Don Juanito resultó no ser tan inofensivo como aparentaba. Ciertamente parecía ser el típico gordinflón amistoso y bonachón, pero eso no era del todo cierto, ya viéndolo de cerca no era tan gracioso, y a él tampoco le hacía gracia estar tan gordo. Medía poco más de un metro sesenta de estatura y pesaba ciento treinta kilos, o tal vez mas. Padecía obesidad mórbida y de distribución central: la mayor parte de la grasa se le había acumulado en el abdomen, tronco, cachetes y joroba; sus piernas y brazos eran las únicas partes delgadas de su anatomía. Era una gran bodoque de cebo constantemente sudoroso y sofocado; su aliento apestaba a ajo y comida podrida. Lo que le permitió pasar como inofensivo por casi todos fueron los lentes bifocales, que por ser algo opacos no dejaban ver de forma clara sus ojos; sin estos su mirada era siniestra, parecía como si hubiera hecho o estuviera a punto de hacer algo terrible.

Unos diez años atrás sufrió una crisis depresiva mal tratada que se le complicó con un intento de suicidio y una serie de achaques y enfermedades que, al ser pésimamente manejadas, tanto por parte de los médicos, de él como paciente y de su abogado laboral, terminaron por hacerle perder su empleo. Su esposa, doña Remedios, siempre creyó que Juan había provocado a propósito aquel asunto para dejar de trabajar. Pensaba que era un viejo güevón, cochino, apestoso e irresponsable. Lo cierto es que por su antigüedad laboral, y por las malas notas que tenía en su expediente: faltas, retardos no justificados, negligencia en sus funciones y conducta inapropiada de un trabajador de la CFE, por un caso de acoso sexual a una secretaria de contrato, el departamento de personal dictaminó pensión por enfermedad mental y se le asignó una suma mensual tan raquítica que fue insuficiente para sufragar los gastos de su familia. Pero en vez de ponerse a trabajar o buscar algún otro ingreso económico, el tal Don Juanito desde el primer día que no tuvo que presentarse a la chamba se instaló en el sofá mas grande de la sala y a no ser para cagar, mear o irse a dormir, permaneció casi todo el tiempo aplastado frente al televisor o con la computadora portátil; dotado de Coca colas, Sabritas y todo tipo de productos Bimbo y Marinela. Pronto el sillón se puso mugroso y Don Juanito gordo y sucio como un puerco. El carácter de por sí irritable se le tornó iracundo, parecía un gran cerdo gruñón que bufaba y maldecía todo el tiempo. Pero esto sólo era en su casa, pasando de la puerta se convertía en el clásico señor gordito amigable y servicial, todo amabilidad, el vecino que todos quisieran tener. Era tan acomedido que lo mismo se le podía encargar tirar la basura que ir a realizar algún pago, se prestaba a escuchar problemas ajenos, dar consejos en asuntos de amor y todo tipo de cosas por el estilo.

El matrimonio de Don Juanito y Doña Remedios había sido bendecido con dos hijas, que para el tiempo en que transcurre nuestro relato ya habían logrado escapar de la casa paterna. Una se había ido a vivir con el novio, un cholo mal viviente y desobligado que le daba una vida de perros, pero al parecer ella prefería eso a vivir en casa de sus padres; la otra hija había logrado una media beca para estudiar la licenciatura en comunicación en una universidad privada de Puebla, lo demás lo pagaba (al menos en teoría) Juanito y Remedios, y la chica se las arreglaba con algunos trabajos domésticos para pagar la renta y su alimentación. Aunque se rumoraba que la chica se prostituía a discreción con algunos clientes muy seleccionados, porque siendo algo más que medianamente atractiva podía darse ese lujo. En cierta ocasión ese rumor llegó a Juanito y a Remedios, pero decidieron tomarlo como una calumnia y olvidar el tema, o al menos eso pretendieron.

Es necesario comentar un poco a cerca de la vida sexual de Don Juanito, ya que fue por este aspecto de su vida por donde se salieron de control las cosas. Nunca fue un buen amante, incluso en sus mejores años y en sus mejores momentos sólo alcanzó la calificación de mediocre, pero a sus cincuenta y seis años era un desastre. Hacía muchos años que a Remedios le resultaba repulsivo el contacto físico con su esposo, y si lo toleraba eventualmente era porque sabía que Juanito no duraba en el mete y saca mas de tres minutos, pero principalmente porque gracias a los once centímetros en erección que portaba el mal dotado Juanito, ni siquiera lo sentía cuando estaba adentro. Sin embargo, lo que en realidad le molestaba era tener que sentir el semen de aquel desagradable sujeto escurriéndole de la vagina y por la entrepierna una vez que acababa el acto.

Un lunes al mediodía Remedios regresaba a casa después de haber salido a comprar para la comida, traía las dos manos ocupadas con las bolsas del mandado y le resultaba imposible abrir la puerta sin tener que bajar las cosas para sacar su llave. Empezó a dar pataditas a la puerta para que el gordinflón le abriera, pero como pasaba el tiempo y no le abría las pataditas se hicieron mas enérgicas:

—¡Juan!… ¡Juan!… ¡Que me abras!

Pasaron mas de cinco minutos, el llamado y las pataditas se hicieron mas intensas, pero ni con eso Juan se presentó. De tal manera que Remedios, toda encabronada y refunfuñando, bajó las bolsas al piso y sacó la llave de su bolsa de mano.

¡Maldito gordo asqueroso, de seguro se está masturbando en el baño, pero nada más que acabe mi hija su carrera yo también me largo. Ya me tiene harta!

Al entrar vio al gordo echado en el sofá frente a la televisión tragándose unas Donitas Bimbo, sintió que la sangre se le subía a la cabeza y que la ira la cegaba, dejó caer las bolsas al suelo y se dirigió a donde estaba su esposo. Le tomó un buen mechón de cabellos y le dio un jalón tan fuerte que hizo que la cabeza de Juan retachara con el respaldo del sofá.

—Ya me tienes harta, y qué poca madre tienes. Yo chingándome como burra en el sol para traer las cosas que vas a tragar y ni siquiera te tomas la molestia de abrirme la puerta.

—Pinche vieja loca, ya te dije que no me pegues porque te voy a romper tu madre.

—Tú me vuelves a golpear y te refundo en la cárcel.

—Pues entonces no me provoques. Bien que te gusta estar chingando, pero luego no te aguantas.

¿Por qué no me abriste la puerta si estaba tocando? El gordo, sin cambiar de posición desde que recibió el jalón de greñas, es decir, aún con la cabeza recargada en el borde del sofá, y viendo parcialmente a Remedios que estaba atrás, contestó aburrido:

—Ya te iba a abrir, sólo estaba esperando que pasaran los comerciales…

—Ah, bueno, entonces ya te iba a hacer de comer, pero ahora te chingas porque no voy a hacer nada. Lo bueno es que comí una empanada en la calle.

Remedios se dio la vuelta y se metió en la cocina de la pequeña casita de interés social, abrió el refrigerador y empezó a meter algunas de las cosas que traía. Juanito se acomodó y se puso a juzgar con morbo la anatomía de su esposa, y como no hacerlo, si a sus cuarenta y ocho años Remedios aún era dueña de un cuerpo bastante atractivo. Los dos embarazos, la vida culera que le dio Juanito y el tiempo no se habían llevado todo; al contrario, era de esas mujeres que en su juventud son medianamente atractivas, pero que después de los cuarenta agarran un aspecto físico, personalidad y actitud que las convierten en objeto de deseo de los hombres de todas las edades, incluso de los jóvenes, y eso ella lo sabía. Era un día caluroso, Juan no dejaba de mirarla mientras daba pequeñas mordidas a la dona; Remedios se había recogido el cabello en un chongo alto y se le podía ver el ángulo que se formaba entre su nuca y su espalda; algunos mechones de cabello le caían detrás de las orejas, usaba aretes largos, una blusa sin mangas que alguna de sus hijas había olvidado en casa y, por lo delgado de la tela, se podía ver el contorno claramente definido de sus senos que aún no habían perdido por completo la batalla contra la gravedad. Con el movimiento, mientras acomodaba las cosas, por momentos se podía ver algo de su abdomen bajo, ciertamente no tan delgado, pero aún firme, con una muy discreta llantita y vellitos finos. Remedios sintió la mirada de Juanito y, además de molesta, se sintió incomoda por la mirada lasciva del gordo; al verlo desparramado en el sillón, vestido únicamente con camiseta y trusa, sacándose un moco de la nariz, no pudo dejar de sentir repulsión por su esposo y se preguntó a sí misma cómo lo había aguantado tanto tiempo: con privaciones económicas, golpes, insultos, humillaciones, algunas infidelidades virtuales, carencia de afecto e incluso privaciones de placer sexual. A sus cuarenta y ocho años Remedios no había experimentado un orgasmo y tampoco había tenido el valor para serle infiel a su esposo, aunque oportunidades no le faltaban. Se turbó con este pensamiento, pero también se consoló con la idea de que pronto su hija acabaría la universidad y entonces si podría dejar al gordo para siempre, no le importaba la casa que ambos habían pagado, estaba dispuesta a dejar todo a cambio de no volver a verlo. Por su parte, Juan se acabó de hurgar la nariz, se limpió los dedos con la camiseta y movido por un instinto de lujuria se incorporó pesadamente del sofá. Se dirigió a la cocina en busca de su esposa, quien ya se encontraba en el fregadero lavando tomates, se acercó a ella y la tomó por la cintura, al tiempo que trató de pegarse al magnifico trasero, pero su gran panza se interpuso, así que apretó un poco más. En eso, la piel desnuda de Remedios, que estaba entre el pantalón y la blusa, se puso chinita. El gordo la tocó y pudo sentir con sus dedos grasientos el relieve de los poros y jugueteó un momento con el encaje de su ropa interior que se asomaba por encima del pantalón. Remedios sacudió la cadera tratando de escapar de las lujuriosas manos de su esposo, pero éste, al ver aquel movimiento y el finísimo temblor de los glúteos atrapados en el pantalón, se éxito aún más y con violencia apretujó su cuerpo al de su esposa y le pegó la trompa detrás de la oreja. Pudo disfrutar unos instantes el riquísimo olor a champú barato, mezclado con el olor propio de su mujer, le acarició el contorno de la cabeza y el cabello mientras que con la otra mano la manoseó de forma grosera. Remedios no la estaba pasando nada bien, deseaba deshacerse en ese instante del mantecoso, pero sabía que si lo apartaba se armaría una discusión que duraría toda la tarde; en cambio, si lo dejaba seguir, él la penetraría y en menos de tres minutos acabaría el martirio. Eso pensaba cuando a Juan lamerle la parte trasera de su oreja, cerró los ojos tratando de pensar en otra cosa, pero no pudo soportar el aliento a ajo, cebolla y masilla de varios días acumulada entre los dientes. Arrojó los tomates al suelo, se zafó de los tentáculos de Juan y trató de alejarse lo mas posible.

—¿Qué?, ¿te molesta que te toque?, ¿te molesta que tu esposo quiera ser cariñoso contigo?

—Sí, me choca, eres un maldito egoísta, sólo piensas en ti. Hace un rato no fuiste capaz de pararte a abrirme, ahorita me ves en la cocina y no te acomediste a ayudarme, luego se te antoja coger y vienes aquí a estar chingando.

—No sabía que te molestaba tener sexo con tu esposo… Pero qué tal si fuera el pendejete del agua, con él si eres amable y te ríes de las pendejadas que te cuenta, ¿no?

—Estás estúpido de la cabeza, ese muchachito apenas es un adolescente y podría ser mi hijo; además es muy amable.

—¡Es amable contigo porque ha de querer meterte el pito!

—Ya te dije que ni al caso con el del agua y ya estoy harta de que me quieras usar como a una puta.

—Pues eso es lo que eres, ¡una puta!

—¡Chinga tu madre!

—Ay, hija de la chingada, o sea que no disfrutas estar con tu esposo… Seguro el del agua tiene un pitote como te gustan, ¿verdad?

—Vete a la mierda y que el del agua te dé por el culo.

—¿Eso es lo que quieres, que te dé por el chiquito como el pinche naco del agua? Ven acá, a ver si así se te quita lo puta.

—Púdrete, Juan, púdrete.

Remedios arrojó una cebolla de buen tamaño directo a la cabeza de Juan y le dio justo en el ojo izquierdo; los lentes saltaron, Juan gritó de dolor y se llevó las manos al lugar del impacto mientras se enconchaba. Esto lo aprovecho Remedios para salir corriendo de la cocina, pero al pasar junto al gordo que estaba hecho bolita, lo jaló fuertemente del cabello, y por la inercia de la carrera de Remedios, Juan cayó pesadamente al suelo. Entonces Remedios se encerró en la recamara.

—Pinche vieja, hija de la chingada, ahora sí te pasaste de verga. Me las vas a pagar, cabrona. Te voy a romper la madre, y me vale madres que me metas al bote.

Por la gordura excesiva Juan no pudo incorporarse en un sólo movimiento. Primero se puso a gatas y con trabajo se agarró de respaldo del sofá. Sentía el ojo caliente y el dolor era punzante, debido al lagrimeo veía la habitación distorsionada y oscura. Con gran esfuerzo logró ponerse de pie y se tomó unos minutos para respirar y esperar a que la vista se le aclarara un poco. Se dirigió a la recamara e intentó abrir la puerta, pero como Remedios la había asegurado por dentro, le empezó a dar patadas y puñetazos mientras gruñía y profería todo tipo de insultos y amenazas. Adentro, Remedios se había armado con una de sus zapatillas de tacón largo y puntiagudo, estaba decidida a darle pelea al gordo y hasta sentía cierta emoción por tener la oportunidad de darle con el tacón. Afuera, Juan seguía iracundo, pateando y dando golpes en la puerta, pero por la pésima condición física que tenía pronto empezó a sentirse cansado, le faltaba el aire, chorros de sudor escurrían desde la cabeza a la cara y el corazón le martilleaba con fuerza en sus oídos. Al sentirse exhausto se le bajó un poco el coraje y decidió dejar así el asunto por un momento. Humillado, regresó al sofá sobándose el ojo.

Remedios pegó una oreja a la puerta y guardó silencio, trataba de escuchar lo que sucedía del otro lado. Imaginó que el gordo se había cansado y supuso que se había desparramado en el sofá, lo cual era cierto, y sabiendo que el marranete dormiría un buen rato, se dejó caer en la cama con un sentimiento de victoria, pero aún muy excitada y confusa por la trifulca con el gordo, tardó un poco en encontrar un espacio del colchón en donde no sobresaliera ningún resorte. Se quedó mirando fijamente el foco que colgaba del techo, puso atención en las cagadas de mosca y pensó un momento en cómo era posible que las moscas cagaran así, contra la gravedad, o cómo la mierda de las moscas no les caía en la cara mientras dormían. Supuso que la caca de mosca debía contener alguna sustancia pegajosa muy potente, luego pensó en las infinitas utilidades domesticas que podría tener un pegamento así y lamentó el hecho de no poder aislarlo o sintetizarlo para patentarlo para volverse millonaria. Se sorprendió a sí misma pensando en eso y soltó una pequeña risa. Cerró los ojos y dejó que sus pensamientos corrieran libremente, que las ideas llegaran y se fueran sin asociación alguna. Se tranquilizó con la posibilidad de que quizá la locura fuera un mejor estado que el actual. Sintió que era una hoja desprendida de un árbol y volaba sin rumbo, a merced del viento. Se quedó profundamente dormida.

Al recobrar la consciencia decidió continuar con los ojos cerrados, escuchó los sonidos habituales de la calle, el ruido de los autos, algunas voces inteligibles y al señor de los tamales calculó que serían tal vez las siete de la noche. En eso se acordó de que existía un duplicado de la llave de la recamara colgado en la cocina, junto al calendario y las otras llaves. Abrió los ojos y trató de incorporarse pero una gran mole de carne hedionda, grasa y pelo se lo impidió. A escasos centímetros de su cara estaba la de su esposo. No recordaba haber visto tan de cerca esa cara de marrano, le llamo la atención lo enorme que eran sus poros y lo grueso de los pelos sin rasurar. Pensó que con aquella cabeza saldría pozole como para cincuenta personas hasta que sintió una presión momentánea cerca de la oreja derecha y se le oscureció todo.

Claro, Remedios había subestimado a Juan. La presión que había sentido Remedios había sido provocada por un buen madrazo que Juan le había asestado con el puño cerrado. El dolor del oído la despertó, trató de llevarse la mano al lugar del golpe pero no lo consiguió. Juan la había sujetado con cinta canela ambas muñecas, los tobillos y la boca. Al verse en aquel estado trató de gritar, pero sólo alcanzó a pujar. Buscó desesperadamente en la habitación algo o alguien que la pudiera ayudar, pero no había nadie.

Cuando se abrió la puerta y vio entrar a su esposo, por un momento se sintió aliviada, pensó que el gordo la estaba asustando, como escarmiento, y pronto la soltaría. Buscó hacer contacto visual pero se turbó mucho: ésa no era la mirada habitual de Juan, tenía un brillo muy feo, de malicia y diversión, daba la impresión de que no la reconocía como a su esposa, ni siquiera como a un ser vivo. Juan estaba frenético, iba de un lugar a otro de la habitación como buscando algo. Salía y volvía a entrar, proseguía con su búsqueda, estaba eufórico y sudaba copiosamente, hablaba rápido consigo mismo y de vez en cuando se le escapaba una risotada. Parecía un loco.

Remedios se retorcía tratando se zafarse, tratando de entender qué le pasaba a su esposo. Sólo entonces empezó a considerar la posibilidad de que tal vez Juan sí le haría algo malo.

Juan se le subió encima desparramándole sus ciento treinta kilos y empezó a hablarle a escasos centímetros de su cara. Remedios sintió que moriría asfixiada porque el aliento apestoso de Juan la sofocaba y el peso de su humanidad le impedía respirar.

—Ahora sí vas a ver cabroncita, me las vas a pagar. Ya no estás tan picuda como hace rato, ¿no?

Juan le asestó una bofetada. Remedios se retorció en el colchón tratando de librarse.

—Vemos que la acusada quiere decir algo….

Juan arrancó de un sólo movimiento la cinta canela de la boca. Se escuchó el sonido de la cinta llevándose consigo varios vellitos de la zona del bigote. Remedios gritó de dolor.

—¡Hijo de tu puta madre!

Juan divertido examinó de cerca la cinta que tenía en los dedos.

Mira cabrón, aún estás a tiempo de no ir a la cárcel, si me sueltas no te acuso con la policía. Voy a contar hasta tres para que me sueltes.

—Respuesta equivocada. Yo voy a contar hasta uno… ¡Uno! —Juan propinó una nueva bofetada a su mujer; ella lloró teatralmente—.

Por alguna razón que Juan no se explicaba, después del último golpe, empezó a sentirse muy excitado y experimentó una erección tan potente como si tuviera dieciséis años; podía sentir su pulso sanguíneo directamente en el pene. Decidió penetrar a su mujer, de alguna manera el hecho de tenerla así, amarrada, indefensa, a su merced, lo dotaba de una identidad de omnipotencia que nunca antes había experimentado. Tomó a Remedios del cabello y la volteó violentamente hundiendo su cara en la almohada; esto hizo que el resto del cuerpo también se volteara en bloque y quedó expuesto el glorioso trasero, Juan lo nalgueó, sobó y amaso cuanto quiso. Remedios se movía tratando de escapar, profería maldiciones contra Juan. Él se ponía más frenético y, como el manoseo ya no era suficiente, tomó la posición correcta y mordió la nalga derecha, la mordió tan fuerte que remedios gritó terriblemente. Cuando Juan se despegó pudo ver la marca de sus dientes que teñían discretamente de sangre la tela del pantalón. Metió las manos por debajo del vientre de su esposa y desabrochó el botón, Remedios, al darse cuenta que Juan le quería bajar el pantalón, reparó con fuerza y amenazó:

—Hasta ahora sólo llevas secuestro y lesiones, síguele con violación y te vas a arrepentir, pinche Juan. Todos los años que te vas a ir al bote los otros presos te van a violar, te van a dar por el culo, me oíste, por el culo, Juan.

—Que buena idea me acabas de dar… ¡Por el culo!

Como Remedios seguía resistiéndose, Juan le acomodó un manotazo atrás de la oreja, con lo que la aturdió temporalmente, el gordo aprovechó esto para desenfundar hasta las rodillas el pantalón de su esposa; las nalgas quedaron expuestas y trémulas con el movimiento, Juan quedó impresionado con el espectáculo, sobre todo con el efecto de piel de gallina en todo el trasero, pensó que si en su vida había cometido algún pecado era el no haber valorado y disfrutado a plenitud aquel hermoso cuerpo, pero ya era tarde para eso, había pasado el punto sin retorno y claramente sabía las consecuencias que le traerían lo que estaba haciendo, así que decidió disfrutar el momento. Remedios se había puesto ese día un calzón negro de encaje, Juan lo tomó entre sus dedos grasientos y de un jalón lo desgarró como si fuera de papel. Por fin iba a disfrutar el cuerpo de su esposa; fue extraño, sentía como si nunca la hubiera tocado antes. Sentía su miembro a punto de estallar, desplomo su zona pélvica sobre el trasero de su esposa con la intención de entrar en ella; al momento tomo en cuenta que estando seca aquella zona, cosa habitual, tendría que recurrir al salivazo, pero en esa ocasión no fue así, encontró la zona bastante lubricada. Remedios, por su parte, después del último golpe que recibió, y al verse en aquella situación de indefensión, sometida, semidesnuda y a merced de lo que Juan quisiera hacer con ella, empezó a sentir un cosquilleo por todo su cuerpo, pero especialmente en su vientre. Ciertamente la posición de estar sometida la excitaba, pero sobre todo el saberse deseada de esa manera desenfrenada le generaba un estado absurdamente cachondo, porque racionalmente entendía que estaba atada y estaba siendo madreada y a punto de ser violada, pero al mismo tiempo esto le generaba un torbellino de sensaciones placenteras; de hecho, llegó al grado de desear que la penetraran. Por eso, cuando Juan lo hizo, correspondió moviendo su pelvis al ritmo que era embestida; después de algunos minutos de estar follando en esa posición, y sin que remedios se lo pidiera, Juan decidió soltarla de sus ataduras, de alguna manera sabía que esta no iba a salir huyendo, al contrario, aquel encuentro sexual se prolongó hasta avanzada la madrugada. Y aunque siguieron las manifestaciones violentas de amor; es decir, algunos insultos, bofetadas, rasguños y pellizcos, ambos pudieron encontrar el orgasmo sexual en varias ocasiones. Cosa que nunca antes había pasado. Por fin, después de tantos años, ambos habían encontrado una noche de placer y felicidad juntos; seguramente sus vidas cambiarían para bien a partir de aquel evento.

A la mañana siguiente Remedios se paró y fue a la cocina a preparar el desayuno. Iba a premiar a Juan con unos chilaquiles de guajillo. El gordo se lo merecía, incluso pensó en traerle una caguama de la tienda. Escuchó como Juan entraba al baño y pensó que tendría una media hora para acabar de preparar el desayuno e ir por la caguama, porque Juan se aventaba cagadas largas. Cuando regresó de la tienda sirvió los chilaquiles con huevos estrellados y puso la caguama en el centro de la mesa, estaba tan fría que empezaban a formársele pequeñas gotitas de agua en la superficie del envase. Pero como el gordo no salía de cagar, decidió apurarlo.

—Gordito… gorditooo… Ya vente a desayunar…

Al no obtener respuesta, decidió abrir la puerta para levantar al gordinflón de la taza, pero no fue necesario: Juan se había colgado de la ventana. Había atado su toalla a uno de los barrotes. Y aunque la escena era trágica, Remedios la padeció un poco menos porque Juan tenía en el rostro muerto una expresión de satisfacción y triunfo que hasta daba gusto verlo. Remedios se sentó en la taza y contempló un rato la idea del suicidio, pero llegó a la conclusión que de momento no era buena opción y decidió dar parte a la policía. Antes, se sentó en la mesa y se comió su plato de chilaquiles con huevos estrellados; después de todo, no iba a desperdiciar aquellos chilaquiles ya que, además de estar muy sabrosos, eran de guajillo.

Decidí enviar este caso porque me resulta pretencioso emitir un punto de vista sobre algún tema en particular y considero poco amable citar fuentes científicas que en la actualidad están al alcance de todos. Este caso está basado en hechos reales. He cambiado los nombres, lugares y escenarios para proteger la identidad de las personas. Espero construyan un puente que permita traducir a términos de psicopatología lo dictado en la vida cotidiana.