“En el mundo moderno,
la libertad es lo contrario de la realidad,
pero es, sin embargo, su ideal”
Chesterton G.K.

La modernidad fue un período histórico comprendido entre el siglo XVII hasta finales del siglo XVIII, que se constituyó como ese primer momento en la historia donde el conocimiento se retroalimentaba sobre la sociedad, para transformar tanto a la sociedad como al conocimiento mismo; propiciando con ello el surgimiento de un sistema capitalista que acompañaría al desarrollo de la ciencia y la tecnología.

Y aunque lo anterior pareciera ser un gran avance, lo que realmente ocurrió fue una ruptura en las formas de organización y relación de la vida de los hombres. Pues la antigua comunidad, donde se trabajaba para el bien común de todos y cada uno, quedó sustituida por la sociedad, donde predomino la competencia, el poder y a la acumulación de bienes, como formas de alcanzar los ideales de felicidad establecidos por el sistema.

Philippe Julien en su libro Dejaras a tu padre y a tu madre (2002) plantea que con la entrada del mundo moderno las relaciones entre espacio privado y la ciudad cambiaron. Antes, en una familia el hombre de la casa era el que tenía el poder absoluto, dictaba las reglas y normas de la casa. Actualmente, la parentalidad está en lo social, es decir, la crianza y el cuidado de los hijos se vuelve cada vez más público, pues ahora participa un tercero social que busca hacer cumplir los derechos del niño y ofrecerle desde el entorno lo que le pueda faltar.

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De esta manera, lo que ocurre en una familia es ahora algo compartido y, por tanto, lo que se hace es crear instituciones, brindar apoyos económicos, crear programas de asistencia, entre otros; y se le quita al padre y a la madre responsabilidades sobre la crianza de los hijos.

Philippe Julien menciona que lo anterior se sustenta en dos leyes, la ley del bienestar y la ley del deber. La primera de ellas no se refiere al bien en el sentido ontológico, sino al bienestar entendido como lo útil para…, el interés de….; es decir, pretende dar aquello que haga falta para la felicidad. Mientras que la ley del deber es instaurada como un mandato interior, debes..., como una ley que se instaura por sí misma (Ibídem., p.29).

Por lo que hoy por hoy ser padre está relacionado con circunstancias específicas que definen y demandan una gran variedad de funciones. Por ejemplo, no es lo mismo afrontar la paternidad cuando uno es adolescente que en edad avanzada, o ser padre de un bebé que de un adolescente; no es lo mismo ser padre soltero que con pareja; tampoco ser padre antes que después de un divorcio. Para cada caso, la sociedad va a decir qué hacer, cómo hacer, porqué hacer, lo cual ha llevado poco a poco a una decadencia, una caída, una declinación de la parentalidad, ya que la sociedad interviene entre el padre y el niño para salvaguardar sus derechos, protegerlo, cuidarlo. De esta manera, el padre pierde su poder y entra un tercero (pediatra, maestro, entre otros) que ni está en las escenas reales, ni está en la vida del niño, pero que interviene en la relación padre-hijo, indicándole a los padres cómo cuidar de éste.

Existen por lo tanto nuevos saberes que intervienen en el niño y, siendo así las cosas, el lugar del padre ¿cuál es?, si todas estas intervenciones son por el bien del niño, mencionan los pedagogos, asistentes sociales, entre otros. Por lo que se puede pensar en una parentalidad ocupacional, puesto que se ha convertido en algo social, compartido y, por lo tanto, intercambiable por el bien del niño.

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Esta problemática parece ser producto de lo que Foucault (1999) denominaba el arte de gobernar, un gobierno en el que el poder no apunta a la exclusión, el rechazo, sino más bien a una técnica positiva de intervención y transformación, es decir, a un proyecto normativo. Lo cual ha llevado al surgimiento de una dominación política con una justificación biológica, es decir, a crear un discurso del desarrollo biológico, un discurso de la mejora de las especies, un discurso del cuidado de la persona justificado bajo todo un dispositivo político; pareciera que todo lo que se implementa es por el bienestar de los hijos. Pero, habría que preguntarnos: ¿Realmente se busca un bienestar?, ¿qué tipo de bienestar? Si vemos que actualmente los padres ya no saben qué es ser un padre ni cómo criar a sus hijos.

La modernidad, entonces, al destituir al padre como el autor de la ley del deber, propició que la moral se impusiera por sí misma y no en razón de aquel que la enuncia, porque en nuestra época el superyó ya no se nutre de la voz del padre sino que suplica al sujeto un goce que actúa por sí mismo y sin freno, pues la sociedad nos dice: “debes…”, “deja de….”, “esto si….”, “esto no…”.

Por lo que se tiene que comenzar por tratar de buscar nuevas alternativas para asumir otra posición ante las trasformaciones tan radicales que se están viviendo. En ese sentido, considero que, más que cuestionar ¿qué es ser un padre?, ¿cómo sé es un padre?, habría que empezar primero por preguntar: ¿Qué tipo de hijos se pretende formar?, ¿podrían ellos asumir su parentalidad cuando formen una familia, si sus padres no supieron transmitir esto?

Philippe Julien (2002) plantea que existe una tercera ley y que es posiblemente la que nos rescataría del goce que impone la ley del bienestar y la ley del deber. Esta ley de la que habla el autor, es la ley del deseo, que existe desde el origen de la humanidad, y se da en el momento en que tanto el hombre como la mujer dejan a su padre y a su madre para establecer una alianza con otra mujer, con otro hombre, formando así una conyugalidad sobre la cual se constituya el fundamento de la parentalidad.

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Sin embargo: ¿Cómo fundar una ley del deseo cuando las parejas actualmente siguen viviendo con sus padres?, ¿cómo mantener una transmisión intergeneracional cuando muchos hombres y mujeres ya no quieren formar una familia?, ¿cómo actuar frente a una sociedad que ya no quiere tener hijos o que no sabe cómo cuidar de ellos? y ¿qué pasa con el deseo?

Habría entonces que comenzar a cuestionar los ordenamientos del goce, los lazos sociales en la actualidad y sobre el lugar del sujeto en ellos, pues todo esto ha sufrido modificaciones como consecuencia del discurso moderno y nos ha llevado a insertarnos en una política del goce. Y por eso considero que actualmente el psicoanálisis es más importante que nunca, pues a través de éste se pueden entender los cambios tan radicales de los cuales formamos parte y nos llevaría a asumir una posición diferente con respecto al deseo, tan indispensable para vivir.