histérica: Se dirige al Amo con una exigencia que a éste le será imposible cumplir y que pondrá, por lo tanto, de manifiesto su impotencia…”

Históricamente las tendencias sociales indican que las relaciones son cada vez menos de formas intersubjetivas y más fetichistas (relaciones entre cosas). Las sociedades orientales tienen mucho que decir sobre el asunto, en tanto el consumo porno y la navegación web llevan a los jóvenes chinos o japoneses a encerrarse en sus recámaras sin salir por meses; quiero decir sin que ninguna autoridad, incluidos los padres, pueda sacarlos de ahí. Alguno de esos jóvenes sellan la puerta principal de su recámara y abren una rendija donde sólo pasa un plato. Aunque tal condición no es particular de aquellos, las culturas latinoamericanas y las occidentales tienen lo suyo, si bien no en forma masiva.

Acorde a las dinámicas planetarias (en parte promovidas por gobiernos, los media —trasnacionales—) y a los procesos evolutivos o desarrollo del ser humano, las mutaciones de los síntomas histéricos resultan inexorables. Y es que hay nuevos elementos, relaciones y ligazones de compromiso en torno a uno de los significantes más abarcadores de la psiqué e íntimamente ligado a la histeria: el Nombre-del-padre. En tanto dinámica, el Nombre-del-Padre transita, aunque al parecer, desde hace miles de años, sólo se le ve como horizonte.

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¿Actualmente la experiencia del Padre va mostrándose fallida, construyéndose barrada (forcluida)? Ello llevaría allende hábitos y dinámicas consuetudinarias, a otras sintomatologías y padecimientos psicogéneticos. Como se mencionaba, a estas alturas se sabe que tanto el Nombre-del-padre como el Falo son dos formas clínicas inseparables a toda histeria de conversión, pero las características, la intensidad y sintomatologías con que irrumpen el siglo XXI difieren de los padecimientos catalogados por Freud o Lacan y antes por Charcot, Pierre Janet, Otto Fenichel, Breuer, hasta el estagirita.

Otro síntoma muy alborotado, posible de rastrear por cualquier rincón social, es la ultrasoledad. “Solo entre dos,” decía Nietzche y esto lo resolvemos llenándonos de cosas, objetos, momentos, mas no de experiencias. Mi generación heredó ese vacío transgeneracional que motiva también aquellas múltiples soledades del sujeto mencionadas por Virilo —no sólo a nivel subjetivo, también físico: migraciones paternas, familiares en los años sesenta hasta los ochenta del siglo pasado—. En nuestras generaciones se acentúa el aprendizaje o identificación vicaria, los estragos de la sociedad del espectáculo y la mala/deficiente educación por tener a la televisión como niñera o mala maestra.

Los mass media han borrado arquetipos y favorecido imposibles estereotipos yoicos, si es que el estereotipo tiene vínculos con el Yo, porque existe la sospecha de que tales relaciones cliché —estereotípicas— resultan, más bien, lo que la sacarina al azúcar… sofisma puro y, sin embargo, marran. ¿Cuántos símbolos identitarios —campanas, cruces, leyendas, mitos, calles, árboles— han destruido, transformado o cambiado en los últimos años en tu comunidad?, ¿qué es lo que se ha puesto en su lugar?

La tecnología electrónica es otro de los medios que contribuyen con la condensación y nuevas fantasías o símbolos otrora elementos satelitales de aquello mencionado como el Nombre-del-Padre. Si en el transhorizonte encontramos el Nombre-del-Padre forcluido, no es difícil deducir por qué entonces el desborde histérico imperante a niveles de normalidad en lo cotidiano. Carlos Monsiváis escribió muchas líneas sobre las expresiones o el contenido tan exhibicionista de los viajantes del Metro, jóvenes cuyo comportamiento o lenguaje corporal y glosado sigue sonrojando a más de un adulto mayor.

Se pueden sumar otras situaciones o elementos que han contribuido o acelerado la dinámica humana a niveles insospechados (curiosamente la ciencia ficción destacaba la evolución de las máquinas, pero no la de la psiqué y la del comportamiento), entre ellos: pobre contacto afectivo, la inmediatez, el hiperexhibicionismo, lo exprés, emociones lábiles, inteligencia emocional nula, la fast food; elementos, características, que se le atribuyen a la personalidad neurótica de nuestros días (Dogana).

Ahora, si queremos aproximarnos a los actuales roles de la mujer en el mundo y ante la histeria, consideremos la siguiente tendencia. En el mercado de frases domésticas, las del tipo: “No necesitamos de un hombre para hacer las cosas”, están a la alza. Expresiones que a la vez que ilustran la emancipación femenina, su empoderamiento, muestran la ruptura del continuum histórico (¿sería tautología así?: …del continuum histórico relacionado con los mecanismos del Nombre-del-padre).

Entonces ¿histérico o histérica?, depende desde que posición se pregunte. Si reparamos un poco en la duda histérica per sé, “¿soy un hombre o una mujer?”, podríamos aminorar la angustia y las respectivas discusiones sobre qué género padece histeria. La duda histérica trasciende la situación del aspecto biológico, del órgano, hacia lo simbólico.

En contexto esas frases funcionan como indicador de aquellas nuevas relaciones sociales, amorosas, familiares.

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Por ejemplo, el establecimiento cada vez más generalizado de familias monoparentales por decisión previa y no por conflictos directamente relacionados con el maridaje o filiares, es sintomático. Se consolida la familia recompuesta, no considerada en las clasificaciones, pero que ya no puede ocultarse en el entramado social actual.

La velocidad es un elemento que enamoró a los modernos, aunque en la posmodernidad vuelta pandemia, amenaza la consolidación de las relaciones humanas. “La presión de la ciudad, la rapidez de los cambios, el estrés y la aceleración de las costumbres hacen que en cinco años una pareja moderna viva cincuenta años de los de una pareja de aquella época. Al haber vivido cincuenta años en cinco ya no soportan vivir juntos.” (Paul Virilio)

Tampoco se puede soslayar la realidad de familias nucleares entrópicas, disfuncionales, donde la calidad familiar es dudosa y todo aquello relacionado con el falo ha tenido un corrimiento más acentuado hacia lo negativo (con mucha facilidad se denosta al varón, por no ahondar en los “me gusta viajar sola”). Fuera las normas, bienvenidos los imposibles acuerdos. Y si se suman las sensaciones libertarias que invaden al Yo a partir de un equívoco, al confundir narcicismo, albedrío, con libertad.

Acciones filiares mecánicas ya de sí robóticas, o tan novedosas como singulares, están anclándose, puliendo su lugar en el imaginario melancólico del mexicano y modelan los nuevos ritos —ojo, no mitos—.

Lo imaginario (no-espacios ficcionantes), el estereotipo, la robótica (drones, humanoides, cyborgs y demás robots), la liquidez o cosificación de las relaciones amorosas han ganado ambientes y territorio a lo simbólico, al arquetipo, a los antropomitemas, quizá porque los procesos de la psiqué van siendo relegados a simples algoritmos, como los ven algunos estudiosos de la ciencia cognitiva, cuyo territorio e imaginario de tránsito es lo fortuito, instrumental y superficial.

La histeria está más presente que nunca en las dinámicas individuales y sociales, con elementos y ligazones que la vuelven más compleja que en los tiempos de Freud. A través de la siguiente situación se puede dimensionar desde otro ángulo la cuestión:

Estado de México. Seiscientas niñas de un internado enferman, caen en cama con sintomatologías físicas tan variadas como generalizables:

“Las niñas aseguraron que esa enfermedad que mantuvo a 600 de sus compañeras sin poder caminar, se debió a una extraña maldición que les cayó porque una de las niñas fue sorprendida por las religiosas jugando la ouija.”

La teoría freudiana sobre la histeria suscrita hace más de cien años es suficiente, y la más completa aún hoy día, para dar cuenta de la epidemia observada en los seiscientos casos de histeria colectiva (de conversión) mencionada, de características muy similares a las registradas tres mil años atrás por Eurípides, aunque las que narra el griego eran más devastadoras, por eso las llamaba, a los casos de histeria colectiva diseminados por varios lares: pandemias. Si se juntan los casos de histeria colectiva ocurridos en otros países ciertamente se podrian comparar con eso que pasaba a las bacantes en los días de Dionysos.

Es posible proponer que aun con las nuevas clasificaciones ofrecidas por el DSM IV, la histeria y sus síntomas siguen herrando por los cuerpos, de hombres y mujeres, sin podérsele ubicar y sin posibilidad de tratamiento médico convencional; es decir, en poco o nada han ayudado las clasificaciones somatoformes ofrecidas por aquellas instituciones. Hasta el momento la histeria sigue siendo la unidad nosológica más complicada de tratar en la clínica PSI.

Entonces, uno sabe que esa sección del edificio psicoanalítco es tan sólida y actual, cual nudo borromeo, cuando se sumerge en torno a un concepto o término tan antiquísimo como estructural, y lo seguirá siendo por unos miles de años más, para una parcela del género humano: la histeria.