Con cierta regularidad aparecen en las distintas revistas psicoanalíticas, así como en los diferentes congresos y simposios psicoanalíticos una que otra contribución relacionado al tema de la crisis que enfrenta el psicoanálisis actual. Revisando cuidadosamente estas contribuciones parece que esta disciplina tiene que luchar en varios frentes, tanto dentro del campo psicoanalítico por la gran variedad de perspectivas que caracterizan las distintas corrientes, como contra los prejuicios de la ciencia positivista y su modelo de verificación y falsificación, esto es aprovechado por otro lado por algunas disciplinas vecinas del psicoanálisis –¿o debo decir: competidores en el mercado de la salud mental?– para promover la suya, y finalmente las expectativas que tiene la sociedad entera y los gobernantes en particular cuando se trata de componer problemas psicosomáticos y otros conflictos derivados del desempleo, la crisis económica, cambios estructurales en el sistema político, etc. Todos estos aspectos significan una carga pesada para el psicoanálisis, generan ansiedades y amenazan, en el sentido expresado por Sigmund Freud en su ensayo de 1926 acerca de Inhibición síntoma y angustia, la identidad del psicoanálisis. No obstante, es observable una cosa más: que, en realidad, todos estos temas se han estado arrastrando, con variedad y cambios en la acentuación según el momento histórico, desde la época de Freud; aquí sólo quiero recordar los debates de Freud con algunos de sus discípulos acerca de la teoría del psicoanálisis, sus discusiones en los círculos científicos de su época y las severas dificultades que sufrió el psicoanálisis durante el régimen Nazi.

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El psicoanálisis no se enfrenta entonces con algo totalmente nuevo; nuevo es sólo el contexto actual en que aparecen los distintos temas. Quiero revisar y analizarlos brevemente, empezando con el vínculo que, en mi evaluación, tiene en este momento el psicoanálisis con la sociedad, respectivamente con nuestros gobernantes. Que el vínculo entre la política y sociedad por un lado, y el psicoanálisis por otro, es íntimo y estrecho, eso lo saben a menudo los políticos mejor que los psicoanalistas. Sabemos, por ejemplo, que ninguna de las dictaduras en el mundo ha permitido o permite el psicoanálisis, sino sólo estas formas de psicoterapia que producen ciudadanos adaptados y que funcionan bien. Pero no sólo las dictaduras, también en los sistemas democráticos, es obvio que las esperanzas casi siempre apuntan a que la persona que consulta adquiere a través de la terapia una cierta flexibilidad y fortaleza psíquica para poder enfrentar los vaivenes de los efectos de las decisiones políticas y cambios sociales en su vida. Y en los jóvenes, en que las expectativas negativas acerca de su futuro les producen síntomas psicosomáticos, depresión, ansiedad y/o dependencia a las distintas drogas etc., la psicoterapia debe simplemente hacer desaparecer el síntoma. Éstas son las expectativas con que se confronta el psicoanalista cuando le llega el consultante. Con un mínimo de inversión de tiempo, el terapeuta debe –según el principio económico de inversión-utilidad– producir un máximo beneficio en lo que se refiere al rendimiento posterior del individuo. Con respecto a aquellos aspectos de la psicoterapia psicoanalítica que apuntan a la comprensión, la libertad interior y la mejoría en los vínculos interpersonales, el psicoanálisis está invitado a competir en el mercado de cura de almas con otras formas de terapia, hasta con los esotéricos.

Muy atrás quedaron aquellos tiempos en que los psicoanalistas fueron invitados por las distintas fuerzas sociales y políticos para participar activamente en aquellas decisiones que afectan en forma directa a cada uno de los miembros de la sociedad en su vida privada y social. Debemos preguntarnos si no es así como el mismo psicoanálisis creó el mito de ser la nueva visión del mundo que aportaría respuestas a todas las crisis. Quiero recordar al lector sólo el espíritu con que la primera generación de psicoanalistas penetró con las nuevas ideas de Freud en la sociedad para influenciar en la educación de niños, la pedagogía, la criminología etc. Guillermo Reich, a saber, fundó su propia asociación, llamado Asociación para la psico-higiene, que apoyó entre otras ideas, el aborto y la revisión de las leyes sobre la homosexualidad y en 1933 presentó su valiente análisis sobre La psicología de masas en el fascismo. El mismo Sigmund Freud firmó en 1930 y 1932 volantes a favor del pacifismo. En los Estados Unidos de los años 60 llegó la influencia de los psicoanalistas todavía hasta la Casa Blanca y el Congreso en la toma de decisiones. Esta euforia de los psicoanalistas, a lo mejor, hubiera durado mucho más tiempo, si Freud, en la Europa de los Nazis y bajo las presiones de ellos, no se hubiera visto en la necesidad de hacer ciertos compromisos para rescatar la nueva ciencia. Aceptó los compromisos que fueron impuestos al Instituto Psicoanalítico de Berlín después de la expulsión de los colegas judíos. En Viena aprobó una ley que prohibió a analistas involucrados en actividades políticas ejercer la profesión o atender a pacientes activistas. Es probable que Freud pensara que el psicoanálisis, reducido a una ciencia natural que investigara el alma, pudiera sobrevivir mejor. En este sentido debe ser visto también el libro de Heinz Hartmann de 1936 sobre Psicoanálisis e Ideología, en que declara que el psicoanálisis no tiene ningún derecho de juzgar la validez o invalidez de una ideología. Esta disciplina, así declara Hartmann, sólo expresa una verdad científica y a través de ella contribuye al desarrollo de una cultura. Significativamente, en 1937 Hartmann publicó su libro La psicología del Yo y los problemas de adaptación en que, a través de la biologización del psicoanálisis se salvó de la intervención de los Nazis –con serias consecuencias hasta la fecha. Pienso que una parte de las complicaciones en la definición actual del psicoanálisis y la tarea del psicoanalista tienen una base en este escrito de Hartmann, que, a saber, se convirtió por muchísimos años en un clásico en los institutos psicoanalíticos. Creo que las tendencias presentes en algunos psicoanalistas de recurrir a las neurociencias y otras recientes investigaciones neurofisiológicas vienen sobre esta línea. Y es obvio que el psicoanálisis actual paga esta desafortunada inclinación con una pérdida en potencia social, creatividad y rigidez de sus propias estructuras. No obstante, John Eccles, Premio Nobel en neurofisiología, y Karl Popper, considerado el filósofo más influyente de nuestro tiempo, llegaron en 1977 en su libro The self and its brain, después de una exhaustiva investigación, a la sorprendente conclusión: “supongamos que en realidad es la mente que es la dueña del cerebro”. Esta suposición luego coincide con las observaciones de Julia Kristeva que dice que “las marcas últimas son los procesos bioquímicos que tienen lugar en un sujeto en interacción con otro, y que en consecuencia ya son presagios, precondiciones o sustrato del deseo y de la comunicación” (Julia Kristeva, 1983).

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Todo lo expuesto anteriormente me lleva a recordar el trabajo que Klauber presentó en 1976 en un simposio de la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA) sobre la identidad del psicoanalista. Klauber habla de la identificación de los psicoanalistas con Sigmund Freud, las consecuencias de ella en la historia del psicoanálisis y opina que el psicoanálisis no ha logrado sobreponerse a la muerte de Freud. Opina que este hecho ha llevado a cierta rigidez en el ejercicio de la disciplina. En mi apreciación, Klauber tiene razón y me permito agregar que creo que la riqueza de la obra de Freud no ha sido elaborada en todo por sus discípulos, incluyendo las circunstancias de la guerra, sino en aspectos parciales. Este hecho, entre otros, –a mi parecer¬– ha contribuido a las divisiones y disidencias que el psicoanálisis ha sufrido desde Freud. Basta sólo recordar la historia de la Asociación Psicoanalítica de México (APM): fundada en 1957 por un grupo de psicoanalistas formado en Argentina en parte, y en parte por analistas formados en los Estados Unidos de América. El intercambio de opiniones científicas entre estos dos grupos era muy fructífero, pero se hizo incompatible con la postura psicoanalítica de los miembros del Instituto Mexicano del Psicoanálisis, fundado en 1956 por un grupo de psiquiatras que se basaron, en lo que se refiere a la técnica y práctica del psicoanálisis, en las enseñanzas de Erich Fromm, ambas asociaciones reclamaron la herencia de Freud. A cada una de estas asociaciones se adhirieron en tiempos posteriores otros grupos y corrientes tanto del psicoanálisis como de la psicoterapia.

Cabe mencionar que estas dificultades y divisiones no quedan ocultas a la opinión pública y la reputación que tenía el psicoanálisis y el psicoanalista respectivamente, para conocer, comprender y resolver los conflictos inconscientes de una persona o hasta para ayudar a prevenir conflictos comunes a través de la participación en decisiones sociales, queda, por lo menos desde el punto de vista de la opinión pública, sumergido en una gran confusión acerca de lo que es y lo que puede hacer el psicoanalista en oposición a otras formas de psicoterapia. Preguntémonos entonces: ¿Qué puede lograr el proceso psicoanalítico? Para explicarlo quiero citar una vez más a Julia Kristeva (1983):

“El sujeto recurre al análisis a causa de una falta de amor. Y es mediante la restitución de la confianza y la capacidad amorosa en el vínculo transferencial –antes de tomar distancia respecto del mismo– como conduce su experiencia analítica. A partir de ser el sujeto de un discurso amoroso durante los años del análisis (y en el mejor de los casos, también después de éste) toma contacto con sus potencialidades de transformación psíquica, de innovación intelectual, e incluso de modificación física... en efecto, el espacio analítico es el único lugar explícitamente designado por el contrato social en donde hay derecho de hablar de las heridas, y de buscar nuevas posibilidades de recibir nuevas personas, nuevos discursos.”

Esta postura coincide con las ideas de la mayoría de los postkleinianos, en particular con las de W.R. Bion cuando habla de “vínculos objetales” y “funciones psíquicas”, la diferencia entre “pensar” y “no-pensar”, y la capacidad de poder procesar experiencias en vez de sólo proyectarlas emocionalmente.

De esta manera, lo que el psicoanálisis puede lograr es la disolución de algunos conflictos o fantasmas, incluyendo los del analista, cuya omnipotencia desaparece. La depresión de fin de análisis, antes de que resurjan las ilusiones provisorias, lúdicas, –cuando se trata de un análisis exitoso– marca con claridad esa etapa. El fantasma o conflicto se inscribe entonces en la vida psíquica, pero deja de ser fuente de quejas o dogmas. Aparece como resorte de un artificio: el arte de vivir.