El psicoterapeuta infantil cuenta con una sólida formación académica que se consolida por el paso y repaso de la psicología evolutiva para diferenciar las características físicas, emocionales y cognitivas de cada paciente, de acuerdo a lo esperado para la edad cronológica. Además se prepara personalmente para acompañar procesos desde el modelo psicoterapéutico que mejor le funcione y acomode a su personalidad. Es decir, cada uno elige el camino y la visión con la que quiere sostener, contener, apoyar o bien mejorar el conflicto de un menor que acuda a la sesión. En este andar, habrá quienes se sientan a gusto buscando técnicas que mejoren las necesidades psicológicas y la funcionalidad infantil; otros tratarán de encontrar en formaciones, especializaciones y maestrías las alternativas viables para guiar emocional y conductualmente.

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En la psicoterapia infantil se focaliza la atención en la vivencia afectiva, empatizando con todo el sistema familiar. Se observan e integran los elementos del contexto tanto como las tendencias y temperamento del menor para desarrollar el proceso de acompañamiento.

A lo largo del tiempo y con la experiencia compartida por expertos en la psicoterapia infantil, se señalan puntos específicos de trabajo:

• Realizar las primeras sesiones con los padres para abordar el motivo de consulta y la percepción de cada uno de ellos. Es importante ampliar todos aquellos datos que ubiquen la historia de desarrollo y su implicación en los acontecimientos actuales. • Revisar el funcionamiento del sistema familiar, los tipos de apego que establece cada uno de los progenitores, la manera en que satisfacen necesidades básicas y afectivas, así como los parámetros de frustración existentes. • Considerar dependiendo de la exploración de la demanda y de acuerdo a las características del caso la evaluación de desarrollo psicológico mediante una batería de pruebas, dirigida a explorar áreas madurativas, intelectuales y afectivas. • Participar activamente con otras especialidades de acuerdo al caso, entre las que destacan los terapistas de lenguaje, aprendizaje y ocupacionales, además del neuropediatra o paidopsiquiatra. • Iniciar el proceso de psicoterapia una vez que se acuerden los momentos y alternativas de intervención. En la medida del avance, se establecen sesiones de seguimiento con papá-niño, mamá-niño y ambos con el niño. • Considerar que las circunstancias de vida del menor influyen en comportamientos adaptativos, por lo que la mejora es un proceso continuo que puede variar de dirección por las situaciones emergentes dentro del proceso.

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Ahora bien, en las primeras sesiones con el niño se establece el contacto relacional, que se refiere a las características predominantes en la interacción, las cuales implican la espontaneidad, confianza, desconfianza, rigidez, amabilidad, oposición, disposición, entre muchas otras. La presencia del psicoterapeuta, el espacio de psicoterapia y los medios creativos de intervención proveen un sinfín de posibilidades para constituir la alianza entre dos seres que comparten un momento de vida afectiva. En esta relación se promueve el reconocimiento y la expresión de sentimientos y necesidades a través de actividades lúdicas que favorecen el sentido de realidad, el incremento de habilidades sociales y la interacción con el mundo.

Asimismo, los padres requieren de pautas que les permitan experimentar su participación activa en la formación integral del menor. Necesitan de un espacio en el que compartan miedos, frustraciones, expectativas y altas demandas. Brindarles la guía efectiva amerita un psicoterapeuta coherente, consistente y concreto en las posibilidades de acción, capaz de transmitirles seguridad y confianza en el proceso para que sean ellos quienes promuevan la autoregulación del menor y favorezcan los recursos de afrontamiento, asumiendo el rol de compromiso desde la mirada de amor, compromiso que también asume el psicoterapeuta con su pequeño paciente.

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“Me es necesario recordarles que la mejor técnica de cura es el afecto, es el cariño por nuestro paciente cargado de presencia, lo que le va a ayudar a salir de aquel sitio donde se ha metido. El proceso de cura tiene que ver más con nuestro corazón y nuestra piel y nuestro estómago en el momento de sentir el mundo del niño, sus recuerdos y sus silencios, la angustia o indiferencia de sus padres y de sus historias, que toda una lista de excelentes ejercicios. La técnica de ir siempre un poquito más allá en nuestro compromiso con el paciente, siempre será la más efectiva” (Cornejo, 1996).

Éste sólo es uno de tantos caminos.

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