Es difícil contar la historia de Ramsés sin parecer demasiado dramático o exagerado, pero los extraños hechos que aquí se relatan, aunque lamentables, son verídicos.

Ramsés no era un niño Down clínicamente diagnosticado, seguramente porque ningún médico se tomó la molestia de estudiarlo bien, o porque su madre, a pesar de sospecharlo, nunca pidió un examen a fondo. Además Ramsés era lo que en conceptos de genética médica se conoce como mosaico; es decir, no era un síndrome de Down completo, sólo algunas de sus células tenían la característica trisomía 21. No obstante la falta de diagnóstico, la evidencia física de su trastorno era obvia y percibida a simple vista por todos, excepto para su madre, quien permaneció cegada hasta el final por la piadosa negación. Y aunque Ramsés no era oficialmente un niño especial, para fines prácticos y por todas las personas que lo conocieron siempre fue tratado como especial.

Durante sus primeros diez años de vida, Ramsés fue un niño dócil, cariñoso e inofensivo. La expresión bobalicona de su cara, el biotipo gordinflón y la imposibilidad de pronunciar la “r”, que sustituía por la “l”, hicieron que fuera popular entre niños y adultos. Los niños de su edad lo trataban como se trata a una mascota y los adultos lo consentían con una especie de cariño burlón. Era el típico niño al que se le podía hacer todo tipo de maldades impunemente, ya que nunca lloraba ni le decía a su madre las cosas que otros le hacían, por lo que durante toda su infancia recibió zapes, pellizcos, principalmente en la panza y en las mejillas; patadas en el trasero, empujones, puñetazos y toda clase de burlas y abusos. Actualmente se diría que sufrió de bullying. Por ejemplo, en una ocasión cuando Ramsés cursaba el tercero de primaria, por estar distraído durante la clase, la maestra lo castigó, no le permitió ir al recreo. Ramsés se quedó en el salón, pero la maestra sí salió con los demás profesores, por lo que el pequeño niño se quedo solo. Los niños de una pandilla de sexto grado que pasaban por ahí se percataron y entre ellos empezó el siguiente dialogo malicioso:

— ¡Miren, dejaron sin recreo al mongol! — Jajaja… — De seguro fue porque se cagó en los pantalones. — O porque se estaba haciendo una chaqueta. — Jajaja… — Vamos a chingarlo. — ¡Simón! — ¿Qué le hacemos? — Ustedes síganme, que La Rata se quede a vigilar que no venga la maestra. — Nel, ni madres, yo me quedé a vigilar cuando estaban espiando a las viejas en el baño; ahora le toca al Chicharrón. — Y yo por qué. — Por puto. — Jajaja… — Tu carnala dice que no soy puto. Después de este justo acuerdo, el Chicharrón se quedó en la puerta a vigilar y el resto de pequeños bribones entraron al salón dispuestos a divertirse un poco. — ¿Qué tranza Ramsés?, ¿qué haces? — Comiendo mi torta, y dándole de comer a estas cochinillas. — Ramsés extendió la mano abierta, mostrando en su palma a tres bichitos hechos pelota. — Deja esas chingaderas, mejor vamos a jugar a las adivinanzas. — Pero yo no sé cómo se juega eso. — No hay pedo, nosotros te enseñamos. — Pero que mis cochinillas también jueguen. — Sale. — Te vamos a vendar los ojos para que adivines. Uno de los diablillos se quitó el suéter y, tomándolo de las mangas, se lo ató a Ramsés en la cabeza, tapándole los ojos. — Te vamos a dar algunas cosas para que adivines qué son. Las puedes tocar, oler o chupar, pero no puedes ver. Si adivinas todas te damos un premio. — Yo quiero un Duvalín. — Simón, te damos un Duvalín, pero tienes que adivinar todas, eh. El primer objeto que le pasaron fue un borrador de migajón. Ramsés lo tocó detenidamente, después lo olió y tras algunos segundos exclamó con entusiasmo: — ¡Es una goma! — Esa estuvo muy fácil. — Otro de los chiquillos bromistas puso un compas en las manos de Ramsés. Y siguiendo el mismo procedimiento con el que adivinó la goma, pudo llegar al siguiente veredicto: — ¡Es un compás! — No se vale, eres bien chingón para las adivinanzas; creo que vamos a tener que comprar tu Duvalín. — ¿Cuántos tengo que adivinar? — Cinco. Otro de los diablillos le quitó una rebanada de tomate a su torta y se la acercó a Ramsés, poniéndola justo bajo su nariz. Ramsés la tomó entre sus dedos y pasó un buen rato analizando la extraña textura del objeto desconocido. Mientras lo hacía, su lengua se le salía de la boca más de lo habitual. Como no daba con lo que era, acercó el objeto a su nariz y por fin a su boca, para darle algunos toquecitos con la lengua… — Mmm… ya sé: ¡es tómate! — Que bárbaro Ramsés, ya sólo te faltan dos. En eso, Beto, el Chachalaco, líder de la pandilla, se acercó a Ramsés hasta ponerle su área genital justo a escasos diez centímetros de la cara, se bajó la cremallera y sacó su “pajarito”. — A ver si eres tan chingón, dinos qué es esto. Ramsés tomó el pequeño miembro entre sus dedos y empezó a explorarlo concienzudamente. Lo frotó, apretó, estiro y sacudió. Conforme proseguía el escrutinio, el Chacha empezó a excitarse y, como ya era un masturbador bastante vicioso, no tardó en experimentar una potente erección. Ramsés, sorprendido por estos cambios inesperados, exclamó: — ¡No mames, se puso glandote y dulo dulo…! El resto de la pandilla soltó una carcajada, pero el Chacha, haciendo valer su autoridad como líder natural de la pequeña horda de rufianes, les hizo una seña, obligándolos a callar. Todos contuvieron la risa, pero se retorcían sujetándose el abdomen y la boca para evitar reír. Mientras tanto Ramsés seguía explorando el pitillo en sus manos y como no lograba dar con lo que era se lo aproximo a la nariz.

— Guele feo… como a sopa maluchan de camalón… ya díganme qué es…

— No, Ramsés, tú tienes que adivinar solito, acuérdate del Duvalín.

Motivado por el pensamiento de la golosina prometida, Ramsés empezó a darle suaves lenguetazos al pene del Chacha, intentando saber qué era ese objeto. Como la lengua de las personas con trisomía 21 típicamente es más gorda y rugosa, el efecto que produjo fue que el Chacha puso los ojos en blanco y empezó a mover la pelvis rítmicamente, tratando de introducir su miembro en esa boca blanda y gordita, pero en ese momento Ramses pudo por fin conocer la identidad del objeto que tenia en la boca y, alejándose rápidamente, se quitó el suéter que cubría sus ojos, exclamando con tono de reproche y coraje:

—¡Que culelos, es pito…!, ¡le voy a decil a mi mamá!

Justo en ese momento sonó el timbre y la pandilla de pequeños malvados salió rápidamente del salón en un bullicio de carcajadas y alaridos de felicidad; incluso algunos niños continuaron riendo por varios minutos y sólo pararon hasta que las lagrimas y el dolor de abdomen se los permitieron. Historias como ésa fueron frecuentes durante toda la infancia de Ramsés y sólo empezaron a dejar de ocurrir en la medida que Ramsés fue volviéndose el niño grande de la escuela. Por su discapacidad intelectual, tuvo que repetir una vez primero, una vez segundo y una cuarto año de primaria; de tal manera que para sexto año era el niño mas corpulento y de más edad de toda la escuela, y ya para entonces no había algún niño que abusara de él.

Por otra parte, es necesario comentar algo acerca de la madre de Ramsés, la Lic. Martha Aparicio era una mujer flaquita, pequeña y sin la más mínima gracia ni talento. Nunca tuvo novio ni pretendientes, su juventud transcurrió muy rápido mientras ella, refugiada detrás de los libros, vio cómo las chicas de su edad salían a fiestas, al cine, a bailar, tenían novios, amigos y eran felices. No supo lo que era recibir flores, peluches o chocolates de algún joven, tampoco se atrevió a usar la ropa que estaba de moda, porque siendo en extremo delgada, sin senos ni nalgas, y con la espalda más encorvada de lo deseable, al tratar de arreglarse para parecer bonita, sólo lograba verse muy chistosa, casi ridícula, decían. Con el paso de los años su rostro, su mirada y todo su cuerpo se fueron marchitando. Había perdido las batallas más importantes de la vida y el tiempo se le había escapado para siempre. Total que un día, a sus cuarenta y tres años, viéndose sola, sin familiares cercanos, sin amistades sinceras, y sintiéndose seriamente agraviada por todo lo que le había hecho la vida, decidió que no iba a pasar los años que le quedaban en aquella soledad y se le ocurrió lo que a muchas mujeres en sus circunstancia, que la única manera de ser feliz era teniendo un hijo. Un pequeñito a quien proteger y amar, un ser nacido de ella, carne de su carne y sangre de su sangre, alguien a quien poder darle todo el amor que tenía guardado en su corazón y que nadie había querido. El problema era que no tenía novio, amante, amigo sexual o mancebo que donara el esperma para fecundar alguno de sus últimos óvulos fértiles. Era necesario, pues, conseguir con calidad de urgente un ejemplar viable que le ayudara. Cotejó mentalmente entre sus conocidos y compañeros del trabajo por largo rato, pero no se le ocurrió quién podría ser el padre de su futuro hijo, hasta que por fin se acordó del intendente que hacía el aseo en la oficina. Era un joven subnormal de unos veintitantos años llamado Pedro, con muy poco ceso en la mollera, pero fuerte y sano como un burro; además, mostraba cierta simpatía hacia ella ya que casi siempre le sonreía amistoso y en ocasiones le hacía plática. La cosa resultó mas fácil de lo que ella pensó. Primero le llevó tortas, refrescos y algunas golosinas; esto para romper el turrón y hacerlo su amigo. Luego comenzó a hacerle pequeños préstamos de dinero con calidad de “ya no me lo pagues”. Y así, de esta manera, un buen día, cuando calculó que se encontraba fértil, invitó al buen Pedro a comer mariscos: muchos camarones, ostiones, trocitos de pulpo, calamar y cerveza, bastante cerveza, y ese día aproximadamente a las seis de la tarde, en el cuarto dieciocho del Motel Delicias, se mataron dos pájaros de un tiro: La Lic. Martha Aparicio dejó de ser virgen y el penúltimo de sus óvulos viables fue fecundado por el potente esperma del fogoso Pedro. Por supuesto, la Lic. Martha sólo pretendía quedar embarazada y deshacerse lo más pronto y discretamente posible del donante de esperma, fuera quien fuera, y así lo hizo. No estaba en la edad ni en el ánimo de trabar relación alguna con ningún hombre, bien sabía que cualquier relación de pareja estaba condenada al fracaso y, desde antes de concebir a Ramsés, renunció a un padre para él y a un marido para ella.

Conocí a Ramsés cuando tenía poco más de trece años, era un jovencito moreno, bajito de estatura, pero con la masa muscular bastante desarrollada, parecía como un fisicoculturista chiquito, su rostro tenía la expresión bobalicona del Down con todo y la lengua protruyente, pero los ojos eran inexpresivos, casi sin vida. Su madre estaba preocupada porque al parecer Ramsés estaba haciendo algo extraño con los animales. Por el vecindario empezaron a desaparecer los perros y los gatos, y se escuchaban rumores de que algo malo estaba pasando porque no sólo desaparecían los animalitos, sino que por aquí y por allá se empezaron a encontrar manchas de sangre y pelotones de pelo, al parecer de algún animal. La gente empezó a decir que alguien merodeaba el fraccionamiento por las noches. Cada vez que se escuchaban ruidos extraños y los perros ladraban insistentemente, al día siguiente faltaba un animalito en alguna casa, principalmente perros y gatos, pero en una ocasión también desaparecieron unos periquitos australianos. Los vecinos estaban muy inquietos y no tardaron en convocar a una asamblea vecinal, en la que se decidió redactar un oficio dirigido a la Policía Municipal, solicitando que una patrulla realizara rondines de vigilancia por el fraccionamiento durante las noches. Al oficio se anexaron las firmas de los colonos y algunas fotografías de las mascotas desaparecidas.
La Lic. Martha se turbó mucho al enterarse de lo que estaba pasando en el fraccionamiento, y aunque una y otra vez se repetía a sí misma que su pequeño no podía ser el autor de las atrocidades que estaban ocurriendo, su corazón e instinto de madre le decía otra cosa. Por esos tiempos ya no quedaba mucho de la Lic. Martha, a sus cincuenta y seis años de edad había sido reducida a un esqueleto jorobadito cubierto de piel marmórea, de más o menos cuarenta y tres kilos de peso, cabello escaso y con aspecto de estropajo viejo por el exceso de tintes, uñas y labios cianóticos. Constantemente jadeaba a causa de la enfermedad pulmonar obstructiva crónica derivada de su único vicio y placer en la vida, el tabaco. Los médicos ya le habían dicho que si no dejaba de fumar su expectativa de vida se reducía considerablemente, previamente había sufrido dos infartos silenciosos al miocardio, pero a esas alturas de su vida ella no estaba dispuesta a perder otra cosa más, y mucho menos si se trataba de aquello que le daba la única satisfacción a su existencia. Sabía que pronto moriría y esto, lejos de asustarla, le causaba alivio. Para ella la muerte sería como una madre piadosa que por fin vendría a cobijarla y a terminar con todo aquel sufrimiento injusto e innecesario acumulado durante cincuenta y seis años. Pensaba que si Dios le había dado esa terrible vida, entonces no era tan amoroso ni tan justo como decía el pastor de la iglesia, y que si la muerte le podría poner punto final a su sufrimiento, entonces tampoco era tan malvada como la gente decía. La única preocupación que tenía para no dejar este mundo era su pequeño Ramsés. ¿Qué iba a ser de el?, ¿quién lo cuidaría?, ¿quién iba a ver por el cuando ella muriera? No teniendo padre o hermanos, o algún familiar que se pudiera hacer cargo, el pequeño pronto quedaría huérfano y al cuidado de Dios, y para el concepto que ella tenía de Dios, eso era lo que más le preocupaba. Ahora, imaginen el terror de la Lic. Martha al considerar la seria posibilidad de que su pequeño vástago fuera un enfermo mental que estaba haciendo cosas malas con los animales. Tenía que averiguar la verdad, no importaba lo terrible que fuera, había que saberla para poder tomar una decisión.

Al terminar la asamblea vecinal eran las dos de la tarde. Martha, aún en pijama y pantuflas, decidió pasar al Piticó a comprar lo que iban a comer ese día. Tomó una lata de sardinas en salsa de tomate, algunos jitomates, chiles verdes, una cebolla, un manojo de cilantro y tostadas charras, cerveza para ella y Coca Cola para Ramsés. Al estar formada en la fila de la caja, se quedó viendo a una familia que entraba al establecimiento: papá, mamá y dos hijos en edad escolar, los cuatro tenían aspecto jovial y saludable, parecían estar felices de estar juntos, pasando un buen domingo. Los niños vestían uniforme de futbol, seguramente la familia había ido al juego de los niños y ahora se disponían a comer; tal vez más tarde irían al cine. Martha sintió envidia y su resentimiento hacia la vida creció todavía un poquito más, ni ella ni Ramsés sabrían nunca lo que era un domingo en familia. Y no pudo evitar desear que a la familia feliz le ocurriera un accidente automovilístico de regreso a casa. Probablemente su mirada fue muy insistente o pesada porque la madre de la familia, al sentirla, volteó y la descubrió. Martha se turbó un poco y bajo la vista al piso. De camino a casa fue pensando que no debería tener esos deseos tan agresivos porque había escuchado decir que el mal que uno desea para otros se regresa a uno mismo, pero al recordar su situación y la de su hijo sonrió con ironía al pensar que ya nada malo les podía pasar y, sin darse cuenta, exclamó en voz baja:

— ¡Que se jodan! Al llegar a casa se dirigió a la cocina, destapó una cerveza y se dispuso a cocinar los alimentos. — ¡Ramsés, ya llegué, baja a ayudarme! No hubo respuesta. —¡Ramseees…, que bajes te digo! Ya sabes que me choca que te encierres todo el día en tu cuarto. Desde hacía algunos meses Ramsés pasaba mucho tiempo en su cuarto, cerraba cortinas, ventanas y aseguraba por dentro la puerta. Martha pensaba que, por su edad, seguramente su hijo se masturbaba con frecuencia y se encerraba para hacerlo a gusto. Pero enfadada por no obtener respuesta, decidió subir a sacar al chico de su cuarto. Se plantó delante de la puerta y tocó con violencia. Pero nada. —Ábreme, Ramsés, ábreme o vas a ver.

Como pasaran los minutos, empezó a preocuparse y decidió bajar por la llave de repuesto. El ejercicio de subir, bajar y volver a subir las escaleras la agitó bastante y, para cuando llegó nuevamente a la puerta, sudaba profusamente, jadeaba y sus labios habían adquirido un tinte violáceo. —Condenado niño… me las vas a pagar.

Al abrir la puerta se sorprendió ante el hecho de que Ramsés no estuviera, pero se sorprendió más al ver el aspecto de aquella habitación: todo era desorden, parecía como si adrede alguien hubiera desordenado ropa, libros, zapatos; objetos diversos estaban regados por todas partes, habían envolturas de Sabritas, golosinas y envases vacíos de refrescos. La cama estaba destendida y con una gran mancha en el centro, al parecer de algún líquido derramado. Había papeles de baño embarrados de excremento en la cama y el piso. Además, las paredes habían sido pintadas de negro y en una pequeña mesita situada al fondo de la habitación estaba una imagen de la Santísima Muerte, de unos sesenta centímetros de alto, rodeada de veladoras negras y manzanas. El cuarto estaba en penumbras y en el aire flotaba un olor nauseabundo. Entonces advirtió que la computadora portátil del chico estaba abierta en la cama, sepultada entre un montón de ropa y basura. La tomó y se sentó en la parte seca del colchón para examinarla. Por fin sabría qué páginas visitaba el chico durante las horas y horas que pasaba con la máquina. Pensó que seguramente el historial de búsqueda estaría lleno con direcciones de sitios pornográficos, pero nuevamente se equivocó, sólo había un sitio en todo el historial; al seguir el vinculo entró a una blog llamado Funny death. La página estaba llena de imágenes de cadáveres mutilados, sangre, cuchillos ensangrentados, demonios, animales fantásticos con cuernos, personas con sonrisas siniestras y expresiones salvajes. Martha se disponía a leer los comentarios cuando sintió la presencia de alguien a sus espaldas, al voltear vio a Ramsés que sostenía un cuchillo en la mano derecha y un gato muerto en la izquierda. A su cara de simio se agregaba ahora una sonrisa burlona y, como estaba parado de espaldas a la luz, tenía un aspecto siniestro, terrorífico. Martha Reséndiz gritó horrorizada:

— ¡Ay… Jesús, por Dios Santo! ¿Qué fue lo que hiciste, Ramsés?, ¿qué es lo que pasa contigo? Él sonrió con malicia y habló pausado, pero con ira: —Ya le dije que no me gusta que entre a mi cuarto. —Esta es mi casa y puedo entrar cuando quiera. —Pero éste es mi cuarto. —No me cambies el tema y explícame en este momento qué significa todo esto: ¿Por qué traes ese animal muerto y ese cuchillo?, ¿tú lo mataste? ¿tú eres el loco pervertido del que todos hablan?, ¿qué pasó en tu cuarto, Ramsés? y ¿Qué porquerías has estado viendo en Internet? Ramsés nunca antes había dado muestras de enojo contra su madre, ni se había atrevido a levantarle la voz, pero ahora era distinto, aunque sonreía, en sus ojos brillaba una luz de odio que su ella jamás había visto. Con su aspecto así, a contraluz, con cuchillo en mano, los pelos electrizados y la expresión de maldad en su rostro, parecía un pequeño demonio. Era evidente que no era el Ramsés que su madre conocía, ése no era su aspecto, tampoco su mirada, ni siquiera su voz era la misma, se oía mas grave y potente, era como si alguien o algo se le hubiera metido y estuviera suplantando su identidad. —¿Qué rayos es lo que pasa contigo, Ramsés?, ¿por qué no sueltas ese cuchillo?, ¿para que lo quieres? —Para quitarle la matriz a esta gata y luego a ti, a ver de cuál de las dos se puede sacar más provecho. — Qué estupideces estás diciendo. ¿Estás drogado o borracho? — No, sólo que mi abuela tiene razón, cuando vino en Navidad me contó muchas cosas y descubrí que tiene razón. — ¿De qué hablas?, ¿qué te dijo tu abuela? De seguro puros disparates, no sé por qué le haces caso si ya sabes que está loca. Nunca me ha querido, ni a ti tampoco. Me odia porque no fui hombre y por eso la dejó el pendejo de mi padre. — ¡Me dijo la verdad!, ¡me dijo por qué salí mongol!, ya sé que te embarazaste ya vieja de un loco y por eso nací así; por eso todos me dicen mongol o estúpido. — ¡Eso no es verdad, Ramsés! Ésas son puras tonterías. Tú no eres mongol ni nada de eso, tú eres un niño normal, un niño lindo e inteligente, como cualquier otro. — ¿Tú también crees que soy estúpido y que no me doy cuenta como todos se burlan de mí y me están chingando todo el tiempo? ¡Siempre lo han hecho, siempre! — ¿Quién se burla de ti?, ¿quién te molesta?, ¿por qué nunca mencionaste nada? — ¡Todo el tiempo te lo he estado diciendo, pero no oyes nada!, sólo te la pasas durmiendo o sentada ahí como pendeja, fumando sin hacerme caso… Nada más me tuviste para no quedarte sola, porque ya estabas vieja y amargada. Te embarazaste de un loco y por eso nací mongol.

Martha no pudo soportar esas palabras salidas de su único y amado hijo, si bien todo lo que Ramsés había dicho era cierto, también era verdad que para ella era inaceptable oírlo de él. No lo iba a tolerar. Tomó al pequeño tonto de los cabellos con la mano izquierda y con la derecha le atizó dos bofetadas con toda la fuerza que su raquítica humanidad le permitió. Aún no había bajado la mano cuando sintió un golpe debajo de las costillas, del lado izquierdo. Fue un golpe seco, al principio sintió como si algo le presionara con fuerza desde adentro, pero poco a poco la presión se fue convirtiendo en dolor, un dolor que parecía venir muy despacio y desde lejos, inexorablemente llegaba a ella haciéndose insoportable y le impedía respirar. Pensó que el condenado muchacho le había propinado un puñetazo, pero luego sintió un líquido cálido que escurría por el costado, incrédula de lo que estaba pasando, se llevó la mano al sitio en donde sentía mojado y luego, lentamente, la subió frente a su rostro. Cuando vio la sangre entre sus dedos, emitió un quejido y sus ojos buscaron suplicantes los de Ramsés. Era una mirada no de reproche ni de ira, más bien intentaba penetrar hasta lo más profundo de su hijo para encontrar respuestas a lo que estaba pasando, porque no entendía. Pero los ojos de Ramsés tenían esa odiosa expresión que no denota sentimiento o inteligencia alguna. Por un momento Martha sintió terror, no por su muerte inminente, más bien por lo inesperado de ésta, por quien la ejecutaba y por no entender los motivos. Pero como ella bien lo sabía, morir no era tan terrible y, pasada la etapa de la sorpresa, llegó el momento de la entrega. El terror y la desesperación de saberse moribunda dieron paso a una sensación de relajamiento que nunca antes había sentido, decidió soltarlo todo y dejarlo en manos de la piadosa muerte que llegaba. Entregó el resto de fuerzas que aún le quedaban, la mano que sujetaba los cabellos de Ramsés se aflojó y mientras descendía acarició suavemente la cabeza y luego la cara del muchacho. La otra mano que hasta ese momento había permanecido apoyada en el hombro se unió a la tierna caricia de despedida. Martha, sintiendo que la vida se le iba para siempre, aprovechó los últimos instantes que le quedaban para mirar amorosamente a su hijo. Pero ni en ese momento sublime la mirada de Ramsés cobró vida o inteligencia, seguía ahí imperturbable, triunfante, como esculpido en mármol, pero ya no importaba, de hecho nada importaba ya para Martha, tenía el absoluto bienestar de quien sospecha que todo va a estar bien, tanto en esta vida que dejaba como en la otra a la que pronto llegaría. Soltó los últimos lazos que la ataban y al final estuvo de acuerdo en dejarse llevar por el peso de sus párpados. De alguna manera sabía que ahora ya no tendría que encargarse de nada, pues todo estaba en manos del espíritu del universo y así tenía que ser. Segundos después la gata muerta cayó de tal manera que parecía estar durmiendo plácidamente entre los pies de Ramsés, junto al cuerpo sin vida de Martha. Era un domingo como a las tres de la tarde, afuera se oía el ruido de unos niños jugando al futbol.