Nostalgia, melancolía, duelo, depresión: ¿cómo poder diferenciar y clasificar tales emociones o procesos ligados a la vida? Si cada hombre es un conjunto de contradicciones y sentimientos únicos, parece imposible diferenciar un sentimiento del otro.

La medicina a través del tiempo ha intentado clasificar cada emoción dentro de un padecimiento. El dolor que se experimenta al sufrir una pérdida, la angustia por el vacío, lo que sucede al enfrentarnos con nuestra existencia...

Quizás el lenguaje es la primer vía que se utilizó para expresar nuestros dolores, nuestra alegría o sufrimiento. El lenguaje y sus conceptos generaron también una historia particular de nuestras emociones. Parece evidente que la enfermedad ha estado presente durante la vida de los hombres. Pero acercarnos a la historia de la enfermedad en la humanidad representa un imposible, pues la enfermedad está en constante cambio. Más que la enfermedad, los síntomas asociados al dolor humano se han ido modificando con el pasar de los días.

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Pensemos en la melancolía (un término que se ha analizado desde hace más de dos mil años): A partir de la teoría humoral, se sabe que la melancolía (la bilis negra), era producida por un desequilibrio. “Cuando el temor y la tristeza persisten durante mucho tiempo, se está en un estado melancólico”, escribió Hipócrates.

La melancolía ha acompañado al hombre como cada uno de los sentimientos humanos. Y quizás la melancolía se ha entremezclado en cada sentimiento humano para permanecer eternamente junto a los hombres.

Con la llegada del siglo XIX, y con el psicoanálisis como centro de los nuevos estudios sobre el bienestar del alma humana y los avances en la medicina, la idea de melancolía como un padecimiento corporal-espiritual, involucrado con la influencia de Saturno, con problemas gástricos, como decía Sorano de Éfeso, quien también aconsejaba acompañar al enfermo al teatro. Atrás habían quedado también las ideas de Areteo de Capadocia, quien decía que la melancolía estaba asociada a causas morales y pasionales.

Parece que las ideas de Galeno, quien retoma mucho de la teoría humoral y de los trabajos de Celso, de Sorano de Éfeso y de Areteo de Capadocia, sintetizan la melancolía y la dividen en tres categorías: una melancolía que residía en el encéfalo, una melancolía generalizada a través de la sangre y otra que se asentaba en el estómago.

Más tarde en su Anatomía de la melancolía, Robert Burton llevaría las ideas de la teoría humoral a un ensayo determinante para acercarnos a lo que durante el tiempo hemos entendido por melancolía.

Diferenciar entre un sentimiento y otro ha sido el motivo de múltiples estudios.

Sigmund Freud (1856-1939), en su Duelo y melancolía, apuntó las diferencias entre estos dos sentimientos tan cercanos, elaborando una diferenciación sencilla: en el duelo se experimenta un sentimiento de pérdida y tendemos a culpabilizar al otro. El melancólico, en cambio, interioriza esa pérdida. El melancólico sabe que no existe ese objeto o ser que se ha ido. Sabe que su vida apunta al vacío y se culpabiliza por ello.

El recuerdo o la idea del ser que nos ha abandonado es también importante para diferenciar los sentimientos de duelo, melancolía y depresión.

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Nos dice Darian Leader (1965), en su libro La moda negra: Duelo, melancolía y depresión, que en el duelo “nuestros recuerdos y esperanzas ligadas a alguien que hemos perdido son repasados y cada uno es confrontado con el juicio de que la persona ya no está aquí [...] En la melancolía, el odio inconsciente hacia el que hemos perdido se vuelve contra nosotros para hundirnos [...] Nos hemos convertido en aquello a lo que no podemos renunciar”.

La moda negra: Duelo, melancolía y depresión es un ensayo que intenta hacer una separación entre estos tres complejos y entremezclados sentimientos humanos: duelo, melancolía y depresión. Leader, al comenzar el ensayo, cuenta la anécdota de una paciente que se toma varias pastillas antidepresivas como una manera de resistencia ante la individualidad. La paciente, nos cuenta Leader, al ver la manera en que cada pastilla del antidepresivo prescrito se encontraba separada una de otra, como si también las pastillas debieran estar solas, se angustió y terminó tomándose todas las píldoras.

En una entrevista, a propósito de la bipolaridad, Darian Leader, psicoanalista lacaniano, responde así sobre lo normal y lo patológico en la sociedad actual:

“Mire el ejemplo del colesterol. ¿Qué es el colesterol alto? Ha cambiado cuatro veces en los últimos 12 años. Lo deciden comités cuyos miembros, la mayoría, están pagados por las farmacéuticas. Ellos determinan la barrera entre la normalidad y la enfermedad. Para seguir vendiendo medicamentos debes hacer esa barrera cada vez más fluida. En el diagnóstico bipolar, por ejemplo, se han introducido gradaciones. Hay bipolar uno, dos, dos y medio, tres, tres y medio. Incluso ahora hay una categoría que es bipolar leve, que significa que respondes gravemente a las pérdidas. Cuantas más categorías, más gente será diagnosticada”.

La melancolía, el dolor, el duelo, han sido enfrascadas o mezcladas, como píldoras vitamínicas dentro de la depresión. Una patología recurrente en las sociedades actuales que tienden al fatalismo.

Dolerse en una sociedad como México es quizás un acto de rebeldía. Ya que las condiciones de la mayoría de los habitantes de este país no permite quedarnos inmóviles. Quizás experimentar dolor, o tristeza o ser presa de la melancolía es un privilegio. La vida misma es un privilegio.

Al escribir este breve texto desde mi ignorancia de los diagnósticos clínicos de las enfermedades mentales solamente me atrevería a pensar en aquello que escribió Novalis, Georg Philipp Friedrich von Hardenberg, y que ha citado Thomas Bernhard en El frío: “Toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma”.

Novalis fue uno de los principales poetas del romanticismo alemán, hombres de temperamentos melancólicos como: Friedrich von Schiller, Hölderlin, o Heinrich von Kleist, quien se suicidó a orillas de un lago, y dejó una carta confesando que sin el amor de su prima, ya le era insoportable respirar.

Pienso también en el joven Giacomo Leopardi, aquel joven melancólico y enfermizo que nunca pudo despojarse de la sombra autoritaria de su padre y que pretendía escribir una gloriosa enciclopedia para así conocer el mundo. Leopardi dejó sus Canti como legado de su melancolía. Cuentan que amaba comer postres. Y que apuntaba en sus diarios los pormenores de sus cenas. Al final de sus días, en Nápoles, comía helados.

Pienso en la melancolía, y en el duelo. En mi propia tristeza. Y repito las palabras de Leopardi: “La terra. Amaro e noia La vita, altro mai nulla; e fango è il mondo”.